Al viejo tras el mostrador le importaba un bledo. Cobró la cerveza, los cigarrillos, los pretzels rancios, marcó el total en la caja registradora con dedos que hacía tiempo que habían dejado de importarle. Los precios habían vuelto a subir. Siempre lo hacían. Lo había visto antes, cientos de veces, miles, desde que un desgraciado trajeado se dio cuenta de que la mejor manera de "ayudar" a la economía era estrangular la cartera del pobre y llamarlo una victoria.
Esta vez eran aranceles. Aranceles enormes, absurdos y estridentes. Una guerra librada con impuestos, de esos que no golpean al enemigo, sino que recaen directamente sobre las espaldas de quienes nunca los pidieron. Pero intenta explicárselo a un político. Intenta explicarle que cuando se impone un impuesto a los bienes importados, los únicos que lo pagan son los que están en la parte inferior. El hombre reponiendo los estantes del supermercado, la mujer intentando pagar un tanque de gasolina, el veterano con un tanque de oxígeno que solo quiere tomarse su maldito café sin darse cuenta de que ha subido veinte centavos otra vez.
Trump se pavoneaba, todo fanfarronería y presunción, hablando de desequilibrios comerciales como un borracho en el bar explicando por qué el camarero le debe un trago gratis. Estados Unidos estaba perdiendo, dijo. Nos estaban jodiendo, dijo. ¿Y su brillante solución? Que todo cueste más. Genial. Maldito genio.
Acero. Aluminio. Electrónica. Comida. Un puñetazo en el estómago para cualquiera que alguna vez necesitara comprar algo, que, la última vez que lo revisé, era todo el mundo. Y aunque los precios subieron, los salarios no. Nunca lo hacen. El trabajador no recibe un aumento solo porque sus alimentos cuesten más. Simplemente se empobrece. Pero tranquilo, le dijeron. Esto es bueno para Estados Unidos. Las fábricas volverán. Los empleos volverán. Cualquier día de estos. Solo aguanten. Mientras tanto, en el extranjero, el resto del mundo no se quedaba de brazos cruzados esperando ser intimidado. No, tenían sus propias ideas. China reimpuso los aranceles. Los agricultores que solían vender sus cosechas en el extranjero las vieron pudrirse en silos. Los fabricantes perdieron contratos. Las exportaciones se redujeron. Todo se desplomó, un suicidio económico a cámara lenta con una bandera ondeando sobre él.
Y cuando todo empezó a doler demasiado, cuando las empresas se quejaron y las cifras no pintaban tan bien, ¿qué hizo el gobierno? Subvencionó a las mismas industrias que acababan de hundir. Así es como siempre funciona. Primero, te rompen las piernas. Luego, te ofrecen una muleta y te dicen lo generosos que son. Pero una muleta no es la cura. Es solo un lento y doloroso cojeo hacia un colapso inevitable.
¿El verdadero chiste? La "gran victoria" nunca llegó. No hubo una oleada de nuevas fábricas, ni una época dorada de la industria estadounidense resurgiendo de las cenizas. Solo discursos vacíos y cuentas bancarias vacías. Porque la única verdad que ningún político quiere admitir es esta: no se puede engañar al mercado. No se puede crear riqueza mediante leyes. El comercio no es una guerra. Es una negociación, un intercambio, un delicado equilibrio que tarda años en construirse y segundos en destruirse.
¿Y Trump? Nunca construyó nada. Simplemente lo destruyó todo. Lo llamó victoria. Que todos los demás se ahoguen con el humo.
S. Tominaga, alias CSW
20 de marzo de 2025
https://x.com/CsTominaga/status/1902635061008330882?t=dv8_uDMOZpeSqtVg_02gxg&s=19
https://t.me/S_Tominaga/2707
Esta vez eran aranceles. Aranceles enormes, absurdos y estridentes. Una guerra librada con impuestos, de esos que no golpean al enemigo, sino que recaen directamente sobre las espaldas de quienes nunca los pidieron. Pero intenta explicárselo a un político. Intenta explicarle que cuando se impone un impuesto a los bienes importados, los únicos que lo pagan son los que están en la parte inferior. El hombre reponiendo los estantes del supermercado, la mujer intentando pagar un tanque de gasolina, el veterano con un tanque de oxígeno que solo quiere tomarse su maldito café sin darse cuenta de que ha subido veinte centavos otra vez.
Trump se pavoneaba, todo fanfarronería y presunción, hablando de desequilibrios comerciales como un borracho en el bar explicando por qué el camarero le debe un trago gratis. Estados Unidos estaba perdiendo, dijo. Nos estaban jodiendo, dijo. ¿Y su brillante solución? Que todo cueste más. Genial. Maldito genio.
Acero. Aluminio. Electrónica. Comida. Un puñetazo en el estómago para cualquiera que alguna vez necesitara comprar algo, que, la última vez que lo revisé, era todo el mundo. Y aunque los precios subieron, los salarios no. Nunca lo hacen. El trabajador no recibe un aumento solo porque sus alimentos cuesten más. Simplemente se empobrece. Pero tranquilo, le dijeron. Esto es bueno para Estados Unidos. Las fábricas volverán. Los empleos volverán. Cualquier día de estos. Solo aguanten. Mientras tanto, en el extranjero, el resto del mundo no se quedaba de brazos cruzados esperando ser intimidado. No, tenían sus propias ideas. China reimpuso los aranceles. Los agricultores que solían vender sus cosechas en el extranjero las vieron pudrirse en silos. Los fabricantes perdieron contratos. Las exportaciones se redujeron. Todo se desplomó, un suicidio económico a cámara lenta con una bandera ondeando sobre él.
Y cuando todo empezó a doler demasiado, cuando las empresas se quejaron y las cifras no pintaban tan bien, ¿qué hizo el gobierno? Subvencionó a las mismas industrias que acababan de hundir. Así es como siempre funciona. Primero, te rompen las piernas. Luego, te ofrecen una muleta y te dicen lo generosos que son. Pero una muleta no es la cura. Es solo un lento y doloroso cojeo hacia un colapso inevitable.
