BTC. La gran revolución financiera. El futuro del dinero. La moneda del pueblo. Un sistema diseñado para ser rápido, eficiente e imparable. ¿Y qué hicieron? Lo destrozaron.
Lo convirtieron en una pieza de museo, un objeto de colección, una cáscara inservible y congelada. Algo que se suponía que era dinero digital, pero que ahora se mueve más lento que una maldita transferencia bancaria. Algo que se suponía que se usaría a diario, en cada transacción, pero que ahora cuesta veinte dólares enviar unos pocos, con suerte.
Y a los ingenuos les encanta. Se lo tragan. Se quedan ahí sentados, balanceándose, susurrando "número sube" como un mantra de culto, mientras todo el sistema se detiene por su propio peso. No les importa que sea inútil. No les importa que sea una broma lenta y cara que nadie en su sano juicio usaría. No, no, ese ya no es el punto. El punto es acumular.
Lo llaman descentralizado, pero cinco pools de minería lo gestionan todo. Lo llaman seguro, pero un puñado de desarrolladores pueden cambiar las reglas cuando les da la gana. Lo llaman cobertura contra la inflación, pero lo único que ha hecho es oscilar violentamente de auge a caída, como una bolsa de valores ebria con esteroides. Fingen que es oro digital, pero oro, al menos, se puede conservar.
No es dinero. No es una revolución. Es un casino. Un casino lento, inflado y roto donde la casa siempre gana, y la casa son un puñado de plataformas de intercambio que congelan los retiros a su antojo. Un lugar donde cada vez que ocurre una crisis, culpan a los nuevos. A las instituciones. A los fondos de cobertura. Al gobierno. A cualquiera menos a ellos mismos.
Porque la verdad es demasiado fea. La verdad es que nunca fue construida para durar. La verdad es que BTC murió el día que decidieron paralizarlo, el día que lo convirtieron en una monstruosidad sobrerregulada y cargada de comisiones. El día que eligieron el estancamiento en lugar del progreso. El día que eligieron acumular en lugar de construir.
Y ahora, simplemente está ahí. Un cadáver en una cadena de bloques. Una reliquia que no hace nada. Una broma que no morirá, porque todavía hay demasiados tontos dispuestos a creerlo, demasiados soñadores aferrados a la fantasía de que algún día, algún día, esto funcionará.
Pero no lo hará. Nunca lo hará. Porque lo mataron.
Y fueron demasiado estúpidos para siquiera darse cuenta.
S. Tominaga, alias CSW
20 de marzo de 2025
https://x.com/CsTominaga/status/1902645369508614626?t=AzS6f0UAz-5jcML_Td8YAg&s=19
https://t.me/S_Tominaga/2697
Lo convirtieron en una pieza de museo, un objeto de colección, una cáscara inservible y congelada. Algo que se suponía que era dinero digital, pero que ahora se mueve más lento que una maldita transferencia bancaria. Algo que se suponía que se usaría a diario, en cada transacción, pero que ahora cuesta veinte dólares enviar unos pocos, con suerte.
Y a los ingenuos les encanta. Se lo tragan. Se quedan ahí sentados, balanceándose, susurrando "número sube" como un mantra de culto, mientras todo el sistema se detiene por su propio peso. No les importa que sea inútil. No les importa que sea una broma lenta y cara que nadie en su sano juicio usaría. No, no, ese ya no es el punto. El punto es acumular.
Lo llaman descentralizado, pero cinco pools de minería lo gestionan todo. Lo llaman seguro, pero un puñado de desarrolladores pueden cambiar las reglas cuando les da la gana. Lo llaman cobertura contra la inflación, pero lo único que ha hecho es oscilar violentamente de auge a caída, como una bolsa de valores ebria con esteroides. Fingen que es oro digital, pero oro, al menos, se puede conservar.
No es dinero. No es una revolución. Es un casino. Un casino lento, inflado y roto donde la casa siempre gana, y la casa son un puñado de plataformas de intercambio que congelan los retiros a su antojo. Un lugar donde cada vez que ocurre una crisis, culpan a los nuevos. A las instituciones. A los fondos de cobertura. Al gobierno. A cualquiera menos a ellos mismos.
Porque la verdad es demasiado fea. La verdad es que nunca fue construida para durar. La verdad es que BTC murió el día que decidieron paralizarlo, el día que lo convirtieron en una monstruosidad sobrerregulada y cargada de comisiones. El día que eligieron el estancamiento en lugar del progreso. El día que eligieron acumular en lugar de construir.
Y ahora, simplemente está ahí. Un cadáver en una cadena de bloques. Una reliquia que no hace nada. Una broma que no morirá, porque todavía hay demasiados tontos dispuestos a creerlo, demasiados soñadores aferrados a la fantasía de que algún día, algún día, esto funcionará.
Pero no lo hará. Nunca lo hará. Porque lo mataron.
Y fueron demasiado estúpidos para siquiera darse cuenta.
S. Tominaga, alias CSW
20 de marzo de 2025
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BTC. The great financial revolution. The future of money. The people's currency. A system designed to be fast, efficient, unstoppable. And what did they do? They broke it.
They turned it into a museum piece, a collector’s item, a useless, frozen husk. A…
They turned it into a museum piece, a collector’s item, a useless, frozen husk. A…
S. Tominaga AKA CSW
Mar 20, 2025
https://x.com/CsTominaga/status/1902642772236288203?t=vonDtMrBy-5lsAxPnIfm4w&s=19
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Mar 20, 2025
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China doesn’t win by fighting. It wins by waiting. By sitting back, smoking a cheap cigarette, and watching America punch itself in the dick over and over while calling it strategy. That’s how China wins—by letting America lose.
See, America loves a good show. A spectacle. The screaming, the shouting, the goddamn flag-waving. America thinks if it makes enough noise, it must be winning. So Trump gets up there, belly full of Diet Coke and self-delusion, and declares war. On trade. On China. On common sense itself. He slaps tariffs on everything that moves. Steel. Aluminum. Cars. Electronics. Says China will pay. Says we’re taking back control.
China doesn’t even blink.
Because China knows what America doesn’t. That tariffs don’t hurt them. They hurt you. The price tags go up in America. The inflation lands in America. The factories stay gone. The jobs stay outsourced. The corporations don’t come back. China knows this because they study history. They play the long game. They don’t throw tantrums.
America screams. China shrugs. And while America burns its own economy to the ground, China keeps building.
They take their factories and start selling to everyone else. Southeast Asia, Africa, Latin America. While Trump is busy making it more expensive for Americans to buy anything, China is making deals. Infrastructure. Railways. Ports. Manufacturing plants in places America forgot existed. While America is slapping tariffs on imported goods, China is out there buying the fucking mines.
And when Trump’s tariffs kick the legs out from under American farmers? China finds new suppliers. Soybeans? Brazil’s got plenty. Corn? Argentina’s happy to oblige. China doesn’t even need American goods anymore because America just made itself unreliable. And here’s the best part: when the tariffs are eventually dropped—because they always are—those markets don’t come back. They’re gone. Forever.
China knows time is on its side. It knows America is too impatient to hold its ground. America throws a fit, makes things worse for itself, then eventually realizes, Oh shit, this was dumb, and quietly reverses course. But by then? China already owns the future.
This isn’t just about trade. This is about power. America throws tariffs at China like they’re going to stop the inevitable. Meanwhile, China is buying up ports in Africa, investing in Latin America, controlling supply chains, locking down rare earth minerals, cementing influence across Asia. It’s buying the world. And America? America is sitting around arguing about whether or not to tax French wine while China is out there securing the next century.
Because China understands something America doesn’t. Power isn’t about yelling. It’s not about making a scene. It’s not about trade deficits or tariffs or whatever dumb-ass economic theory the politicians are selling this week. Power is about control. About ownership. About making sure that when the world needs something—you own it.
America can wave its flags, play its anthems, slap tariffs on whatever it wants. It doesn’t matter.
Because while America is busy tearing itself apart, China is buying the future.
S. Tominaga AKA CSW
Mar 20, 2025
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See, America loves a good show. A spectacle. The screaming, the shouting, the goddamn flag-waving. America thinks if it makes enough noise, it must be winning. So Trump gets up there, belly full of Diet Coke and self-delusion, and declares war. On trade. On China. On common sense itself. He slaps tariffs on everything that moves. Steel. Aluminum. Cars. Electronics. Says China will pay. Says we’re taking back control.
China doesn’t even blink.
Because China knows what America doesn’t. That tariffs don’t hurt them. They hurt you. The price tags go up in America. The inflation lands in America. The factories stay gone. The jobs stay outsourced. The corporations don’t come back. China knows this because they study history. They play the long game. They don’t throw tantrums.
America screams. China shrugs. And while America burns its own economy to the ground, China keeps building.
They take their factories and start selling to everyone else. Southeast Asia, Africa, Latin America. While Trump is busy making it more expensive for Americans to buy anything, China is making deals. Infrastructure. Railways. Ports. Manufacturing plants in places America forgot existed. While America is slapping tariffs on imported goods, China is out there buying the fucking mines.
And when Trump’s tariffs kick the legs out from under American farmers? China finds new suppliers. Soybeans? Brazil’s got plenty. Corn? Argentina’s happy to oblige. China doesn’t even need American goods anymore because America just made itself unreliable. And here’s the best part: when the tariffs are eventually dropped—because they always are—those markets don’t come back. They’re gone. Forever.
China knows time is on its side. It knows America is too impatient to hold its ground. America throws a fit, makes things worse for itself, then eventually realizes, Oh shit, this was dumb, and quietly reverses course. But by then? China already owns the future.
This isn’t just about trade. This is about power. America throws tariffs at China like they’re going to stop the inevitable. Meanwhile, China is buying up ports in Africa, investing in Latin America, controlling supply chains, locking down rare earth minerals, cementing influence across Asia. It’s buying the world. And America? America is sitting around arguing about whether or not to tax French wine while China is out there securing the next century.
Because China understands something America doesn’t. Power isn’t about yelling. It’s not about making a scene. It’s not about trade deficits or tariffs or whatever dumb-ass economic theory the politicians are selling this week. Power is about control. About ownership. About making sure that when the world needs something—you own it.
America can wave its flags, play its anthems, slap tariffs on whatever it wants. It doesn’t matter.
Because while America is busy tearing itself apart, China is buying the future.
S. Tominaga AKA CSW
Mar 20, 2025
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China no gana luchando. Gana esperando. Cruzándose de brazos, fumando un cigarrillo barato y viendo cómo Estados Unidos se da puñetazos en el trasero una y otra vez, llamándolo estrategia. Así es como gana China: dejando que Estados Unidos pierda.
Mira, a Estados Unidos le encanta un buen espectáculo. Un espectáculo. Los gritos, las algarabías, el maldito ondear de banderas. Estados Unidos cree que si hace suficiente ruido, debe estar ganando. Así que Trump aparece, con la panza llena de Coca-Cola Light y autoengaño, y declara la guerra. Al comercio. A China. Al mismísimo sentido común. Impone aranceles a todo lo que se mueve. Acero. Aluminio. Autos. Electrónica. Dice que China pagará. Dice que estamos recuperando el control.
China ni siquiera pestañea.
Porque China sabe lo que Estados Unidos no sabe. Que los aranceles no les hacen daño. Te hacen daño a ti. Los precios suben en Estados Unidos. La inflación aterriza en Estados Unidos. Las fábricas desaparecen. Los empleos siguen subcontratados. Las corporaciones no regresan. China lo sabe porque estudia historia. Juega a largo plazo. No se deja llevar por los berrinches.
Estados Unidos grita. China se encoge de hombros. Y mientras Estados Unidos arrasa su propia economía, China sigue construyendo.