¿El verdadero chiste? La "gran victoria" nunca llegó. No hubo una oleada de nuevas fábricas, ni una época dorada de la industria estadounidense resurgiendo de las cenizas. Solo discursos vacíos y cuentas bancarias vacías. Porque la única verdad que ningún político quiere admitir es esta: no se puede engañar al mercado. No se puede crear riqueza mediante leyes. El comercio no es una guerra. Es una negociación, un intercambio, un delicado equilibrio que tarda años en construirse y segundos en destruirse.
¿Y Trump? Nunca construyó nada. Simplemente lo destruyó todo. Lo llamó victoria. Que todos los demás se ahoguen con el humo.
S. Tominaga, alias CSW
20 de marzo de 2025
https://x.com/CsTominaga/status/1902635061008330882?t=dv8_uDMOZpeSqtVg_02gxg&s=19
https://t.me/S_Tominaga/2707
Telegram
CSW S. Tominaga
S. Tominaga AKA CSW
Mar 20, 2025
https://x.com/CsTominaga/status/1902636284319035557?t=sGmb4osOX_DuyFaYQRDWoA&s=19
https://t.me/S_Tominaga/2707
Mar 20, 2025
https://x.com/CsTominaga/status/1902636284319035557?t=sGmb4osOX_DuyFaYQRDWoA&s=19
https://t.me/S_Tominaga/2707
The beauty of a trade war, if you can call it that, is that it’s waged by men who have never had to balance a checkbook but believe they can balance a nation’s economy with the stroke of a pen. They sit in their offices, fat and bloated with the power of regulation, puffed up on their own delusions of control, signing orders like old drunks writing bad checks, convinced that reality bends to their whims. And this time, the grand idea—the masterstroke of economic brilliance—is to slap tariffs on everything that moves and call it victory.
Ah yes, tariffs, the old game of punishing your own people and calling it strength. The grand lie told with a straight face by the kind of bureaucrats who have never produced a damn thing in their lives but think they know how business works. The lie is simple: raise the cost of imported goods, and suddenly American companies will rise from their graves like Lazarus, strong and mighty, creating jobs, making America great again. Except reality doesn’t work that way, never has, never will. But that’s the thing about governments—they don’t have to live in reality. They only have to sell the illusion long enough to win another election.
And so, the man who buys his morning coffee for a buck twenty-nine finds it creeping up to a buck fifty, then a buck seventy-five, and he doesn’t know why. He just knows he’s working the same job for the same wage, and somehow, he’s getting less for it. The grocer, the car dealer, the factory owner—they all feel it too, because tariffs are just taxes with a prettier name. Not on China. Not on Mexico. Not on the big bad foreigners who supposedly deserve to be “punished.” No. The tax lands right here. On the factory floor. On the grocery aisle. On the bill for that new washing machine that costs twenty percent more today than it did last month.
But the government tells him not to worry. It’s for the greater good. He’s suffering for America. It’s all part of the grand economic strategy of national strength. Strength, they say, comes from cutting yourself off, from shutting the doors and making everything within your own borders, never mind that no economy in history has ever flourished that way. Never mind that even the Roman Empire, in all its arrogance, collapsed when it started believing it could sustain itself on mandates and arrogance alone.
The truth—the ugly, simple, economic truth—is that trade must balance. You cannot consume what you do not produce, and you cannot sell what no one can afford to buy. When you tax imports, you make goods more expensive. When goods get more expensive, wages don’t magically rise to meet them. The worker doesn’t suddenly have more in his paycheck just because steel costs more. He just gets poorer. But it gets worse. The moment you slap tariffs on the world, the world slaps them right back at you. Suddenly, American farmers find their crops have nowhere to go. The soybean man is sitting on acres of crops that China no longer wants. The steel manufacturer who thought he was getting a break realizes too late that now his biggest buyers are looking elsewhere—Brazil, India, anywhere but here.
And what does the government do? Bailouts. That’s the next step in this little tragedy. The same government that created the problem now steps in to “fix” it with subsidies. So they take more money from the taxpayers, throw it at the industries they just crippled, and call it supporting the American worker. As if robbing Peter to pay Paul is some kind of grand economic strategy instead of the idiotic cycle of destruction it always has been.
1/2
S. Tominaga AKA CSW
Mar 20, 2025
https://x.com/CsTominaga/status/1902635061008330882?t=aF7E5S8cw-ITCFU6PBMZaw&s=19
https://t.me/S_Tominaga/2710
Ah yes, tariffs, the old game of punishing your own people and calling it strength. The grand lie told with a straight face by the kind of bureaucrats who have never produced a damn thing in their lives but think they know how business works. The lie is simple: raise the cost of imported goods, and suddenly American companies will rise from their graves like Lazarus, strong and mighty, creating jobs, making America great again. Except reality doesn’t work that way, never has, never will. But that’s the thing about governments—they don’t have to live in reality. They only have to sell the illusion long enough to win another election.
And so, the man who buys his morning coffee for a buck twenty-nine finds it creeping up to a buck fifty, then a buck seventy-five, and he doesn’t know why. He just knows he’s working the same job for the same wage, and somehow, he’s getting less for it. The grocer, the car dealer, the factory owner—they all feel it too, because tariffs are just taxes with a prettier name. Not on China. Not on Mexico. Not on the big bad foreigners who supposedly deserve to be “punished.” No. The tax lands right here. On the factory floor. On the grocery aisle. On the bill for that new washing machine that costs twenty percent more today than it did last month.
But the government tells him not to worry. It’s for the greater good. He’s suffering for America. It’s all part of the grand economic strategy of national strength. Strength, they say, comes from cutting yourself off, from shutting the doors and making everything within your own borders, never mind that no economy in history has ever flourished that way. Never mind that even the Roman Empire, in all its arrogance, collapsed when it started believing it could sustain itself on mandates and arrogance alone.
The truth—the ugly, simple, economic truth—is that trade must balance. You cannot consume what you do not produce, and you cannot sell what no one can afford to buy. When you tax imports, you make goods more expensive. When goods get more expensive, wages don’t magically rise to meet them. The worker doesn’t suddenly have more in his paycheck just because steel costs more. He just gets poorer. But it gets worse. The moment you slap tariffs on the world, the world slaps them right back at you. Suddenly, American farmers find their crops have nowhere to go. The soybean man is sitting on acres of crops that China no longer wants. The steel manufacturer who thought he was getting a break realizes too late that now his biggest buyers are looking elsewhere—Brazil, India, anywhere but here.
And what does the government do? Bailouts. That’s the next step in this little tragedy. The same government that created the problem now steps in to “fix” it with subsidies. So they take more money from the taxpayers, throw it at the industries they just crippled, and call it supporting the American worker. As if robbing Peter to pay Paul is some kind of grand economic strategy instead of the idiotic cycle of destruction it always has been.
1/2
S. Tominaga AKA CSW
Mar 20, 2025
https://x.com/CsTominaga/status/1902635061008330882?t=aF7E5S8cw-ITCFU6PBMZaw&s=19
https://t.me/S_Tominaga/2710
Meanwhile, inflation creeps in like a slow gas leak, choking the life out of the people who were supposed to be protected. The industries that were promised salvation don’t innovate, don’t improve, don’t get stronger—they just get dependent. Because that’s what tariffs do. They don’t protect; they cripple. They breed businesses that don’t need to compete, because they have the government shielding them from reality. They build industries that are propped up by force instead of value. That’s not capitalism. That’s economic cancer.
And the worst part? The whole thing fails. Every single time. The government will talk about economic nationalism, about rebuilding the workforce, about bringing jobs back home. But what actually happens? The consumer gets squeezed. The markets shrink. The jobs don’t come back. The companies that relied on global trade don’t suddenly start hiring American workers out of patriotism—they start cutting costs, laying off, outsourcing anyway because government mandates can’t stop market forces.
So what do you get? You get less trade, fewer jobs, more taxes, and weaker businesses. And for what? To give some politician a talking point? To let some bureaucrat stand at a podium and declare that he’s “standing up for the American worker” while the American worker stands in line at a food bank?
This is the reality of a trade war. It is not strength. It is not strategy. It is economic self-mutilation, performed by men who do not understand the simplest principle of human prosperity: that wealth is created through free exchange, through competition, through innovation—not through walls, not through government dictates, not through economic isolation.
And here’s the final joke, the last, cruel punchline to this whole comedy of errors: the world moves on. The companies that used to do business with America find someone else. The nations that used to buy American products stop waiting. And when the tariff war is over, when the damage is finally done and the politicians quietly reverse course, those markets are gone forever. The world doesn’t wait for fools. The world doesn’t care about your nationalist delusions or your protectionist fantasies. The world moves forward, and America—great, powerful, self-sabotaging America—is left behind, wondering how it lost a war it started against itself.
2/2
S. Tominaga AKA CSW
Mar 20, 2025
https://x.com/CsTominaga/status/1902635061008330882?t=aF7E5S8cw-ITCFU6PBMZaw&s=19
https://t.me/S_Tominaga/2710
And the worst part? The whole thing fails. Every single time. The government will talk about economic nationalism, about rebuilding the workforce, about bringing jobs back home. But what actually happens? The consumer gets squeezed. The markets shrink. The jobs don’t come back. The companies that relied on global trade don’t suddenly start hiring American workers out of patriotism—they start cutting costs, laying off, outsourcing anyway because government mandates can’t stop market forces.
So what do you get? You get less trade, fewer jobs, more taxes, and weaker businesses. And for what? To give some politician a talking point? To let some bureaucrat stand at a podium and declare that he’s “standing up for the American worker” while the American worker stands in line at a food bank?
This is the reality of a trade war. It is not strength. It is not strategy. It is economic self-mutilation, performed by men who do not understand the simplest principle of human prosperity: that wealth is created through free exchange, through competition, through innovation—not through walls, not through government dictates, not through economic isolation.
And here’s the final joke, the last, cruel punchline to this whole comedy of errors: the world moves on. The companies that used to do business with America find someone else. The nations that used to buy American products stop waiting. And when the tariff war is over, when the damage is finally done and the politicians quietly reverse course, those markets are gone forever. The world doesn’t wait for fools. The world doesn’t care about your nationalist delusions or your protectionist fantasies. The world moves forward, and America—great, powerful, self-sabotaging America—is left behind, wondering how it lost a war it started against itself.
2/2
S. Tominaga AKA CSW
Mar 20, 2025
https://x.com/CsTominaga/status/1902635061008330882?t=aF7E5S8cw-ITCFU6PBMZaw&s=19
https://t.me/S_Tominaga/2710
La belleza de una guerra comercial, si se le puede llamar así, es que la libran hombres que nunca han tenido que llevar una chequera, pero creen que pueden equilibrar la economía de un país de un plumazo. Se sientan en sus oficinas, gordos e hinchados por el poder de la regulación, envanecidos por sus propios delirios de control, firmando órdenes como viejos borrachos que firman cheques sin fondos, convencidos de que la realidad se doblega a sus caprichos. Y esta vez, la gran idea —la jugada maestra de la brillantez económica— es imponer aranceles a todo lo que se mueve y llamarlo victoria.
Ah, sí, los aranceles, el viejo juego de castigar a tu propia gente y llamarlo fuerza. La gran mentira dicha con cara seria por la clase de burócratas que nunca han producido nada en su vida, pero creen saber cómo funcionan los negocios. La mentira es simple: aumenta el costo de los bienes importados, y de repente las empresas estadounidenses se levantarán de sus tumbas como Lázaro, fuertes y poderosas, creando empleos, haciendo que Estados Unidos vuelva a ser grande. Excepto que la realidad no funciona así, nunca lo ha hecho, nunca lo hará. Pero eso es lo que pasa con los gobiernos: no tienen que vivir en la realidad. Solo tienen que vender la ilusión el tiempo suficiente para ganar otras elecciones.