Toman sus fábricas y empiezan a vender a todo el mundo. Sudeste Asiático, África, Latinoamérica. Mientras Trump se dedica a encarecer cualquier compra para los estadounidenses, China cierra tratos. Infraestructura. Ferrocarriles. Puertos. Plantas manufactureras en lugares que Estados Unidos olvidó que existían. Mientras Estados Unidos impone aranceles a las importaciones, China está ahí fuera comprando las malditas minas.
¿Y cuando los aranceles de Trump dejan a los agricultores estadounidenses sin blanca? China encuentra nuevos proveedores. ¿Soja? Brasil tiene de sobra. ¿Maíz? Argentina está encantada de complacer. China ya ni siquiera necesita los productos estadounidenses porque Estados Unidos se ha vuelto poco fiable. Y aquí está la mejor parte: cuando finalmente se eliminan los aranceles —porque siempre se eliminan—, esos mercados no vuelven. Desaparecen. Para siempre.
China sabe que el tiempo corre de su lado. Sabe que Estados Unidos es demasiado impaciente para mantenerse firme. Estados Unidos se enfurece, empeora las cosas, y finalmente se da cuenta de que esto fue una tontería, y silenciosamente cambia de rumbo. ¿Pero para entonces? China ya es dueña del futuro.
No se trata solo de comercio. Se trata de poder. Estados Unidos impone aranceles a China como si fueran a detener lo inevitable. Mientras tanto, China compra puertos en África, invierte en Latinoamérica, controla las cadenas de suministro, bloquea minerales de tierras raras y consolida su influencia en Asia. Está comprando el mundo. ¿Y Estados Unidos? Estados Unidos se sienta a discutir si gravar o no el vino francés mientras China se asegura el próximo siglo.
Porque China entiende algo que Estados Unidos no. El poder no se trata de gritar. No se trata de hacer un escándalo. No se trata de déficits comerciales, aranceles ni ninguna teoría económica absurda que los políticos estén vendiendo esta semana. El poder se trata de control. De propiedad. De asegurarse de que, cuando el mundo necesite algo, seas tú quien lo posea.
Estados Unidos puede ondear sus banderas, tocar sus himnos, imponer aranceles a lo que quiera. No importa.
Porque mientras Estados Unidos se dedica a destruirse a sí mismo, China compra el futuro.
S. Tominaga, alias CSW
20 de marzo de 2025
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Mira, a Estados Unidos le encanta un buen espectáculo. Un espectáculo. Los gritos, las algarabías, el maldito ondear de banderas. Estados Unidos cree que si hace suficiente ruido, debe estar ganando. Así que Trump aparece, con la panza llena de Coca-Cola Light y autoengaño, y declara la guerra. Al comercio. A China. Al mismísimo sentido común. Impone aranceles a todo lo que se mueve. Acero. Aluminio. Autos. Electrónica. Dice que China pagará. Dice que estamos recuperando el control.
China ni siquiera pestañea.
Porque China sabe lo que Estados Unidos no sabe. Que los aranceles no les hacen daño. Te hacen daño a ti. Los precios suben en Estados Unidos. La inflación aterriza en Estados Unidos. Las fábricas desaparecen. Los empleos siguen subcontratados. Las corporaciones no regresan. China lo sabe porque estudia historia. Juega a largo plazo. No se deja llevar por los berrinches.
Estados Unidos grita. China se encoge de hombros. Y mientras Estados Unidos arrasa su propia economía, China sigue construyendo.
Toman sus fábricas y empiezan a vender a todo el mundo. Sudeste Asiático, África, Latinoamérica. Mientras Trump se dedica a encarecer cualquier compra para los estadounidenses, China cierra tratos. Infraestructura. Ferrocarriles. Puertos. Plantas manufactureras en lugares que Estados Unidos olvidó que existían. Mientras Estados Unidos impone aranceles a las importaciones, China está ahí fuera comprando las malditas minas.
¿Y cuando los aranceles de Trump dejan a los agricultores estadounidenses sin blanca? China encuentra nuevos proveedores. ¿Soja? Brasil tiene de sobra. ¿Maíz? Argentina está encantada de complacer. China ya ni siquiera necesita los productos estadounidenses porque Estados Unidos se ha vuelto poco fiable. Y aquí está la mejor parte: cuando finalmente se eliminan los aranceles —porque siempre se eliminan—, esos mercados no vuelven. Desaparecen. Para siempre.
China sabe que el tiempo corre de su lado. Sabe que Estados Unidos es demasiado impaciente para mantenerse firme. Estados Unidos se enfurece, empeora las cosas, y finalmente se da cuenta de que esto fue una tontería, y silenciosamente cambia de rumbo. ¿Pero para entonces? China ya es dueña del futuro.
No se trata solo de comercio. Se trata de poder. Estados Unidos impone aranceles a China como si fueran a detener lo inevitable. Mientras tanto, China compra puertos en África, invierte en Latinoamérica, controla las cadenas de suministro, bloquea minerales de tierras raras y consolida su influencia en Asia. Está comprando el mundo. ¿Y Estados Unidos? Estados Unidos se sienta a discutir si gravar o no el vino francés mientras China se asegura el próximo siglo.
Porque China entiende algo que Estados Unidos no. El poder no se trata de gritar. No se trata de hacer un escándalo. No se trata de déficits comerciales, aranceles ni ninguna teoría económica absurda que los políticos estén vendiendo esta semana. El poder se trata de control. De propiedad. De asegurarse de que, cuando el mundo necesite algo, seas tú quien lo posea.
Estados Unidos puede ondear sus banderas, tocar sus himnos, imponer aranceles a lo que quiera. No importa.
Porque mientras Estados Unidos se dedica a destruirse a sí mismo, China compra el futuro.
S. Tominaga, alias CSW
20 de marzo de 2025
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China doesn’t win by fighting. It wins by waiting. By sitting back, smoking a cheap cigarette, and watching America punch itself in the dick over and over while calling it strategy. That’s how China wins—by letting America lose.
See, America loves a good…
See, America loves a good…
S. Tominaga AKA CSW
Mar 20, 2025
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Mar 20, 2025
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You can tax a man, you can rob him blind, you can spit in his face and tell him it’s rain, but don’t fucking tell him you’re saving him while you do it. That’s what a tariff is. A tax with a flag on it. A shakedown in the name of patriotism. The government kicks you in the balls and calls it protecting American jobs.
Trump stood there, chest puffed out like a cheap parade balloon, shouting about winning. America First. Strength. Fair trade. Like a used car salesman trying to convince you that the rust on the hood is a feature, not a problem. So he slapped tariffs on steel, on aluminum, on goddamn everything. Said it would bring back jobs. Said it would punish China. Said it would make America strong again.
What it actually did was make America expensive.
Prices crept up like a bad hangover. First, it was the big things—cars, appliances, heavy machinery. Then it was the groceries. The milk. The bread. The eggs. The things that never had anything to do with steel or aluminum but sure as hell had to do with a supply chain that just got a government-issued baseball bat to the knees.
The factories didn’t come back. They never do. You can’t force companies to set up shop in a country where it costs more to do business just because you feel sentimental about the Rust Belt. You can’t tax foreign imports into oblivion and expect your own economy to magically fill the gap. All you do is pass the bill down to the guy stocking shelves at Walmart, the waitress scraping tips together, the single mother staring at a receipt wondering why her paycheck shrinks while everything else grows.
And China? They loved it.
They didn’t have to do a damn thing but wait. While America jacked up its own prices, China kept making deals. They found new buyers. New trade partners. New ways to move goods. And when American farmers suddenly found out that their biggest customers—China—weren’t buying their crops anymore, who do you think stepped in? Other countries. Other suppliers. The market moved on. But America? America stood there, tariffs in hand, looking like a drunk who just bet the rent money on a bad hand and lost.
And what did the government do? It did what it always does—it bailed out the industries it had just gutted. They handed out subsidies like a priest handing out cheap salvation, telling farmers, “Don’t worry, we’ve got you covered.” But where did that money come from? From the same people who just got screwed by the tariffs. The taxpayers. The ones who already paid more at the grocery store, more at the gas pump, more for everything. It was the perfect scam—create a problem, then tax people to fix the problem you created. And the suckers kept falling for it.
Meanwhile, China kept building, kept trading, kept playing the long game. They didn’t need to win a trade war—they just needed to wait for America to lose it on its own. And lose it did.
Tariffs are a racket. A con. A way for men who never worked an honest job in their lives to pretend they’re fighting for the working class while they pick its pockets. The real way to fix trade? Compete. Build better. Innovate. Make something so damn good that people want to buy it. But that takes work, and work is something Washington doesn’t believe in.
So instead, they went with the easy fix. They taxed their own people, pissed off the rest of the world, and stood there wondering why nothing got better.
And when it all came crashing down?
They blamed China.
1/2
S. Tominaga AKA CSW
Mar 20, 2025
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Trump stood there, chest puffed out like a cheap parade balloon, shouting about winning. America First. Strength. Fair trade. Like a used car salesman trying to convince you that the rust on the hood is a feature, not a problem. So he slapped tariffs on steel, on aluminum, on goddamn everything. Said it would bring back jobs. Said it would punish China. Said it would make America strong again.
What it actually did was make America expensive.
Prices crept up like a bad hangover. First, it was the big things—cars, appliances, heavy machinery. Then it was the groceries. The milk. The bread. The eggs. The things that never had anything to do with steel or aluminum but sure as hell had to do with a supply chain that just got a government-issued baseball bat to the knees.
The factories didn’t come back. They never do. You can’t force companies to set up shop in a country where it costs more to do business just because you feel sentimental about the Rust Belt. You can’t tax foreign imports into oblivion and expect your own economy to magically fill the gap. All you do is pass the bill down to the guy stocking shelves at Walmart, the waitress scraping tips together, the single mother staring at a receipt wondering why her paycheck shrinks while everything else grows.
And China? They loved it.
They didn’t have to do a damn thing but wait. While America jacked up its own prices, China kept making deals. They found new buyers. New trade partners. New ways to move goods. And when American farmers suddenly found out that their biggest customers—China—weren’t buying their crops anymore, who do you think stepped in? Other countries. Other suppliers. The market moved on. But America? America stood there, tariffs in hand, looking like a drunk who just bet the rent money on a bad hand and lost.
And what did the government do? It did what it always does—it bailed out the industries it had just gutted. They handed out subsidies like a priest handing out cheap salvation, telling farmers, “Don’t worry, we’ve got you covered.” But where did that money come from? From the same people who just got screwed by the tariffs. The taxpayers. The ones who already paid more at the grocery store, more at the gas pump, more for everything. It was the perfect scam—create a problem, then tax people to fix the problem you created. And the suckers kept falling for it.
Meanwhile, China kept building, kept trading, kept playing the long game. They didn’t need to win a trade war—they just needed to wait for America to lose it on its own. And lose it did.
Tariffs are a racket. A con. A way for men who never worked an honest job in their lives to pretend they’re fighting for the working class while they pick its pockets. The real way to fix trade? Compete. Build better. Innovate. Make something so damn good that people want to buy it. But that takes work, and work is something Washington doesn’t believe in.
So instead, they went with the easy fix. They taxed their own people, pissed off the rest of the world, and stood there wondering why nothing got better.
And when it all came crashing down?
They blamed China.
1/2
S. Tominaga AKA CSW
Mar 20, 2025
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🔥1
You’re describing bimetallism, and history already gave us the answer: it doesn’t work. Gresham’s Law states that bad money drives out good money when two forms of currency exist side by side by legal decree. In an open market, the most efficient, usable form wins.
If one version of Bitcoin functions as money—fast, cheap, scalable, and usable for daily transactions—while the other is an expensive, slow, restricted store of value, the market won’t sustain both. The one that actually works will dominate. That’s how money works. That’s how it has always worked.
Bimetallism failed because when two different metals were tied to money, people hoarded the one with more intrinsic value and spent the weaker one. Silver flooded the market, gold vanished from circulation. The same thing happens here: the so-called “store of value” Bitcoin (BTC) will be hoarded, locked away, and unusable, while the version that actually functions as money—the scalable, efficient one—becomes the default. The second people realize that the “store of value” doesn’t move, doesn’t scale, and doesn’t serve any real purpose other than speculation, it gets left behind.
Money is not a static thing. It is a competitive system. The best one wins. The one that actually works wins. If you have a big-block, usable version and a crippled, slow version, people will simply use the one that works and abandon the one that doesn’t. The moment a superior alternative exists, the “store of value” argument collapses. Because the best store of value is the thing that is also the most liquid.
There are not two versions of Bitcoin. There is one. The one that works. The one that scales. The one that was designed to be used. The rest?
Irrelevant.
2/2
S. Tominaga AKA CSW
Mar 20, 2025
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If one version of Bitcoin functions as money—fast, cheap, scalable, and usable for daily transactions—while the other is an expensive, slow, restricted store of value, the market won’t sustain both. The one that actually works will dominate. That’s how money works. That’s how it has always worked.
Bimetallism failed because when two different metals were tied to money, people hoarded the one with more intrinsic value and spent the weaker one. Silver flooded the market, gold vanished from circulation. The same thing happens here: the so-called “store of value” Bitcoin (BTC) will be hoarded, locked away, and unusable, while the version that actually functions as money—the scalable, efficient one—becomes the default. The second people realize that the “store of value” doesn’t move, doesn’t scale, and doesn’t serve any real purpose other than speculation, it gets left behind.
Money is not a static thing. It is a competitive system. The best one wins. The one that actually works wins. If you have a big-block, usable version and a crippled, slow version, people will simply use the one that works and abandon the one that doesn’t. The moment a superior alternative exists, the “store of value” argument collapses. Because the best store of value is the thing that is also the most liquid.
There are not two versions of Bitcoin. There is one. The one that works. The one that scales. The one that was designed to be used. The rest?
Irrelevant.
2/2
S. Tominaga AKA CSW
Mar 20, 2025
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🔥2
Puedes gravar a un hombre, puedes robarle a ciegas, puedes escupirle en la cara y decirle que llueve, pero no le digas que lo estás salvando mientras lo haces. Eso es un arancel. Un impuesto con una bandera. Una extorsión en nombre del patriotismo. El gobierno te patea los huevos y lo dice para proteger los empleos estadounidenses.
Trump se quedó allí, con el pecho inflado como un globo de desfile barato, gritando victoria. Estados Unidos primero. Fuerza. Comercio justo. Como un vendedor de autos usados tratando de convencerte de que el óxido en el capó es una característica, no un problema. Así que impuso aranceles al acero, al aluminio, a todo. Dijo que recuperaría empleos. Dijo que castigaría a China. Dijo que haría a Estados Unidos fuerte de nuevo.
Lo que realmente hizo fue encarecer a Estados Unidos.
Los precios subieron como una resaca. Primero, fueron las cosas grandes: autos, electrodomésticos, maquinaria pesada. Luego fueron los comestibles. La leche. El pan. Los huevos. Las cosas que nunca tuvieron nada que ver con el acero ni el aluminio, pero que sin duda tenían que ver con una cadena de suministro que acaba de recibir un golpe de béisbol del gobierno.
Las fábricas no volvieron. Nunca lo hacen. No se puede obligar a las empresas a establecerse en un país donde cuesta más hacer negocios solo porque se siente sentimental por el Cinturón Industrial. No se pueden gravar las importaciones extranjeras hasta el olvido y esperar que la propia economía cubra el vacío por arte de magia. Solo se le pasa la factura al reponedor de Walmart, a la camarera que junta propinas, a la madre soltera que mira fijamente un recibo preguntándose por qué su sueldo disminuye mientras todo lo demás crece.
¿Y China? Les encantó.
No tuvieron que hacer nada más que esperar. Mientras Estados Unidos subía sus propios precios, China seguía cerrando tratos. Encontraron nuevos compradores. Nuevos socios comerciales. Nuevas formas de transportar mercancías. Y cuando los agricultores estadounidenses descubrieron de repente que su mayor cliente —China— ya no compraba sus cosechas, ¿quién creen que intervino? Otros países. Otros proveedores. El mercado siguió adelante. ¿Pero Estados Unidos? Estados Unidos se quedó allí, con los aranceles en la mano, con el mismo aspecto de un borracho que apostó el dinero del alquiler a una mala mano y perdió.
¿Y qué hizo el gobierno? Hizo lo de siempre: rescató las industrias que acababa de desmantelar. Distribuyó subsidios como un sacerdote que reparte salvación barata, diciéndoles a los agricultores: "No se preocupen, los tenemos cubiertos". ¿Pero de dónde salió ese dinero? De la misma gente que acababa de ser estafada por los aranceles. De los contribuyentes. Los que ya pagaban más en el supermercado, más en la gasolinera, más por todo. Era la estafa perfecta: crear un problema y luego gravar a la gente para solucionar el problema creado. Y los incautos seguían cayendo en la trampa.
Mientras tanto, China seguía construyendo, seguía comerciando, seguía pensando a largo plazo. No necesitaban ganar una guerra comercial; solo necesitaban esperar a que Estados Unidos la perdiera por sí solo. Y la perdió.
Los aranceles son un chanchullo. Una estafa. Una forma para que hombres que nunca tuvieron un trabajo honesto en su vida finjan que luchan por la clase trabajadora mientras les roban los bolsillos. ¿La verdadera manera de arreglar el comercio? Competir. Construir mejor. Innovar. Hacer algo tan bueno que la gente quiera comprarlo. Pero eso requiere trabajo, y el trabajo es algo en lo que Washington no cree.
Así que, en cambio, optaron por la solución fácil. Impusieron impuestos a su propia gente, enfurecieron al resto del mundo y se quedaron allí preguntándose por qué nada mejoraba.
¿Y cuando todo se derrumbó?
Echaron la culpa a China.
1/2
S. Tominaga también conocido como CSW
20 de marzo de 2025
https://x.com/CsTominaga/status/1902637873339494631?t=yl5NuJqaR_d4c9g77Lgs1Q&s=19
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Trump se quedó allí, con el pecho inflado como un globo de desfile barato, gritando victoria. Estados Unidos primero. Fuerza. Comercio justo. Como un vendedor de autos usados tratando de convencerte de que el óxido en el capó es una característica, no un problema. Así que impuso aranceles al acero, al aluminio, a todo. Dijo que recuperaría empleos. Dijo que castigaría a China. Dijo que haría a Estados Unidos fuerte de nuevo.
Lo que realmente hizo fue encarecer a Estados Unidos.
Los precios subieron como una resaca. Primero, fueron las cosas grandes: autos, electrodomésticos, maquinaria pesada. Luego fueron los comestibles. La leche. El pan. Los huevos. Las cosas que nunca tuvieron nada que ver con el acero ni el aluminio, pero que sin duda tenían que ver con una cadena de suministro que acaba de recibir un golpe de béisbol del gobierno.
Las fábricas no volvieron. Nunca lo hacen. No se puede obligar a las empresas a establecerse en un país donde cuesta más hacer negocios solo porque se siente sentimental por el Cinturón Industrial. No se pueden gravar las importaciones extranjeras hasta el olvido y esperar que la propia economía cubra el vacío por arte de magia. Solo se le pasa la factura al reponedor de Walmart, a la camarera que junta propinas, a la madre soltera que mira fijamente un recibo preguntándose por qué su sueldo disminuye mientras todo lo demás crece.
¿Y China? Les encantó.
No tuvieron que hacer nada más que esperar. Mientras Estados Unidos subía sus propios precios, China seguía cerrando tratos. Encontraron nuevos compradores. Nuevos socios comerciales. Nuevas formas de transportar mercancías. Y cuando los agricultores estadounidenses descubrieron de repente que su mayor cliente —China— ya no compraba sus cosechas, ¿quién creen que intervino? Otros países. Otros proveedores. El mercado siguió adelante. ¿Pero Estados Unidos? Estados Unidos se quedó allí, con los aranceles en la mano, con el mismo aspecto de un borracho que apostó el dinero del alquiler a una mala mano y perdió.
¿Y qué hizo el gobierno? Hizo lo de siempre: rescató las industrias que acababa de desmantelar. Distribuyó subsidios como un sacerdote que reparte salvación barata, diciéndoles a los agricultores: "No se preocupen, los tenemos cubiertos". ¿Pero de dónde salió ese dinero? De la misma gente que acababa de ser estafada por los aranceles. De los contribuyentes. Los que ya pagaban más en el supermercado, más en la gasolinera, más por todo. Era la estafa perfecta: crear un problema y luego gravar a la gente para solucionar el problema creado. Y los incautos seguían cayendo en la trampa.
Mientras tanto, China seguía construyendo, seguía comerciando, seguía pensando a largo plazo. No necesitaban ganar una guerra comercial; solo necesitaban esperar a que Estados Unidos la perdiera por sí solo. Y la perdió.
Los aranceles son un chanchullo. Una estafa. Una forma para que hombres que nunca tuvieron un trabajo honesto en su vida finjan que luchan por la clase trabajadora mientras les roban los bolsillos. ¿La verdadera manera de arreglar el comercio? Competir. Construir mejor. Innovar. Hacer algo tan bueno que la gente quiera comprarlo. Pero eso requiere trabajo, y el trabajo es algo en lo que Washington no cree.
Así que, en cambio, optaron por la solución fácil. Impusieron impuestos a su propia gente, enfurecieron al resto del mundo y se quedaron allí preguntándose por qué nada mejoraba.
¿Y cuando todo se derrumbó?
Echaron la culpa a China.
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S. Tominaga también conocido como CSW
20 de marzo de 2025
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X (formerly Twitter)
S Tominaga (@CsTominaga) on X
You can tax a man, you can rob him blind, you can spit in his face and tell him it’s rain, but don’t fucking tell him you’re saving him while you do it. That’s what a tariff is. A tax with a flag on it. A shakedown in the name of patriotism. The government…
Estás describiendo el bimetalismo, y la historia ya nos dio la respuesta: no funciona. La Ley de Gresham establece que el dinero malo desplaza al dinero bueno cuando dos formas de moneda coexisten por decreto legal. En un mercado abierto, la forma más eficiente y utilizable gana.
Si una versión de Bitcoin funciona como dinero (rápida, barata, escalable y utilizable para las transacciones diarias) mientras que la otra es una reserva de valor cara, lenta y restringida, el mercado no podrá sostener ambas. La que realmente funcione dominará. Así funciona el dinero. Así ha funcionado siempre.
El bimetalismo fracasó porque, al vincular dos metales diferentes al dinero, la gente acaparó el que tenía mayor valor intrínseco y gastó el más débil. La plata inundó el mercado y el oro desapareció de la circulación. Aquí ocurre lo mismo: la llamada "reserva de valor", Bitcoin (BTC), quedará acaparada, bloqueada e inutilizable, mientras que la versión que realmente funciona como dinero —la escalable y eficiente— se convertirá en la predeterminada. En cuanto la gente se dé cuenta de que la "reserva de valor" no se mueve, no escala y no tiene ningún propósito real más allá de la especulación, se quedará atrás.
El dinero no es algo estático. Es un sistema competitivo. El mejor gana. El que realmente funciona, gana. Si tienes una versión usable de bloque grande y una versión deficiente y lenta, la gente simplemente usará la que funciona y abandonará la que no. En el momento en que exista una alternativa superior, el argumento de la "reserva de valor" se derrumbará. Porque la mejor reserva de valor es la que también tiene mayor liquidez.