Y así, el hombre que compra su café de la mañana por 1 dólar veintinueve ve que su precio sube poco a poco a 1 dólar cincuenta, luego a 1 dólar setenta y cinco, y no sabe por qué. Solo sabe que está trabajando en el mismo trabajo por el mismo salario, y de alguna manera, está recibiendo menos por ello. El tendero, el concesionario de autos, el dueño de la fábrica, todos lo sienten también, porque los aranceles son solo impuestos con un nombre más bonito. No a China. No a México. No a los grandes y malvados extranjeros que supuestamente merecen ser "castigados". No. El impuesto cae justo aquí. En la fábrica. En el pasillo del supermercado. En la factura de esa lavadora nueva que cuesta un veinte por ciento más hoy que el mes pasado.
Pero el gobierno le dice que no se preocupe. Es por el bien común. Sufre por Estados Unidos. Todo forma parte de la gran estrategia económica de fuerza nacional. Dicen que la fuerza proviene de aislarse, de cerrar las puertas y fabricar todo dentro de las propias fronteras, sin importar que ninguna economía en la historia haya florecido de esa manera. Sin importar que incluso el Imperio Romano, con toda su arrogancia, se derrumbó cuando empezó a creer que podía sostenerse solo con mandatos y arrogancia.
La verdad —la cruda y simple verdad económica— es que el comercio debe equilibrarse. No se puede consumir lo que no se produce, ni vender lo que nadie puede comprar. Al gravar las importaciones, se encarecen los bienes. Cuando los bienes se encarecen, los salarios no suben mágicamente para compensarlos. El trabajador no gana más de repente solo porque el acero cueste más. Simplemente se empobrece. Pero la cosa empeora. En el momento en que se imponen aranceles al mundo, el mundo te los devuelve. De repente, los agricultores estadounidenses se dan cuenta de que sus cultivos no tienen adónde ir. El productor de soja está sentado sobre hectáreas de cultivos que China ya no quiere. El fabricante de acero que creía tener una oportunidad se da cuenta demasiado tarde de que ahora sus mayores compradores buscan en otros lugares: Brasil, India, cualquier lugar menos aquí.
¿Y qué hace el gobierno? Rescates. Ese es el siguiente paso en esta pequeña tragedia. El mismo gobierno que creó el problema ahora interviene para "solucionarlo" con subsidios. Así que toman más dinero de los contribuyentes, lo destinan a las industrias que acaban de paralizar, y dicen que apoyan al trabajador estadounidense. Como si robarle a Pedro para pagarle a Pablo fuera una gran estrategia económica en lugar del absurdo ciclo de destrucción que siempre ha sido.
1/2
S. Tominaga también conocido como CSW
20 de marzo de 2025
https://x.com/CsTominaga/status/1902635061008330882?t=aF7E5S8cw-ITCFU6PBMZaw&s=19
https://t.me/S_Tominaga/2710
Ah, sí, los aranceles, el viejo juego de castigar a tu propia gente y llamarlo fuerza. La gran mentira dicha con cara seria por la clase de burócratas que nunca han producido nada en su vida, pero creen saber cómo funcionan los negocios. La mentira es simple: aumenta el costo de los bienes importados, y de repente las empresas estadounidenses se levantarán de sus tumbas como Lázaro, fuertes y poderosas, creando empleos, haciendo que Estados Unidos vuelva a ser grande. Excepto que la realidad no funciona así, nunca lo ha hecho, nunca lo hará. Pero eso es lo que pasa con los gobiernos: no tienen que vivir en la realidad. Solo tienen que vender la ilusión el tiempo suficiente para ganar otras elecciones.
Y así, el hombre que compra su café de la mañana por 1 dólar veintinueve ve que su precio sube poco a poco a 1 dólar cincuenta, luego a 1 dólar setenta y cinco, y no sabe por qué. Solo sabe que está trabajando en el mismo trabajo por el mismo salario, y de alguna manera, está recibiendo menos por ello. El tendero, el concesionario de autos, el dueño de la fábrica, todos lo sienten también, porque los aranceles son solo impuestos con un nombre más bonito. No a China. No a México. No a los grandes y malvados extranjeros que supuestamente merecen ser "castigados". No. El impuesto cae justo aquí. En la fábrica. En el pasillo del supermercado. En la factura de esa lavadora nueva que cuesta un veinte por ciento más hoy que el mes pasado.
Pero el gobierno le dice que no se preocupe. Es por el bien común. Sufre por Estados Unidos. Todo forma parte de la gran estrategia económica de fuerza nacional. Dicen que la fuerza proviene de aislarse, de cerrar las puertas y fabricar todo dentro de las propias fronteras, sin importar que ninguna economía en la historia haya florecido de esa manera. Sin importar que incluso el Imperio Romano, con toda su arrogancia, se derrumbó cuando empezó a creer que podía sostenerse solo con mandatos y arrogancia.
La verdad —la cruda y simple verdad económica— es que el comercio debe equilibrarse. No se puede consumir lo que no se produce, ni vender lo que nadie puede comprar. Al gravar las importaciones, se encarecen los bienes. Cuando los bienes se encarecen, los salarios no suben mágicamente para compensarlos. El trabajador no gana más de repente solo porque el acero cueste más. Simplemente se empobrece. Pero la cosa empeora. En el momento en que se imponen aranceles al mundo, el mundo te los devuelve. De repente, los agricultores estadounidenses se dan cuenta de que sus cultivos no tienen adónde ir. El productor de soja está sentado sobre hectáreas de cultivos que China ya no quiere. El fabricante de acero que creía tener una oportunidad se da cuenta demasiado tarde de que ahora sus mayores compradores buscan en otros lugares: Brasil, India, cualquier lugar menos aquí.
¿Y qué hace el gobierno? Rescates. Ese es el siguiente paso en esta pequeña tragedia. El mismo gobierno que creó el problema ahora interviene para "solucionarlo" con subsidios. Así que toman más dinero de los contribuyentes, lo destinan a las industrias que acaban de paralizar, y dicen que apoyan al trabajador estadounidense. Como si robarle a Pedro para pagarle a Pablo fuera una gran estrategia económica en lugar del absurdo ciclo de destrucción que siempre ha sido.