No hay dos versiones de Bitcoin. Hay una. La que funciona. La que escala. La que fue diseñada para ser utilizada. ¿El resto?
Irrelevante.
2/2
S. Tominaga también conocido como CSW
20 de marzo de 2025
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Si una versión de Bitcoin funciona como dinero (rápida, barata, escalable y utilizable para las transacciones diarias) mientras que la otra es una reserva de valor cara, lenta y restringida, el mercado no podrá sostener ambas. La que realmente funcione dominará. Así funciona el dinero. Así ha funcionado siempre.
El bimetalismo fracasó porque, al vincular dos metales diferentes al dinero, la gente acaparó el que tenía mayor valor intrínseco y gastó el más débil. La plata inundó el mercado y el oro desapareció de la circulación. Aquí ocurre lo mismo: la llamada "reserva de valor", Bitcoin (BTC), quedará acaparada, bloqueada e inutilizable, mientras que la versión que realmente funciona como dinero —la escalable y eficiente— se convertirá en la predeterminada. En cuanto la gente se dé cuenta de que la "reserva de valor" no se mueve, no escala y no tiene ningún propósito real más allá de la especulación, se quedará atrás.
El dinero no es algo estático. Es un sistema competitivo. El mejor gana. El que realmente funciona, gana. Si tienes una versión usable de bloque grande y una versión deficiente y lenta, la gente simplemente usará la que funciona y abandonará la que no. En el momento en que exista una alternativa superior, el argumento de la "reserva de valor" se derrumbará. Porque la mejor reserva de valor es la que también tiene mayor liquidez.
No hay dos versiones de Bitcoin. Hay una. La que funciona. La que escala. La que fue diseñada para ser utilizada. ¿El resto?
Irrelevante.
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S. Tominaga también conocido como CSW
20 de marzo de 2025
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You can tax a man, you can rob him blind, you can spit in his face and tell him it’s rain, but don’t fucking tell him you’re saving him while you do it. That’s what a tariff is. A tax with a flag on it. A shakedown in the name of patriotism. The government…
S. Tominaga AKA CSW
Mar 20, 2025
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Mar 20, 2025
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The old man behind the counter didn’t give a shit. He rang up the beer, the smokes, the stale pretzels, punched the total into the register with fingers that had long since stopped caring. Prices had gone up again. They always did. He’d seen it before, a hundred times, a thousand, ever since some suited bastard figured out that the best way to “help” the economy was to strangle the poor man’s wallet and call it a victory.
This time it was tariffs. Big, dumb, blaring tariffs. A war waged with taxes, the kind that don’t hit the enemy but land squarely on the backs of the people who never asked for it in the first place. But try explaining that to a politician. Try explaining that when you slap a tax on imported goods, the only people paying for it are the ones at the bottom. The man stocking shelves at the supermarket, the woman trying to afford a tank of gas, the old-timer with an oxygen tank who just wants to drink his goddamn coffee without noticing it’s gone up twenty cents again.
Trump strutted around, all swagger and self-importance, talking about trade imbalances like a drunk at the bar explaining why the bartender owes him a free shot. America was losing, he said. We were getting screwed, he said. And his brilliant solution? Make everything cost more. Genius. Fucking genius.
Steel. Aluminum. Electronics. Food. A punch in the gut to anyone who ever needed to buy something—which, last I checked, was everyone. And while the price tags rose, the wages didn’t. They never do. The worker doesn’t get a raise just because his groceries cost more. He just gets poorer. But don’t worry, they told him. This is good for America. The factories will come back. The jobs will return. Any day now. Just hold on.
Meanwhile, overseas, the rest of the world wasn’t sitting around waiting to be bullied. No, they had their own ideas. China slapped tariffs back. Farmers who used to sell their crops overseas watched them rot in silos. Manufacturers lost contracts. Exports shrank. The whole thing spiraled downward, a slow-motion economic suicide with a flag draped over it.
And when it all started to hurt too much, when the businesses complained and the numbers didn’t look so hot, what did the government do? They threw subsidies at the very industries they’d just kneecapped. That’s how it always works. First, they break your legs. Then, they offer you a crutch and tell you how generous they are. But a crutch isn’t a cure. It’s just a slow, painful limping toward an inevitable collapse.
The real joke? The “big win” never came. No wave of new factories, no golden age of American industry rising from the ashes. Just empty speeches and bank accounts running dry. Because the one truth that no politician ever wants to admit is this: you cannot cheat the market. You cannot legislate wealth into existence. Trade is not a war. It’s a negotiation, an exchange, a delicate balance that takes years to build and seconds to destroy.
And Trump? He never built anything. He just burned things down. Called it victory. Let everyone else choke on the smoke.
S. Tominaga AKA CSW
Mar 20, 2025
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This time it was tariffs. Big, dumb, blaring tariffs. A war waged with taxes, the kind that don’t hit the enemy but land squarely on the backs of the people who never asked for it in the first place. But try explaining that to a politician. Try explaining that when you slap a tax on imported goods, the only people paying for it are the ones at the bottom. The man stocking shelves at the supermarket, the woman trying to afford a tank of gas, the old-timer with an oxygen tank who just wants to drink his goddamn coffee without noticing it’s gone up twenty cents again.
Trump strutted around, all swagger and self-importance, talking about trade imbalances like a drunk at the bar explaining why the bartender owes him a free shot. America was losing, he said. We were getting screwed, he said. And his brilliant solution? Make everything cost more. Genius. Fucking genius.
Steel. Aluminum. Electronics. Food. A punch in the gut to anyone who ever needed to buy something—which, last I checked, was everyone. And while the price tags rose, the wages didn’t. They never do. The worker doesn’t get a raise just because his groceries cost more. He just gets poorer. But don’t worry, they told him. This is good for America. The factories will come back. The jobs will return. Any day now. Just hold on.
Meanwhile, overseas, the rest of the world wasn’t sitting around waiting to be bullied. No, they had their own ideas. China slapped tariffs back. Farmers who used to sell their crops overseas watched them rot in silos. Manufacturers lost contracts. Exports shrank. The whole thing spiraled downward, a slow-motion economic suicide with a flag draped over it.
And when it all started to hurt too much, when the businesses complained and the numbers didn’t look so hot, what did the government do? They threw subsidies at the very industries they’d just kneecapped. That’s how it always works. First, they break your legs. Then, they offer you a crutch and tell you how generous they are. But a crutch isn’t a cure. It’s just a slow, painful limping toward an inevitable collapse.
The real joke? The “big win” never came. No wave of new factories, no golden age of American industry rising from the ashes. Just empty speeches and bank accounts running dry. Because the one truth that no politician ever wants to admit is this: you cannot cheat the market. You cannot legislate wealth into existence. Trade is not a war. It’s a negotiation, an exchange, a delicate balance that takes years to build and seconds to destroy.
And Trump? He never built anything. He just burned things down. Called it victory. Let everyone else choke on the smoke.
S. Tominaga AKA CSW
Mar 20, 2025
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Al viejo tras el mostrador le importaba un bledo. Cobró la cerveza, los cigarrillos, los pretzels rancios, marcó el total en la caja registradora con dedos que hacía tiempo que habían dejado de importarle. Los precios habían vuelto a subir. Siempre lo hacían. Lo había visto antes, cientos de veces, miles, desde que un desgraciado trajeado se dio cuenta de que la mejor manera de "ayudar" a la economía era estrangular la cartera del pobre y llamarlo una victoria.
Esta vez eran aranceles. Aranceles enormes, absurdos y estridentes. Una guerra librada con impuestos, de esos que no golpean al enemigo, sino que recaen directamente sobre las espaldas de quienes nunca los pidieron. Pero intenta explicárselo a un político. Intenta explicarle que cuando se impone un impuesto a los bienes importados, los únicos que lo pagan son los que están en la parte inferior. El hombre reponiendo los estantes del supermercado, la mujer intentando pagar un tanque de gasolina, el veterano con un tanque de oxígeno que solo quiere tomarse su maldito café sin darse cuenta de que ha subido veinte centavos otra vez.
Trump se pavoneaba, todo fanfarronería y presunción, hablando de desequilibrios comerciales como un borracho en el bar explicando por qué el camarero le debe un trago gratis. Estados Unidos estaba perdiendo, dijo. Nos estaban jodiendo, dijo. ¿Y su brillante solución? Que todo cueste más. Genial. Maldito genio.
Acero. Aluminio. Electrónica. Comida. Un puñetazo en el estómago para cualquiera que alguna vez necesitara comprar algo, que, la última vez que lo revisé, era todo el mundo. Y aunque los precios subieron, los salarios no. Nunca lo hacen. El trabajador no recibe un aumento solo porque sus alimentos cuesten más. Simplemente se empobrece. Pero tranquilo, le dijeron. Esto es bueno para Estados Unidos. Las fábricas volverán. Los empleos volverán. Cualquier día de estos. Solo aguanten. Mientras tanto, en el extranjero, el resto del mundo no se quedaba de brazos cruzados esperando ser intimidado. No, tenían sus propias ideas. China reimpuso los aranceles. Los agricultores que solían vender sus cosechas en el extranjero las vieron pudrirse en silos. Los fabricantes perdieron contratos. Las exportaciones se redujeron. Todo se desplomó, un suicidio económico a cámara lenta con una bandera ondeando sobre él.
Y cuando todo empezó a doler demasiado, cuando las empresas se quejaron y las cifras no pintaban tan bien, ¿qué hizo el gobierno? Subvencionó a las mismas industrias que acababan de hundir. Así es como siempre funciona. Primero, te rompen las piernas. Luego, te ofrecen una muleta y te dicen lo generosos que son. Pero una muleta no es la cura. Es solo un lento y doloroso cojeo hacia un colapso inevitable.
¿El verdadero chiste? La "gran victoria" nunca llegó. No hubo una oleada de nuevas fábricas, ni una época dorada de la industria estadounidense resurgiendo de las cenizas. Solo discursos vacíos y cuentas bancarias vacías. Porque la única verdad que ningún político quiere admitir es esta: no se puede engañar al mercado. No se puede crear riqueza mediante leyes. El comercio no es una guerra. Es una negociación, un intercambio, un delicado equilibrio que tarda años en construirse y segundos en destruirse.
¿Y Trump? Nunca construyó nada. Simplemente lo destruyó todo. Lo llamó victoria. Que todos los demás se ahoguen con el humo.
S. Tominaga, alias CSW
20 de marzo de 2025
https://x.com/CsTominaga/status/1902635061008330882?t=dv8_uDMOZpeSqtVg_02gxg&s=19
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Esta vez eran aranceles. Aranceles enormes, absurdos y estridentes. Una guerra librada con impuestos, de esos que no golpean al enemigo, sino que recaen directamente sobre las espaldas de quienes nunca los pidieron. Pero intenta explicárselo a un político. Intenta explicarle que cuando se impone un impuesto a los bienes importados, los únicos que lo pagan son los que están en la parte inferior. El hombre reponiendo los estantes del supermercado, la mujer intentando pagar un tanque de gasolina, el veterano con un tanque de oxígeno que solo quiere tomarse su maldito café sin darse cuenta de que ha subido veinte centavos otra vez.
Trump se pavoneaba, todo fanfarronería y presunción, hablando de desequilibrios comerciales como un borracho en el bar explicando por qué el camarero le debe un trago gratis. Estados Unidos estaba perdiendo, dijo. Nos estaban jodiendo, dijo. ¿Y su brillante solución? Que todo cueste más. Genial. Maldito genio.
Acero. Aluminio. Electrónica. Comida. Un puñetazo en el estómago para cualquiera que alguna vez necesitara comprar algo, que, la última vez que lo revisé, era todo el mundo. Y aunque los precios subieron, los salarios no. Nunca lo hacen. El trabajador no recibe un aumento solo porque sus alimentos cuesten más. Simplemente se empobrece. Pero tranquilo, le dijeron. Esto es bueno para Estados Unidos. Las fábricas volverán. Los empleos volverán. Cualquier día de estos. Solo aguanten. Mientras tanto, en el extranjero, el resto del mundo no se quedaba de brazos cruzados esperando ser intimidado. No, tenían sus propias ideas. China reimpuso los aranceles. Los agricultores que solían vender sus cosechas en el extranjero las vieron pudrirse en silos. Los fabricantes perdieron contratos. Las exportaciones se redujeron. Todo se desplomó, un suicidio económico a cámara lenta con una bandera ondeando sobre él.
Y cuando todo empezó a doler demasiado, cuando las empresas se quejaron y las cifras no pintaban tan bien, ¿qué hizo el gobierno? Subvencionó a las mismas industrias que acababan de hundir. Así es como siempre funciona. Primero, te rompen las piernas. Luego, te ofrecen una muleta y te dicen lo generosos que son. Pero una muleta no es la cura. Es solo un lento y doloroso cojeo hacia un colapso inevitable.
¿El verdadero chiste? La "gran victoria" nunca llegó. No hubo una oleada de nuevas fábricas, ni una época dorada de la industria estadounidense resurgiendo de las cenizas. Solo discursos vacíos y cuentas bancarias vacías. Porque la única verdad que ningún político quiere admitir es esta: no se puede engañar al mercado. No se puede crear riqueza mediante leyes. El comercio no es una guerra. Es una negociación, un intercambio, un delicado equilibrio que tarda años en construirse y segundos en destruirse.
¿Y Trump? Nunca construyó nada. Simplemente lo destruyó todo. Lo llamó victoria. Que todos los demás se ahoguen con el humo.
S. Tominaga, alias CSW
20 de marzo de 2025
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CSW S. Tominaga
S. Tominaga AKA CSW
Mar 20, 2025
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Mar 20, 2025
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The beauty of a trade war, if you can call it that, is that it’s waged by men who have never had to balance a checkbook but believe they can balance a nation’s economy with the stroke of a pen. They sit in their offices, fat and bloated with the power of regulation, puffed up on their own delusions of control, signing orders like old drunks writing bad checks, convinced that reality bends to their whims. And this time, the grand idea—the masterstroke of economic brilliance—is to slap tariffs on everything that moves and call it victory.
Ah yes, tariffs, the old game of punishing your own people and calling it strength. The grand lie told with a straight face by the kind of bureaucrats who have never produced a damn thing in their lives but think they know how business works. The lie is simple: raise the cost of imported goods, and suddenly American companies will rise from their graves like Lazarus, strong and mighty, creating jobs, making America great again. Except reality doesn’t work that way, never has, never will. But that’s the thing about governments—they don’t have to live in reality. They only have to sell the illusion long enough to win another election.
And so, the man who buys his morning coffee for a buck twenty-nine finds it creeping up to a buck fifty, then a buck seventy-five, and he doesn’t know why. He just knows he’s working the same job for the same wage, and somehow, he’s getting less for it. The grocer, the car dealer, the factory owner—they all feel it too, because tariffs are just taxes with a prettier name. Not on China. Not on Mexico. Not on the big bad foreigners who supposedly deserve to be “punished.” No. The tax lands right here. On the factory floor. On the grocery aisle. On the bill for that new washing machine that costs twenty percent more today than it did last month.
But the government tells him not to worry. It’s for the greater good. He’s suffering for America. It’s all part of the grand economic strategy of national strength. Strength, they say, comes from cutting yourself off, from shutting the doors and making everything within your own borders, never mind that no economy in history has ever flourished that way. Never mind that even the Roman Empire, in all its arrogance, collapsed when it started believing it could sustain itself on mandates and arrogance alone.
The truth—the ugly, simple, economic truth—is that trade must balance. You cannot consume what you do not produce, and you cannot sell what no one can afford to buy. When you tax imports, you make goods more expensive. When goods get more expensive, wages don’t magically rise to meet them. The worker doesn’t suddenly have more in his paycheck just because steel costs more. He just gets poorer. But it gets worse. The moment you slap tariffs on the world, the world slaps them right back at you. Suddenly, American farmers find their crops have nowhere to go. The soybean man is sitting on acres of crops that China no longer wants. The steel manufacturer who thought he was getting a break realizes too late that now his biggest buyers are looking elsewhere—Brazil, India, anywhere but here.
And what does the government do? Bailouts. That’s the next step in this little tragedy. The same government that created the problem now steps in to “fix” it with subsidies. So they take more money from the taxpayers, throw it at the industries they just crippled, and call it supporting the American worker. As if robbing Peter to pay Paul is some kind of grand economic strategy instead of the idiotic cycle of destruction it always has been.
1/2
S. Tominaga AKA CSW
Mar 20, 2025
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Ah yes, tariffs, the old game of punishing your own people and calling it strength. The grand lie told with a straight face by the kind of bureaucrats who have never produced a damn thing in their lives but think they know how business works. The lie is simple: raise the cost of imported goods, and suddenly American companies will rise from their graves like Lazarus, strong and mighty, creating jobs, making America great again. Except reality doesn’t work that way, never has, never will. But that’s the thing about governments—they don’t have to live in reality. They only have to sell the illusion long enough to win another election.
And so, the man who buys his morning coffee for a buck twenty-nine finds it creeping up to a buck fifty, then a buck seventy-five, and he doesn’t know why. He just knows he’s working the same job for the same wage, and somehow, he’s getting less for it. The grocer, the car dealer, the factory owner—they all feel it too, because tariffs are just taxes with a prettier name. Not on China. Not on Mexico. Not on the big bad foreigners who supposedly deserve to be “punished.” No. The tax lands right here. On the factory floor. On the grocery aisle. On the bill for that new washing machine that costs twenty percent more today than it did last month.
But the government tells him not to worry. It’s for the greater good. He’s suffering for America. It’s all part of the grand economic strategy of national strength. Strength, they say, comes from cutting yourself off, from shutting the doors and making everything within your own borders, never mind that no economy in history has ever flourished that way. Never mind that even the Roman Empire, in all its arrogance, collapsed when it started believing it could sustain itself on mandates and arrogance alone.
The truth—the ugly, simple, economic truth—is that trade must balance. You cannot consume what you do not produce, and you cannot sell what no one can afford to buy. When you tax imports, you make goods more expensive. When goods get more expensive, wages don’t magically rise to meet them. The worker doesn’t suddenly have more in his paycheck just because steel costs more. He just gets poorer. But it gets worse. The moment you slap tariffs on the world, the world slaps them right back at you. Suddenly, American farmers find their crops have nowhere to go. The soybean man is sitting on acres of crops that China no longer wants. The steel manufacturer who thought he was getting a break realizes too late that now his biggest buyers are looking elsewhere—Brazil, India, anywhere but here.
And what does the government do? Bailouts. That’s the next step in this little tragedy. The same government that created the problem now steps in to “fix” it with subsidies. So they take more money from the taxpayers, throw it at the industries they just crippled, and call it supporting the American worker. As if robbing Peter to pay Paul is some kind of grand economic strategy instead of the idiotic cycle of destruction it always has been.
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Mar 20, 2025
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Meanwhile, inflation creeps in like a slow gas leak, choking the life out of the people who were supposed to be protected. The industries that were promised salvation don’t innovate, don’t improve, don’t get stronger—they just get dependent. Because that’s what tariffs do. They don’t protect; they cripple. They breed businesses that don’t need to compete, because they have the government shielding them from reality. They build industries that are propped up by force instead of value. That’s not capitalism. That’s economic cancer.
And the worst part? The whole thing fails. Every single time. The government will talk about economic nationalism, about rebuilding the workforce, about bringing jobs back home. But what actually happens? The consumer gets squeezed. The markets shrink. The jobs don’t come back. The companies that relied on global trade don’t suddenly start hiring American workers out of patriotism—they start cutting costs, laying off, outsourcing anyway because government mandates can’t stop market forces.
So what do you get? You get less trade, fewer jobs, more taxes, and weaker businesses. And for what? To give some politician a talking point? To let some bureaucrat stand at a podium and declare that he’s “standing up for the American worker” while the American worker stands in line at a food bank?
This is the reality of a trade war. It is not strength. It is not strategy. It is economic self-mutilation, performed by men who do not understand the simplest principle of human prosperity: that wealth is created through free exchange, through competition, through innovation—not through walls, not through government dictates, not through economic isolation.
And here’s the final joke, the last, cruel punchline to this whole comedy of errors: the world moves on. The companies that used to do business with America find someone else. The nations that used to buy American products stop waiting. And when the tariff war is over, when the damage is finally done and the politicians quietly reverse course, those markets are gone forever. The world doesn’t wait for fools. The world doesn’t care about your nationalist delusions or your protectionist fantasies. The world moves forward, and America—great, powerful, self-sabotaging America—is left behind, wondering how it lost a war it started against itself.
2/2
S. Tominaga AKA CSW
Mar 20, 2025
https://x.com/CsTominaga/status/1902635061008330882?t=aF7E5S8cw-ITCFU6PBMZaw&s=19
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And the worst part? The whole thing fails. Every single time. The government will talk about economic nationalism, about rebuilding the workforce, about bringing jobs back home. But what actually happens? The consumer gets squeezed. The markets shrink. The jobs don’t come back. The companies that relied on global trade don’t suddenly start hiring American workers out of patriotism—they start cutting costs, laying off, outsourcing anyway because government mandates can’t stop market forces.
So what do you get? You get less trade, fewer jobs, more taxes, and weaker businesses. And for what? To give some politician a talking point? To let some bureaucrat stand at a podium and declare that he’s “standing up for the American worker” while the American worker stands in line at a food bank?
This is the reality of a trade war. It is not strength. It is not strategy. It is economic self-mutilation, performed by men who do not understand the simplest principle of human prosperity: that wealth is created through free exchange, through competition, through innovation—not through walls, not through government dictates, not through economic isolation.
And here’s the final joke, the last, cruel punchline to this whole comedy of errors: the world moves on. The companies that used to do business with America find someone else. The nations that used to buy American products stop waiting. And when the tariff war is over, when the damage is finally done and the politicians quietly reverse course, those markets are gone forever. The world doesn’t wait for fools. The world doesn’t care about your nationalist delusions or your protectionist fantasies. The world moves forward, and America—great, powerful, self-sabotaging America—is left behind, wondering how it lost a war it started against itself.
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La belleza de una guerra comercial, si se le puede llamar así, es que la libran hombres que nunca han tenido que llevar una chequera, pero creen que pueden equilibrar la economía de un país de un plumazo. Se sientan en sus oficinas, gordos e hinchados por el poder de la regulación, envanecidos por sus propios delirios de control, firmando órdenes como viejos borrachos que firman cheques sin fondos, convencidos de que la realidad se doblega a sus caprichos. Y esta vez, la gran idea —la jugada maestra de la brillantez económica— es imponer aranceles a todo lo que se mueve y llamarlo victoria.
Ah, sí, los aranceles, el viejo juego de castigar a tu propia gente y llamarlo fuerza. La gran mentira dicha con cara seria por la clase de burócratas que nunca han producido nada en su vida, pero creen saber cómo funcionan los negocios. La mentira es simple: aumenta el costo de los bienes importados, y de repente las empresas estadounidenses se levantarán de sus tumbas como Lázaro, fuertes y poderosas, creando empleos, haciendo que Estados Unidos vuelva a ser grande. Excepto que la realidad no funciona así, nunca lo ha hecho, nunca lo hará. Pero eso es lo que pasa con los gobiernos: no tienen que vivir en la realidad. Solo tienen que vender la ilusión el tiempo suficiente para ganar otras elecciones.