1/2
S. Tominaga también conocido como CSW
20 de marzo de 2025
https://x.com/CsTominaga/status/1902635061008330882?t=aF7E5S8cw-ITCFU6PBMZaw&s=19
https://t.me/S_Tominaga/2710
Mientras tanto, la inflación avanza sigilosamente como una lenta fuga de gas, asfixiando a quienes se suponía debían estar protegidos. Las industrias a las que se les prometió salvación no innovan, no mejoran, no se fortalecen; simplemente se vuelven dependientes. Porque eso es lo que hacen los aranceles. No protegen; paralizan. Generan empresas que no necesitan competir, porque el gobierno las protege de la realidad. Construyen industrias que se sustentan en la fuerza en lugar del valor. Eso no es capitalismo. Eso es un cáncer económico.
¿Y lo peor? Todo fracasa. Siempre. El gobierno hablará de nacionalismo económico, de reconstruir la fuerza laboral, de traer empleos de vuelta a casa. Pero ¿qué sucede realmente? El consumidor se ve presionado. Los mercados se contraen. Los empleos no regresan. Las empresas que dependían del comercio global no empiezan de repente a contratar trabajadores estadounidenses por patriotismo; empiezan a recortar costos, despedir y externalizar de todos modos porque las órdenes gubernamentales no pueden detener las fuerzas del mercado.
¿Y qué se obtiene? Menos comercio, menos empleos, más impuestos y empresas más débiles. ¿Y para qué? ¿Para darle un tema de conversación a algún político? ¿Para permitir que un burócrata se suba a un podio y declare que "defiende al trabajador estadounidense" mientras este hace cola en un banco de alimentos?
Esta es la realidad de una guerra comercial. No es fuerza. No es estrategia. Es autodestrucción económica, perpetrada por hombres que no comprenden el principio más simple de la prosperidad humana: que la riqueza se crea mediante el libre intercambio, la competencia y la innovación; no mediante muros, ni dictados gubernamentales, ni aislamiento económico.
Y aquí está el chiste final, el último y cruel remate de toda esta comedia de errores: el mundo avanza. Las empresas que solían hacer negocios con Estados Unidos encuentran a alguien más. Los países que solían comprar productos estadounidenses dejan de esperar. Y cuando la guerra arancelaria termine, cuando el daño finalmente esté hecho y los políticos cambien de rumbo discretamente, esos mercados desaparecerán para siempre. El mundo no espera a los tontos. Al mundo no le importan tus delirios nacionalistas ni tus fantasías proteccionistas. El mundo avanza, y Estados Unidos —el gran, poderoso y autodestructivo Estados Unidos— se queda atrás, preguntándose cómo perdió una guerra que empezó contra sí mismo.
2/2
S. Tominaga, alias CSW
20 de marzo de 2025
https://x.com/CsTominaga/status/1902635061008330882?t=aF7E5S8cw-ITCFU6PBMZaw&s=19
https://t.me/S_Tominaga/2710
¿Y lo peor? Todo fracasa. Siempre. El gobierno hablará de nacionalismo económico, de reconstruir la fuerza laboral, de traer empleos de vuelta a casa. Pero ¿qué sucede realmente? El consumidor se ve presionado. Los mercados se contraen. Los empleos no regresan. Las empresas que dependían del comercio global no empiezan de repente a contratar trabajadores estadounidenses por patriotismo; empiezan a recortar costos, despedir y externalizar de todos modos porque las órdenes gubernamentales no pueden detener las fuerzas del mercado.
¿Y qué se obtiene? Menos comercio, menos empleos, más impuestos y empresas más débiles. ¿Y para qué? ¿Para darle un tema de conversación a algún político? ¿Para permitir que un burócrata se suba a un podio y declare que "defiende al trabajador estadounidense" mientras este hace cola en un banco de alimentos?
Esta es la realidad de una guerra comercial. No es fuerza. No es estrategia. Es autodestrucción económica, perpetrada por hombres que no comprenden el principio más simple de la prosperidad humana: que la riqueza se crea mediante el libre intercambio, la competencia y la innovación; no mediante muros, ni dictados gubernamentales, ni aislamiento económico.
Y aquí está el chiste final, el último y cruel remate de toda esta comedia de errores: el mundo avanza. Las empresas que solían hacer negocios con Estados Unidos encuentran a alguien más. Los países que solían comprar productos estadounidenses dejan de esperar. Y cuando la guerra arancelaria termine, cuando el daño finalmente esté hecho y los políticos cambien de rumbo discretamente, esos mercados desaparecerán para siempre. El mundo no espera a los tontos. Al mundo no le importan tus delirios nacionalistas ni tus fantasías proteccionistas. El mundo avanza, y Estados Unidos —el gran, poderoso y autodestructivo Estados Unidos— se queda atrás, preguntándose cómo perdió una guerra que empezó contra sí mismo.
2/2
S. Tominaga, alias CSW
20 de marzo de 2025
https://x.com/CsTominaga/status/1902635061008330882?t=aF7E5S8cw-ITCFU6PBMZaw&s=19
https://t.me/S_Tominaga/2710
Telegram
CSW S. Tominaga
The beauty of a trade war, if you can call it that, is that it’s waged by men who have never had to balance a checkbook but believe they can balance a nation’s economy with the stroke of a pen. They sit in their offices, fat and bloated with the power of…
The whiskey burns down like the last days of a cheap republic, a place where men once believed in themselves before they believed in the state.
And here we are again, staring down another round of tariffs, another dull-witted attempt to make a thing more valuable by making it cost more.
They say it is protectionism, like a dog chained to a fence, barking at the wind.
But what it really is... what it always is ... is a tax.
Like all taxes, it’s a slow rot that starts at the edges before it reaches the core.
The man in the corner, slumped over his beer, doesn’t care about steel quotas or retaliatory levies. He only knows that the price of his morning coffee is up ten cents, and the bread at the supermarket looks smaller, but the price tag looks bigger. He doesn’t understand why, and he doesn’t have time to. His job hasn’t given him a raise in three years, and he’s working harder just to afford less. That’s what tariffs do. They carve out invisible scars, dollar by dollar, until the man who used to be able to afford a new pair of boots every winter finds himself patching up the old ones with tape and prayer.