Y así, el hombre que compra su café de la mañana por 1 dólar veintinueve ve que su precio sube poco a poco a 1 dólar cincuenta, luego a 1 dólar setenta y cinco, y no sabe por qué. Solo sabe que está trabajando en el mismo trabajo por el mismo salario, y de alguna manera, está recibiendo menos por ello. El tendero, el concesionario de autos, el dueño de la fábrica, todos lo sienten también, porque los aranceles son solo impuestos con un nombre más bonito. No a China. No a México. No a los grandes y malvados extranjeros que supuestamente merecen ser "castigados". No. El impuesto cae justo aquí. En la fábrica. En el pasillo del supermercado. En la factura de esa lavadora nueva que cuesta un veinte por ciento más hoy que el mes pasado.
Pero el gobierno le dice que no se preocupe. Es por el bien común. Sufre por Estados Unidos. Todo forma parte de la gran estrategia económica de fuerza nacional. Dicen que la fuerza proviene de aislarse, de cerrar las puertas y fabricar todo dentro de las propias fronteras, sin importar que ninguna economía en la historia haya florecido de esa manera. Sin importar que incluso el Imperio Romano, con toda su arrogancia, se derrumbó cuando empezó a creer que podía sostenerse solo con mandatos y arrogancia.
La verdad —la cruda y simple verdad económica— es que el comercio debe equilibrarse. No se puede consumir lo que no se produce, ni vender lo que nadie puede comprar. Al gravar las importaciones, se encarecen los bienes. Cuando los bienes se encarecen, los salarios no suben mágicamente para compensarlos. El trabajador no gana más de repente solo porque el acero cueste más. Simplemente se empobrece. Pero la cosa empeora. En el momento en que se imponen aranceles al mundo, el mundo te los devuelve. De repente, los agricultores estadounidenses se dan cuenta de que sus cultivos no tienen adónde ir. El productor de soja está sentado sobre hectáreas de cultivos que China ya no quiere. El fabricante de acero que creía tener una oportunidad se da cuenta demasiado tarde de que ahora sus mayores compradores buscan en otros lugares: Brasil, India, cualquier lugar menos aquí.
¿Y qué hace el gobierno? Rescates. Ese es el siguiente paso en esta pequeña tragedia. El mismo gobierno que creó el problema ahora interviene para "solucionarlo" con subsidios. Así que toman más dinero de los contribuyentes, lo destinan a las industrias que acaban de paralizar, y dicen que apoyan al trabajador estadounidense. Como si robarle a Pedro para pagarle a Pablo fuera una gran estrategia económica en lugar del absurdo ciclo de destrucción que siempre ha sido.
1/2
S. Tominaga también conocido como CSW
20 de marzo de 2025
https://x.com/CsTominaga/status/1902635061008330882?t=aF7E5S8cw-ITCFU6PBMZaw&s=19
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Ah, sí, los aranceles, el viejo juego de castigar a tu propia gente y llamarlo fuerza. La gran mentira dicha con cara seria por la clase de burócratas que nunca han producido nada en su vida, pero creen saber cómo funcionan los negocios. La mentira es simple: aumenta el costo de los bienes importados, y de repente las empresas estadounidenses se levantarán de sus tumbas como Lázaro, fuertes y poderosas, creando empleos, haciendo que Estados Unidos vuelva a ser grande. Excepto que la realidad no funciona así, nunca lo ha hecho, nunca lo hará. Pero eso es lo que pasa con los gobiernos: no tienen que vivir en la realidad. Solo tienen que vender la ilusión el tiempo suficiente para ganar otras elecciones.
Y así, el hombre que compra su café de la mañana por 1 dólar veintinueve ve que su precio sube poco a poco a 1 dólar cincuenta, luego a 1 dólar setenta y cinco, y no sabe por qué. Solo sabe que está trabajando en el mismo trabajo por el mismo salario, y de alguna manera, está recibiendo menos por ello. El tendero, el concesionario de autos, el dueño de la fábrica, todos lo sienten también, porque los aranceles son solo impuestos con un nombre más bonito. No a China. No a México. No a los grandes y malvados extranjeros que supuestamente merecen ser "castigados". No. El impuesto cae justo aquí. En la fábrica. En el pasillo del supermercado. En la factura de esa lavadora nueva que cuesta un veinte por ciento más hoy que el mes pasado.
Pero el gobierno le dice que no se preocupe. Es por el bien común. Sufre por Estados Unidos. Todo forma parte de la gran estrategia económica de fuerza nacional. Dicen que la fuerza proviene de aislarse, de cerrar las puertas y fabricar todo dentro de las propias fronteras, sin importar que ninguna economía en la historia haya florecido de esa manera. Sin importar que incluso el Imperio Romano, con toda su arrogancia, se derrumbó cuando empezó a creer que podía sostenerse solo con mandatos y arrogancia.
La verdad —la cruda y simple verdad económica— es que el comercio debe equilibrarse. No se puede consumir lo que no se produce, ni vender lo que nadie puede comprar. Al gravar las importaciones, se encarecen los bienes. Cuando los bienes se encarecen, los salarios no suben mágicamente para compensarlos. El trabajador no gana más de repente solo porque el acero cueste más. Simplemente se empobrece. Pero la cosa empeora. En el momento en que se imponen aranceles al mundo, el mundo te los devuelve. De repente, los agricultores estadounidenses se dan cuenta de que sus cultivos no tienen adónde ir. El productor de soja está sentado sobre hectáreas de cultivos que China ya no quiere. El fabricante de acero que creía tener una oportunidad se da cuenta demasiado tarde de que ahora sus mayores compradores buscan en otros lugares: Brasil, India, cualquier lugar menos aquí.
¿Y qué hace el gobierno? Rescates. Ese es el siguiente paso en esta pequeña tragedia. El mismo gobierno que creó el problema ahora interviene para "solucionarlo" con subsidios. Así que toman más dinero de los contribuyentes, lo destinan a las industrias que acaban de paralizar, y dicen que apoyan al trabajador estadounidense. Como si robarle a Pedro para pagarle a Pablo fuera una gran estrategia económica en lugar del absurdo ciclo de destrucción que siempre ha sido.
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20 de marzo de 2025
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Mientras tanto, la inflación avanza sigilosamente como una lenta fuga de gas, asfixiando a quienes se suponía debían estar protegidos. Las industrias a las que se les prometió salvación no innovan, no mejoran, no se fortalecen; simplemente se vuelven dependientes. Porque eso es lo que hacen los aranceles. No protegen; paralizan. Generan empresas que no necesitan competir, porque el gobierno las protege de la realidad. Construyen industrias que se sustentan en la fuerza en lugar del valor. Eso no es capitalismo. Eso es un cáncer económico.
¿Y lo peor? Todo fracasa. Siempre. El gobierno hablará de nacionalismo económico, de reconstruir la fuerza laboral, de traer empleos de vuelta a casa. Pero ¿qué sucede realmente? El consumidor se ve presionado. Los mercados se contraen. Los empleos no regresan. Las empresas que dependían del comercio global no empiezan de repente a contratar trabajadores estadounidenses por patriotismo; empiezan a recortar costos, despedir y externalizar de todos modos porque las órdenes gubernamentales no pueden detener las fuerzas del mercado.
¿Y qué se obtiene? Menos comercio, menos empleos, más impuestos y empresas más débiles. ¿Y para qué? ¿Para darle un tema de conversación a algún político? ¿Para permitir que un burócrata se suba a un podio y declare que "defiende al trabajador estadounidense" mientras este hace cola en un banco de alimentos?
Esta es la realidad de una guerra comercial. No es fuerza. No es estrategia. Es autodestrucción económica, perpetrada por hombres que no comprenden el principio más simple de la prosperidad humana: que la riqueza se crea mediante el libre intercambio, la competencia y la innovación; no mediante muros, ni dictados gubernamentales, ni aislamiento económico.
Y aquí está el chiste final, el último y cruel remate de toda esta comedia de errores: el mundo avanza. Las empresas que solían hacer negocios con Estados Unidos encuentran a alguien más. Los países que solían comprar productos estadounidenses dejan de esperar. Y cuando la guerra arancelaria termine, cuando el daño finalmente esté hecho y los políticos cambien de rumbo discretamente, esos mercados desaparecerán para siempre. El mundo no espera a los tontos. Al mundo no le importan tus delirios nacionalistas ni tus fantasías proteccionistas. El mundo avanza, y Estados Unidos —el gran, poderoso y autodestructivo Estados Unidos— se queda atrás, preguntándose cómo perdió una guerra que empezó contra sí mismo.
2/2
S. Tominaga, alias CSW
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¿Y lo peor? Todo fracasa. Siempre. El gobierno hablará de nacionalismo económico, de reconstruir la fuerza laboral, de traer empleos de vuelta a casa. Pero ¿qué sucede realmente? El consumidor se ve presionado. Los mercados se contraen. Los empleos no regresan. Las empresas que dependían del comercio global no empiezan de repente a contratar trabajadores estadounidenses por patriotismo; empiezan a recortar costos, despedir y externalizar de todos modos porque las órdenes gubernamentales no pueden detener las fuerzas del mercado.
¿Y qué se obtiene? Menos comercio, menos empleos, más impuestos y empresas más débiles. ¿Y para qué? ¿Para darle un tema de conversación a algún político? ¿Para permitir que un burócrata se suba a un podio y declare que "defiende al trabajador estadounidense" mientras este hace cola en un banco de alimentos?
Esta es la realidad de una guerra comercial. No es fuerza. No es estrategia. Es autodestrucción económica, perpetrada por hombres que no comprenden el principio más simple de la prosperidad humana: que la riqueza se crea mediante el libre intercambio, la competencia y la innovación; no mediante muros, ni dictados gubernamentales, ni aislamiento económico.
Y aquí está el chiste final, el último y cruel remate de toda esta comedia de errores: el mundo avanza. Las empresas que solían hacer negocios con Estados Unidos encuentran a alguien más. Los países que solían comprar productos estadounidenses dejan de esperar. Y cuando la guerra arancelaria termine, cuando el daño finalmente esté hecho y los políticos cambien de rumbo discretamente, esos mercados desaparecerán para siempre. El mundo no espera a los tontos. Al mundo no le importan tus delirios nacionalistas ni tus fantasías proteccionistas. El mundo avanza, y Estados Unidos —el gran, poderoso y autodestructivo Estados Unidos— se queda atrás, preguntándose cómo perdió una guerra que empezó contra sí mismo.
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S. Tominaga, alias CSW
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CSW S. Tominaga
The beauty of a trade war, if you can call it that, is that it’s waged by men who have never had to balance a checkbook but believe they can balance a nation’s economy with the stroke of a pen. They sit in their offices, fat and bloated with the power of…
The whiskey burns down like the last days of a cheap republic, a place where men once believed in themselves before they believed in the state.
And here we are again, staring down another round of tariffs, another dull-witted attempt to make a thing more valuable by making it cost more.
They say it is protectionism, like a dog chained to a fence, barking at the wind.
But what it really is... what it always is ... is a tax.
Like all taxes, it’s a slow rot that starts at the edges before it reaches the core.