You can dress it up in a flag. You can call it America First, or Strengthening the Nation. But the simple truth is that tariffs are a tax on your own people. A tax on every worker who needs to buy a car, every mother trying to put food on the table, every kid whose shoes wear thin before the school year is up. The businessman with the warehouse full of goods sees his costs rise. He can pass them down, but there’s only so far they can go before the workers and the buyers stop showing up.
Governments like tariffs because they’re invisible. No need to pass an unpopular bill, no need for a committee hearing, no need to explain it to the people you’re robbing. Just slap a fee on imports, and let them figure it out when their wallets feel lighter. And then you wait. You wait for the retaliation. Because it always comes. Countries don’t take tariffs lying down. They hit back. Farmers who thought they had a steady export market find their crops rotting in silos. Manufacturers who sell abroad start getting squeezed.
And the worst part? The very industry you claim to protect ends up weaker. You give it a crutch, a subsidy disguised as a tariff, and it forgets how to compete. It gets lazy. Bloated. Soft. You might think you're saving jobs, but you’re just delaying the funeral. The market moves faster than any government decree, and in the long run, the market always wins.
Protectionism is a lie told by men who don’t understand that value isn’t dictated by borders, by politics, or by the size of a tariff sheet. It’s dictated by reality, by the cold, unrelenting logic of supply and demand. You can’t cheat it. You can’t dictate it into existence with a stroke of a pen. You either produce something worth buying at a price people are willing to pay, or you don’t. Everything else is just noise.
So, when the man in the corner goes home, when he sits in the dark staring at a stack of unpaid bills, he won’t know what hit him. He won’t see the tariff itself. He’ll just see the aftermath—the dwindling grocery list, the extra shift he has to pick up, the little things that start slipping away. That’s what tariffs do. They steal from the invisible hand and give to the fumbling fist of bureaucracy.
And when the dust settles... all that’s left is a nation that’s a little poorer, a little weaker, and a lot more lost than before.
1/2
S. Tominaga AKA CSW
Mar 20, 2025
https://x.com/CsTominaga/status/1902631777216426438?t=CagQJh_w9mYo32A00MsEsg&s=19
https://t.me/S_Tominaga/2714
And here we are again, staring down another round of tariffs, another dull-witted attempt to make a thing more valuable by making it cost more.
They say it is protectionism, like a dog chained to a fence, barking at the wind.
But what it really is... what it always is ... is a tax.
Like all taxes, it’s a slow rot that starts at the edges before it reaches the core.
The man in the corner, slumped over his beer, doesn’t care about steel quotas or retaliatory levies. He only knows that the price of his morning coffee is up ten cents, and the bread at the supermarket looks smaller, but the price tag looks bigger. He doesn’t understand why, and he doesn’t have time to. His job hasn’t given him a raise in three years, and he’s working harder just to afford less. That’s what tariffs do. They carve out invisible scars, dollar by dollar, until the man who used to be able to afford a new pair of boots every winter finds himself patching up the old ones with tape and prayer.
You can dress it up in a flag. You can call it America First, or Strengthening the Nation. But the simple truth is that tariffs are a tax on your own people. A tax on every worker who needs to buy a car, every mother trying to put food on the table, every kid whose shoes wear thin before the school year is up. The businessman with the warehouse full of goods sees his costs rise. He can pass them down, but there’s only so far they can go before the workers and the buyers stop showing up.
Governments like tariffs because they’re invisible. No need to pass an unpopular bill, no need for a committee hearing, no need to explain it to the people you’re robbing. Just slap a fee on imports, and let them figure it out when their wallets feel lighter. And then you wait. You wait for the retaliation. Because it always comes. Countries don’t take tariffs lying down. They hit back. Farmers who thought they had a steady export market find their crops rotting in silos. Manufacturers who sell abroad start getting squeezed.
And the worst part? The very industry you claim to protect ends up weaker. You give it a crutch, a subsidy disguised as a tariff, and it forgets how to compete. It gets lazy. Bloated. Soft. You might think you're saving jobs, but you’re just delaying the funeral. The market moves faster than any government decree, and in the long run, the market always wins.
Protectionism is a lie told by men who don’t understand that value isn’t dictated by borders, by politics, or by the size of a tariff sheet. It’s dictated by reality, by the cold, unrelenting logic of supply and demand. You can’t cheat it. You can’t dictate it into existence with a stroke of a pen. You either produce something worth buying at a price people are willing to pay, or you don’t. Everything else is just noise.
So, when the man in the corner goes home, when he sits in the dark staring at a stack of unpaid bills, he won’t know what hit him. He won’t see the tariff itself. He’ll just see the aftermath—the dwindling grocery list, the extra shift he has to pick up, the little things that start slipping away. That’s what tariffs do. They steal from the invisible hand and give to the fumbling fist of bureaucracy.
And when the dust settles... all that’s left is a nation that’s a little poorer, a little weaker, and a lot more lost than before.
1/2
S. Tominaga AKA CSW
Mar 20, 2025
https://x.com/CsTominaga/status/1902631777216426438?t=CagQJh_w9mYo32A00MsEsg&s=19
https://t.me/S_Tominaga/2714
Tariffs are a slow poison. They don’t kill the economy outright—they rot it from the inside, weakening the bones before the collapse. The local economy implementing tariffs feels an immediate rush, a fake high, the kind that fools politicians and protectionists into thinking they’ve won something. It looks like a victory at first. Jobs in the "protected" industry might see a temporary uptick. Factories that should have closed years ago might sputter back to life. But this is a trick of light, a distortion of reality through government intervention. It is a price paid by every other industry and every consumer in the country.
When you make foreign goods more expensive, you force local businesses and consumers to pay more. A manufacturer who relies on imported materials now has to spend more to make the same product. He has two choices: raise prices or cut costs somewhere else. Maybe he lets workers go. Maybe he moves production elsewhere anyway, rendering the tariff meaningless. Or maybe he just goes under, swallowed by the competition in countries that aren't busy kneecapping themselves with economic nationalism.
The price inflation spreads like a plague. A tariff on steel doesn’t just hit the steel industry—it ripples outward, affecting cars, appliances, construction. A tariff on food imports means the grocery bill goes up, tightening the belts of every working family. And once the cost of living rises, wages have to rise too—or at least, they should. But the economy doesn't work that way. Wages lag behind. Always.
The local economy implementing tariffs begins to see distortions. Capital moves, but not in the way a free economy allows. It moves where government edicts force it to go. This means investments aren't based on market efficiency but on avoiding penalties and seeking artificial advantages. This is how inefficiency breeds. Companies learn to lobby instead of innovate. They play the political game instead of the economic one. And once government subsidies and protections become the lifeblood of an industry, that industry becomes dependent, weak, uncompetitive.
Trade must balance. That is the rule, whether politicians like it or not. You can’t consume more than you produce forever. If a country restricts imports, it also restricts its own exports—because trade is a two-way street. A nation that stops buying from others will find that others stop buying from it. The farmer who depends on selling soybeans overseas suddenly finds his market drying up because foreign buyers retaliate. The tech company that thrives on international supply chains finds itself unable to source parts.
It is an iron law. No economy exists in isolation. A local economy implementing tariffs might think it is shielding itself, but all it is doing is walling itself off from growth. There is no strength in economic isolation—only stagnation. Trade is not war; it is voluntary exchange, mutually beneficial, a process that rewards efficiency and punishes inefficiency. When that process is interrupted by tariffs, it doesn’t protect—it distorts. And distortions in an economy always correct themselves, painfully and inevitably.
2/2
S. Tominaga AKA CSW
Mar 20, 2025
https://x.com/CsTominaga/status/1902631777216426438?t=CagQJh_w9mYo32A00MsEsg&s=19
https://t.me/S_Tominaga/2714
When you make foreign goods more expensive, you force local businesses and consumers to pay more. A manufacturer who relies on imported materials now has to spend more to make the same product. He has two choices: raise prices or cut costs somewhere else. Maybe he lets workers go. Maybe he moves production elsewhere anyway, rendering the tariff meaningless. Or maybe he just goes under, swallowed by the competition in countries that aren't busy kneecapping themselves with economic nationalism.
The price inflation spreads like a plague. A tariff on steel doesn’t just hit the steel industry—it ripples outward, affecting cars, appliances, construction. A tariff on food imports means the grocery bill goes up, tightening the belts of every working family. And once the cost of living rises, wages have to rise too—or at least, they should. But the economy doesn't work that way. Wages lag behind. Always.
The local economy implementing tariffs begins to see distortions. Capital moves, but not in the way a free economy allows. It moves where government edicts force it to go. This means investments aren't based on market efficiency but on avoiding penalties and seeking artificial advantages. This is how inefficiency breeds. Companies learn to lobby instead of innovate. They play the political game instead of the economic one. And once government subsidies and protections become the lifeblood of an industry, that industry becomes dependent, weak, uncompetitive.
Trade must balance. That is the rule, whether politicians like it or not. You can’t consume more than you produce forever. If a country restricts imports, it also restricts its own exports—because trade is a two-way street. A nation that stops buying from others will find that others stop buying from it. The farmer who depends on selling soybeans overseas suddenly finds his market drying up because foreign buyers retaliate. The tech company that thrives on international supply chains finds itself unable to source parts.
It is an iron law. No economy exists in isolation. A local economy implementing tariffs might think it is shielding itself, but all it is doing is walling itself off from growth. There is no strength in economic isolation—only stagnation. Trade is not war; it is voluntary exchange, mutually beneficial, a process that rewards efficiency and punishes inefficiency. When that process is interrupted by tariffs, it doesn’t protect—it distorts. And distortions in an economy always correct themselves, painfully and inevitably.
2/2
S. Tominaga AKA CSW
Mar 20, 2025
https://x.com/CsTominaga/status/1902631777216426438?t=CagQJh_w9mYo32A00MsEsg&s=19
https://t.me/S_Tominaga/2714
El whisky arde como los últimos días de una república barata, un lugar donde los hombres creían en sí mismos antes que en el Estado.
Y aquí estamos de nuevo, ante otra ronda de aranceles, otro intento torpe de hacer algo más valioso haciéndolo más caro.
Dicen que es proteccionismo, como un perro encadenado a una valla, ladrando al viento.
Pero lo que realmente es... lo que siempre es... es un impuesto.
Como todos los impuestos, es una putrefacción lenta que empieza por las afueras antes de llegar al corazón.
Al hombre de la esquina, encorvado sobre su cerveza, no le importan las cuotas del acero ni los gravámenes retaliativos. Solo sabe que el precio de su café de la mañana ha subido diez centavos, y que el pan del supermercado parece más pequeño, pero la etiqueta parece más cara. No entiende por qué, y no tiene tiempo para entenderlo. Su trabajo no le ha dado un aumento en tres años, y está trabajando más duro solo para poder comprar menos. Eso es lo que hacen los aranceles. Dejan cicatrices invisibles, dólar a dólar, hasta que el hombre que antes podía permitirse un par de botas nuevas cada invierno se encuentra remendando las viejas con cinta adhesiva y oraciones.
Puedes disfrazarlo con una bandera. Puedes llamarlo "Estados Unidos Primero" o "Fortaleciendo la Nación". Pero la simple verdad es que los aranceles son un impuesto a tu propia gente. Un impuesto a cada trabajador que necesita comprar un coche, a cada madre que intenta llevar comida a la mesa, a cada niño cuyos zapatos se desgastan antes de que acabe el curso escolar. El empresario con el almacén lleno de mercancías ve subir sus costes. Puede trasladarlos a la baja, pero solo pueden llegar hasta cierto punto antes de que los trabajadores y los compradores dejen de acudir.
A los gobiernos les gustan los aranceles porque son invisibles. No hay necesidad de aprobar un proyecto de ley impopular, ni de una audiencia en comisión, ni de explicárselo a la gente a la que estás robando. Simplemente aplica un impuesto a las importaciones y deja que lo resuelvan cuando tengan la cartera más ligera. Y luego espera. Esperas la represalia. Porque siempre llega. Los países no se quedan de brazos cruzados ante los aranceles. Contraatacan. Los agricultores que creían tener un mercado de exportación estable ven cómo sus cosechas se pudren en silos. Los fabricantes que venden en el extranjero empiezan a verse presionados.