The man in the corner, slumped over his beer, doesn’t care about steel quotas or retaliatory levies. He only knows that the price of his morning coffee is up ten cents, and the bread at the supermarket looks smaller, but the price tag looks bigger. He doesn’t understand why, and he doesn’t have time to. His job hasn’t given him a raise in three years, and he’s working harder just to afford less. That’s what tariffs do. They carve out invisible scars, dollar by dollar, until the man who used to be able to afford a new pair of boots every winter finds himself patching up the old ones with tape and prayer.
You can dress it up in a flag. You can call it America First, or Strengthening the Nation. But the simple truth is that tariffs are a tax on your own people. A tax on every worker who needs to buy a car, every mother trying to put food on the table, every kid whose shoes wear thin before the school year is up. The businessman with the warehouse full of goods sees his costs rise. He can pass them down, but there’s only so far they can go before the workers and the buyers stop showing up.
Governments like tariffs because they’re invisible. No need to pass an unpopular bill, no need for a committee hearing, no need to explain it to the people you’re robbing. Just slap a fee on imports, and let them figure it out when their wallets feel lighter. And then you wait. You wait for the retaliation. Because it always comes. Countries don’t take tariffs lying down. They hit back. Farmers who thought they had a steady export market find their crops rotting in silos. Manufacturers who sell abroad start getting squeezed.
And the worst part? The very industry you claim to protect ends up weaker. You give it a crutch, a subsidy disguised as a tariff, and it forgets how to compete. It gets lazy. Bloated. Soft. You might think you're saving jobs, but you’re just delaying the funeral. The market moves faster than any government decree, and in the long run, the market always wins.
Protectionism is a lie told by men who don’t understand that value isn’t dictated by borders, by politics, or by the size of a tariff sheet. It’s dictated by reality, by the cold, unrelenting logic of supply and demand. You can’t cheat it. You can’t dictate it into existence with a stroke of a pen. You either produce something worth buying at a price people are willing to pay, or you don’t. Everything else is just noise.
So, when the man in the corner goes home, when he sits in the dark staring at a stack of unpaid bills, he won’t know what hit him. He won’t see the tariff itself. He’ll just see the aftermath—the dwindling grocery list, the extra shift he has to pick up, the little things that start slipping away. That’s what tariffs do. They steal from the invisible hand and give to the fumbling fist of bureaucracy.
And when the dust settles... all that’s left is a nation that’s a little poorer, a little weaker, and a lot more lost than before.
1/2
S. Tominaga AKA CSW
Mar 20, 2025
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And here we are again, staring down another round of tariffs, another dull-witted attempt to make a thing more valuable by making it cost more.
They say it is protectionism, like a dog chained to a fence, barking at the wind.
But what it really is... what it always is ... is a tax.
Like all taxes, it’s a slow rot that starts at the edges before it reaches the core.
The man in the corner, slumped over his beer, doesn’t care about steel quotas or retaliatory levies. He only knows that the price of his morning coffee is up ten cents, and the bread at the supermarket looks smaller, but the price tag looks bigger. He doesn’t understand why, and he doesn’t have time to. His job hasn’t given him a raise in three years, and he’s working harder just to afford less. That’s what tariffs do. They carve out invisible scars, dollar by dollar, until the man who used to be able to afford a new pair of boots every winter finds himself patching up the old ones with tape and prayer.
You can dress it up in a flag. You can call it America First, or Strengthening the Nation. But the simple truth is that tariffs are a tax on your own people. A tax on every worker who needs to buy a car, every mother trying to put food on the table, every kid whose shoes wear thin before the school year is up. The businessman with the warehouse full of goods sees his costs rise. He can pass them down, but there’s only so far they can go before the workers and the buyers stop showing up.
Governments like tariffs because they’re invisible. No need to pass an unpopular bill, no need for a committee hearing, no need to explain it to the people you’re robbing. Just slap a fee on imports, and let them figure it out when their wallets feel lighter. And then you wait. You wait for the retaliation. Because it always comes. Countries don’t take tariffs lying down. They hit back. Farmers who thought they had a steady export market find their crops rotting in silos. Manufacturers who sell abroad start getting squeezed.
And the worst part? The very industry you claim to protect ends up weaker. You give it a crutch, a subsidy disguised as a tariff, and it forgets how to compete. It gets lazy. Bloated. Soft. You might think you're saving jobs, but you’re just delaying the funeral. The market moves faster than any government decree, and in the long run, the market always wins.
Protectionism is a lie told by men who don’t understand that value isn’t dictated by borders, by politics, or by the size of a tariff sheet. It’s dictated by reality, by the cold, unrelenting logic of supply and demand. You can’t cheat it. You can’t dictate it into existence with a stroke of a pen. You either produce something worth buying at a price people are willing to pay, or you don’t. Everything else is just noise.
So, when the man in the corner goes home, when he sits in the dark staring at a stack of unpaid bills, he won’t know what hit him. He won’t see the tariff itself. He’ll just see the aftermath—the dwindling grocery list, the extra shift he has to pick up, the little things that start slipping away. That’s what tariffs do. They steal from the invisible hand and give to the fumbling fist of bureaucracy.
And when the dust settles... all that’s left is a nation that’s a little poorer, a little weaker, and a lot more lost than before.
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S. Tominaga AKA CSW
Mar 20, 2025
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Tariffs are a slow poison. They don’t kill the economy outright—they rot it from the inside, weakening the bones before the collapse. The local economy implementing tariffs feels an immediate rush, a fake high, the kind that fools politicians and protectionists into thinking they’ve won something. It looks like a victory at first. Jobs in the "protected" industry might see a temporary uptick. Factories that should have closed years ago might sputter back to life. But this is a trick of light, a distortion of reality through government intervention. It is a price paid by every other industry and every consumer in the country.
When you make foreign goods more expensive, you force local businesses and consumers to pay more. A manufacturer who relies on imported materials now has to spend more to make the same product. He has two choices: raise prices or cut costs somewhere else. Maybe he lets workers go. Maybe he moves production elsewhere anyway, rendering the tariff meaningless. Or maybe he just goes under, swallowed by the competition in countries that aren't busy kneecapping themselves with economic nationalism.
The price inflation spreads like a plague. A tariff on steel doesn’t just hit the steel industry—it ripples outward, affecting cars, appliances, construction. A tariff on food imports means the grocery bill goes up, tightening the belts of every working family. And once the cost of living rises, wages have to rise too—or at least, they should. But the economy doesn't work that way. Wages lag behind. Always.
The local economy implementing tariffs begins to see distortions. Capital moves, but not in the way a free economy allows. It moves where government edicts force it to go. This means investments aren't based on market efficiency but on avoiding penalties and seeking artificial advantages. This is how inefficiency breeds. Companies learn to lobby instead of innovate. They play the political game instead of the economic one. And once government subsidies and protections become the lifeblood of an industry, that industry becomes dependent, weak, uncompetitive.
Trade must balance. That is the rule, whether politicians like it or not. You can’t consume more than you produce forever. If a country restricts imports, it also restricts its own exports—because trade is a two-way street. A nation that stops buying from others will find that others stop buying from it. The farmer who depends on selling soybeans overseas suddenly finds his market drying up because foreign buyers retaliate. The tech company that thrives on international supply chains finds itself unable to source parts.
It is an iron law. No economy exists in isolation. A local economy implementing tariffs might think it is shielding itself, but all it is doing is walling itself off from growth. There is no strength in economic isolation—only stagnation. Trade is not war; it is voluntary exchange, mutually beneficial, a process that rewards efficiency and punishes inefficiency. When that process is interrupted by tariffs, it doesn’t protect—it distorts. And distortions in an economy always correct themselves, painfully and inevitably.
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S. Tominaga AKA CSW
Mar 20, 2025
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When you make foreign goods more expensive, you force local businesses and consumers to pay more. A manufacturer who relies on imported materials now has to spend more to make the same product. He has two choices: raise prices or cut costs somewhere else. Maybe he lets workers go. Maybe he moves production elsewhere anyway, rendering the tariff meaningless. Or maybe he just goes under, swallowed by the competition in countries that aren't busy kneecapping themselves with economic nationalism.
The price inflation spreads like a plague. A tariff on steel doesn’t just hit the steel industry—it ripples outward, affecting cars, appliances, construction. A tariff on food imports means the grocery bill goes up, tightening the belts of every working family. And once the cost of living rises, wages have to rise too—or at least, they should. But the economy doesn't work that way. Wages lag behind. Always.
The local economy implementing tariffs begins to see distortions. Capital moves, but not in the way a free economy allows. It moves where government edicts force it to go. This means investments aren't based on market efficiency but on avoiding penalties and seeking artificial advantages. This is how inefficiency breeds. Companies learn to lobby instead of innovate. They play the political game instead of the economic one. And once government subsidies and protections become the lifeblood of an industry, that industry becomes dependent, weak, uncompetitive.
Trade must balance. That is the rule, whether politicians like it or not. You can’t consume more than you produce forever. If a country restricts imports, it also restricts its own exports—because trade is a two-way street. A nation that stops buying from others will find that others stop buying from it. The farmer who depends on selling soybeans overseas suddenly finds his market drying up because foreign buyers retaliate. The tech company that thrives on international supply chains finds itself unable to source parts.
It is an iron law. No economy exists in isolation. A local economy implementing tariffs might think it is shielding itself, but all it is doing is walling itself off from growth. There is no strength in economic isolation—only stagnation. Trade is not war; it is voluntary exchange, mutually beneficial, a process that rewards efficiency and punishes inefficiency. When that process is interrupted by tariffs, it doesn’t protect—it distorts. And distortions in an economy always correct themselves, painfully and inevitably.
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S. Tominaga AKA CSW
Mar 20, 2025
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El whisky arde como los últimos días de una república barata, un lugar donde los hombres creían en sí mismos antes que en el Estado.
Y aquí estamos de nuevo, ante otra ronda de aranceles, otro intento torpe de hacer algo más valioso haciéndolo más caro.
Dicen que es proteccionismo, como un perro encadenado a una valla, ladrando al viento.
Pero lo que realmente es... lo que siempre es... es un impuesto.
Como todos los impuestos, es una putrefacción lenta que empieza por las afueras antes de llegar al corazón.
Al hombre de la esquina, encorvado sobre su cerveza, no le importan las cuotas del acero ni los gravámenes retaliativos. Solo sabe que el precio de su café de la mañana ha subido diez centavos, y que el pan del supermercado parece más pequeño, pero la etiqueta parece más cara. No entiende por qué, y no tiene tiempo para entenderlo. Su trabajo no le ha dado un aumento en tres años, y está trabajando más duro solo para poder comprar menos. Eso es lo que hacen los aranceles. Dejan cicatrices invisibles, dólar a dólar, hasta que el hombre que antes podía permitirse un par de botas nuevas cada invierno se encuentra remendando las viejas con cinta adhesiva y oraciones.
Puedes disfrazarlo con una bandera. Puedes llamarlo "Estados Unidos Primero" o "Fortaleciendo la Nación". Pero la simple verdad es que los aranceles son un impuesto a tu propia gente. Un impuesto a cada trabajador que necesita comprar un coche, a cada madre que intenta llevar comida a la mesa, a cada niño cuyos zapatos se desgastan antes de que acabe el curso escolar. El empresario con el almacén lleno de mercancías ve subir sus costes. Puede trasladarlos a la baja, pero solo pueden llegar hasta cierto punto antes de que los trabajadores y los compradores dejen de acudir.
A los gobiernos les gustan los aranceles porque son invisibles. No hay necesidad de aprobar un proyecto de ley impopular, ni de una audiencia en comisión, ni de explicárselo a la gente a la que estás robando. Simplemente aplica un impuesto a las importaciones y deja que lo resuelvan cuando tengan la cartera más ligera. Y luego espera. Esperas la represalia. Porque siempre llega. Los países no se quedan de brazos cruzados ante los aranceles. Contraatacan. Los agricultores que creían tener un mercado de exportación estable ven cómo sus cosechas se pudren en silos. Los fabricantes que venden en el extranjero empiezan a verse presionados.
¿Y lo peor? La misma industria que dices proteger termina siendo más débil. Le das una muleta, un subsidio disfrazado de arancel, y se olvida de cómo competir. Se vuelve perezosa. Inflada. Reblandecida. Podrías pensar que estás salvando empleos, pero solo estás retrasando el funeral. El mercado se mueve más rápido que cualquier decreto gubernamental y, a la larga, el mercado siempre gana.
El proteccionismo es una mentira contada por hombres que no entienden que el valor no lo dictan las fronteras, la política ni el tamaño de una hoja arancelaria. Lo dicta la realidad, la lógica fría e implacable de la oferta y la demanda. No se puede engañar. No se puede imponer de un plumazo. O se produce algo que valga la pena comprar a un precio que la gente esté dispuesta a pagar, o no se produce. Todo lo demás es solo ruido.
Así que, cuando el hombre de la esquina se vaya a casa, cuando se siente en la oscuridad mirando un fajo de facturas sin pagar, no sabrá qué le pasó. No verá el arancel en sí. Solo verá las consecuencias: la lista de la compra cada vez más corta, el turno extra que tiene que recoger, las pequeñas cosas que empiezan a escabullirse. Eso es lo que hacen los aranceles. Roban de la mano invisible y se lo dan al puño torpe de la burocracia.
Y cuando se asiente el polvo... solo queda una nación un poco más pobre, un poco más débil y mucho más perdida que antes.
1/2
S. Tominaga también conocido como CSW
20 de marzo de 2025
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Y aquí estamos de nuevo, ante otra ronda de aranceles, otro intento torpe de hacer algo más valioso haciéndolo más caro.
Dicen que es proteccionismo, como un perro encadenado a una valla, ladrando al viento.
Pero lo que realmente es... lo que siempre es... es un impuesto.
Como todos los impuestos, es una putrefacción lenta que empieza por las afueras antes de llegar al corazón.
Al hombre de la esquina, encorvado sobre su cerveza, no le importan las cuotas del acero ni los gravámenes retaliativos. Solo sabe que el precio de su café de la mañana ha subido diez centavos, y que el pan del supermercado parece más pequeño, pero la etiqueta parece más cara. No entiende por qué, y no tiene tiempo para entenderlo. Su trabajo no le ha dado un aumento en tres años, y está trabajando más duro solo para poder comprar menos. Eso es lo que hacen los aranceles. Dejan cicatrices invisibles, dólar a dólar, hasta que el hombre que antes podía permitirse un par de botas nuevas cada invierno se encuentra remendando las viejas con cinta adhesiva y oraciones.
Puedes disfrazarlo con una bandera. Puedes llamarlo "Estados Unidos Primero" o "Fortaleciendo la Nación". Pero la simple verdad es que los aranceles son un impuesto a tu propia gente. Un impuesto a cada trabajador que necesita comprar un coche, a cada madre que intenta llevar comida a la mesa, a cada niño cuyos zapatos se desgastan antes de que acabe el curso escolar. El empresario con el almacén lleno de mercancías ve subir sus costes. Puede trasladarlos a la baja, pero solo pueden llegar hasta cierto punto antes de que los trabajadores y los compradores dejen de acudir.
A los gobiernos les gustan los aranceles porque son invisibles. No hay necesidad de aprobar un proyecto de ley impopular, ni de una audiencia en comisión, ni de explicárselo a la gente a la que estás robando. Simplemente aplica un impuesto a las importaciones y deja que lo resuelvan cuando tengan la cartera más ligera. Y luego espera. Esperas la represalia. Porque siempre llega. Los países no se quedan de brazos cruzados ante los aranceles. Contraatacan. Los agricultores que creían tener un mercado de exportación estable ven cómo sus cosechas se pudren en silos. Los fabricantes que venden en el extranjero empiezan a verse presionados.
¿Y lo peor? La misma industria que dices proteger termina siendo más débil. Le das una muleta, un subsidio disfrazado de arancel, y se olvida de cómo competir. Se vuelve perezosa. Inflada. Reblandecida. Podrías pensar que estás salvando empleos, pero solo estás retrasando el funeral. El mercado se mueve más rápido que cualquier decreto gubernamental y, a la larga, el mercado siempre gana.
El proteccionismo es una mentira contada por hombres que no entienden que el valor no lo dictan las fronteras, la política ni el tamaño de una hoja arancelaria. Lo dicta la realidad, la lógica fría e implacable de la oferta y la demanda. No se puede engañar. No se puede imponer de un plumazo. O se produce algo que valga la pena comprar a un precio que la gente esté dispuesta a pagar, o no se produce. Todo lo demás es solo ruido.
Así que, cuando el hombre de la esquina se vaya a casa, cuando se siente en la oscuridad mirando un fajo de facturas sin pagar, no sabrá qué le pasó. No verá el arancel en sí. Solo verá las consecuencias: la lista de la compra cada vez más corta, el turno extra que tiene que recoger, las pequeñas cosas que empiezan a escabullirse. Eso es lo que hacen los aranceles. Roban de la mano invisible y se lo dan al puño torpe de la burocracia.
Y cuando se asiente el polvo... solo queda una nación un poco más pobre, un poco más débil y mucho más perdida que antes.
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S. Tominaga también conocido como CSW
20 de marzo de 2025
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The whiskey burns down like the last days of a cheap republic, a place where men once believed in themselves before they believed in the state.
And here we are again, staring down another round of tariffs, another dull-witted attempt to make a thing more…
And here we are again, staring down another round of tariffs, another dull-witted attempt to make a thing more…
Los aranceles son un veneno lento. No matan la economía de golpe, sino que la pudren desde dentro, debilitando sus cimientos antes del colapso. La economía local que implementa los aranceles siente una euforia inmediata, una falsa euforia, de esas que engañan a políticos y proteccionistas haciéndoles creer que han ganado algo. Al principio, parece una victoria. Los empleos en la industria "protegida" podrían experimentar un repunte temporal. Las fábricas que deberían haber cerrado hace años podrían volver a la actividad. Pero esto es un truco de luz, una distorsión de la realidad mediante la intervención gubernamental. Es un precio que pagan todas las demás industrias y todos los consumidores del país.
Al encarecer los productos extranjeros, se obliga a las empresas y consumidores locales a pagar más. Un fabricante que depende de materiales importados ahora tiene que gastar más para fabricar el mismo producto. Tiene dos opciones: subir los precios o reducir los costos en otro lugar. Quizás despide a trabajadores. Quizás traslada la producción a otro lugar de todos modos, haciendo que el arancel carezca de sentido. O quizás simplemente se hunda, absorbido por la competencia de países que no están ocupados en autodestruirse con el nacionalismo económico. La inflación de precios se propaga como una plaga. Un arancel al acero no solo afecta a la industria siderúrgica, sino que tiene un efecto dominó, afectando a automóviles, electrodomésticos y la construcción. Un arancel a las importaciones de alimentos implica un aumento en la factura de la compra, apretando el cinturón a todas las familias trabajadoras. Y una vez que el costo de la vida sube, los salarios también deben subir, o al menos deberían. Pero la economía no funciona así. Los salarios se quedan atrás. Siempre.
La economía local que implementa aranceles comienza a experimentar distorsiones. El capital se mueve, pero no como lo permite una economía libre. Se mueve adonde lo obligan los edictos gubernamentales. Esto significa que las inversiones no se basan en la eficiencia del mercado, sino en evitar sanciones y buscar ventajas artificiales. Así es como se reproduce la ineficiencia. Las empresas aprenden a presionar en lugar de innovar. Juegan al juego político en lugar del económico. Y una vez que los subsidios y las protecciones gubernamentales se convierten en el sustento de una industria, esta se vuelve dependiente, débil y poco competitiva.
El comercio debe equilibrarse. Esa es la regla, les guste o no a los políticos. No se puede consumir más de lo que se produce indefinidamente. Si un país restringe las importaciones, también restringe sus propias exportaciones, porque el comercio es una vía de doble sentido. Un país que deja de comprar a otros se encontrará con que otros dejan de comprarle. El agricultor que depende de la venta de soja en el extranjero de repente ve cómo su mercado se agota porque los compradores extranjeros toman represalias. La empresa tecnológica que prospera gracias a las cadenas de suministro internacionales se ve incapaz de obtener componentes.
Es una ley de hierro. Ninguna economía existe aislada. Una economía local que implementa aranceles podría pensar que se está protegiendo, pero lo único que hace es aislarse del crecimiento. No hay fuerza en el aislamiento económico, solo estancamiento. El comercio no es una guerra; es un intercambio voluntario, mutuamente beneficioso, un proceso que premia la eficiencia y castiga la ineficiencia. Cuando ese proceso se interrumpe por aranceles, no protege, sino que distorsiona. Y las distorsiones en una economía siempre se corrigen solas, de forma dolorosa e inevitable.
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Al encarecer los productos extranjeros, se obliga a las empresas y consumidores locales a pagar más. Un fabricante que depende de materiales importados ahora tiene que gastar más para fabricar el mismo producto. Tiene dos opciones: subir los precios o reducir los costos en otro lugar. Quizás despide a trabajadores. Quizás traslada la producción a otro lugar de todos modos, haciendo que el arancel carezca de sentido. O quizás simplemente se hunda, absorbido por la competencia de países que no están ocupados en autodestruirse con el nacionalismo económico. La inflación de precios se propaga como una plaga. Un arancel al acero no solo afecta a la industria siderúrgica, sino que tiene un efecto dominó, afectando a automóviles, electrodomésticos y la construcción. Un arancel a las importaciones de alimentos implica un aumento en la factura de la compra, apretando el cinturón a todas las familias trabajadoras. Y una vez que el costo de la vida sube, los salarios también deben subir, o al menos deberían. Pero la economía no funciona así. Los salarios se quedan atrás. Siempre.
La economía local que implementa aranceles comienza a experimentar distorsiones. El capital se mueve, pero no como lo permite una economía libre. Se mueve adonde lo obligan los edictos gubernamentales. Esto significa que las inversiones no se basan en la eficiencia del mercado, sino en evitar sanciones y buscar ventajas artificiales. Así es como se reproduce la ineficiencia. Las empresas aprenden a presionar en lugar de innovar. Juegan al juego político en lugar del económico. Y una vez que los subsidios y las protecciones gubernamentales se convierten en el sustento de una industria, esta se vuelve dependiente, débil y poco competitiva.
El comercio debe equilibrarse. Esa es la regla, les guste o no a los políticos. No se puede consumir más de lo que se produce indefinidamente. Si un país restringe las importaciones, también restringe sus propias exportaciones, porque el comercio es una vía de doble sentido. Un país que deja de comprar a otros se encontrará con que otros dejan de comprarle. El agricultor que depende de la venta de soja en el extranjero de repente ve cómo su mercado se agota porque los compradores extranjeros toman represalias. La empresa tecnológica que prospera gracias a las cadenas de suministro internacionales se ve incapaz de obtener componentes.
Es una ley de hierro. Ninguna economía existe aislada. Una economía local que implementa aranceles podría pensar que se está protegiendo, pero lo único que hace es aislarse del crecimiento. No hay fuerza en el aislamiento económico, solo estancamiento. El comercio no es una guerra; es un intercambio voluntario, mutuamente beneficioso, un proceso que premia la eficiencia y castiga la ineficiencia. Cuando ese proceso se interrumpe por aranceles, no protege, sino que distorsiona. Y las distorsiones en una economía siempre se corrigen solas, de forma dolorosa e inevitable.
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S. Tominaga AKA CSW
Mar 20, 2025
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