¿Y lo peor? La misma industria que dices proteger termina siendo más débil. Le das una muleta, un subsidio disfrazado de arancel, y se olvida de cómo competir. Se vuelve perezosa. Inflada. Reblandecida. Podrías pensar que estás salvando empleos, pero solo estás retrasando el funeral. El mercado se mueve más rápido que cualquier decreto gubernamental y, a la larga, el mercado siempre gana.
El proteccionismo es una mentira contada por hombres que no entienden que el valor no lo dictan las fronteras, la política ni el tamaño de una hoja arancelaria. Lo dicta la realidad, la lógica fría e implacable de la oferta y la demanda. No se puede engañar. No se puede imponer de un plumazo. O se produce algo que valga la pena comprar a un precio que la gente esté dispuesta a pagar, o no se produce. Todo lo demás es solo ruido.
Así que, cuando el hombre de la esquina se vaya a casa, cuando se siente en la oscuridad mirando un fajo de facturas sin pagar, no sabrá qué le pasó. No verá el arancel en sí. Solo verá las consecuencias: la lista de la compra cada vez más corta, el turno extra que tiene que recoger, las pequeñas cosas que empiezan a escabullirse. Eso es lo que hacen los aranceles. Roban de la mano invisible y se lo dan al puño torpe de la burocracia.
Y cuando se asiente el polvo... solo queda una nación un poco más pobre, un poco más débil y mucho más perdida que antes.
1/2
S. Tominaga también conocido como CSW
20 de marzo de 2025
https://x.com/CsTominaga/status/1902631777216426438?t=CagQJh_w9mYo32A00MsEsg&s=19
https://t.me/S_Tominaga/2714
Y aquí estamos de nuevo, ante otra ronda de aranceles, otro intento torpe de hacer algo más valioso haciéndolo más caro.
Dicen que es proteccionismo, como un perro encadenado a una valla, ladrando al viento.
Pero lo que realmente es... lo que siempre es... es un impuesto.
Como todos los impuestos, es una putrefacción lenta que empieza por las afueras antes de llegar al corazón.
Al hombre de la esquina, encorvado sobre su cerveza, no le importan las cuotas del acero ni los gravámenes retaliativos. Solo sabe que el precio de su café de la mañana ha subido diez centavos, y que el pan del supermercado parece más pequeño, pero la etiqueta parece más cara. No entiende por qué, y no tiene tiempo para entenderlo. Su trabajo no le ha dado un aumento en tres años, y está trabajando más duro solo para poder comprar menos. Eso es lo que hacen los aranceles. Dejan cicatrices invisibles, dólar a dólar, hasta que el hombre que antes podía permitirse un par de botas nuevas cada invierno se encuentra remendando las viejas con cinta adhesiva y oraciones.
Puedes disfrazarlo con una bandera. Puedes llamarlo "Estados Unidos Primero" o "Fortaleciendo la Nación". Pero la simple verdad es que los aranceles son un impuesto a tu propia gente. Un impuesto a cada trabajador que necesita comprar un coche, a cada madre que intenta llevar comida a la mesa, a cada niño cuyos zapatos se desgastan antes de que acabe el curso escolar. El empresario con el almacén lleno de mercancías ve subir sus costes. Puede trasladarlos a la baja, pero solo pueden llegar hasta cierto punto antes de que los trabajadores y los compradores dejen de acudir.
A los gobiernos les gustan los aranceles porque son invisibles. No hay necesidad de aprobar un proyecto de ley impopular, ni de una audiencia en comisión, ni de explicárselo a la gente a la que estás robando. Simplemente aplica un impuesto a las importaciones y deja que lo resuelvan cuando tengan la cartera más ligera. Y luego espera. Esperas la represalia. Porque siempre llega. Los países no se quedan de brazos cruzados ante los aranceles. Contraatacan. Los agricultores que creían tener un mercado de exportación estable ven cómo sus cosechas se pudren en silos. Los fabricantes que venden en el extranjero empiezan a verse presionados.
¿Y lo peor? La misma industria que dices proteger termina siendo más débil. Le das una muleta, un subsidio disfrazado de arancel, y se olvida de cómo competir. Se vuelve perezosa. Inflada. Reblandecida. Podrías pensar que estás salvando empleos, pero solo estás retrasando el funeral. El mercado se mueve más rápido que cualquier decreto gubernamental y, a la larga, el mercado siempre gana.
El proteccionismo es una mentira contada por hombres que no entienden que el valor no lo dictan las fronteras, la política ni el tamaño de una hoja arancelaria. Lo dicta la realidad, la lógica fría e implacable de la oferta y la demanda. No se puede engañar. No se puede imponer de un plumazo. O se produce algo que valga la pena comprar a un precio que la gente esté dispuesta a pagar, o no se produce. Todo lo demás es solo ruido.
Así que, cuando el hombre de la esquina se vaya a casa, cuando se siente en la oscuridad mirando un fajo de facturas sin pagar, no sabrá qué le pasó. No verá el arancel en sí. Solo verá las consecuencias: la lista de la compra cada vez más corta, el turno extra que tiene que recoger, las pequeñas cosas que empiezan a escabullirse. Eso es lo que hacen los aranceles. Roban de la mano invisible y se lo dan al puño torpe de la burocracia.
Y cuando se asiente el polvo... solo queda una nación un poco más pobre, un poco más débil y mucho más perdida que antes.
1/2
S. Tominaga también conocido como CSW
20 de marzo de 2025
https://x.com/CsTominaga/status/1902631777216426438?t=CagQJh_w9mYo32A00MsEsg&s=19
https://t.me/S_Tominaga/2714
X (formerly Twitter)
S Tominaga (@CsTominaga) on X
The whiskey burns down like the last days of a cheap republic, a place where men once believed in themselves before they believed in the state.
And here we are again, staring down another round of tariffs, another dull-witted attempt to make a thing more…
And here we are again, staring down another round of tariffs, another dull-witted attempt to make a thing more…
Los aranceles son un veneno lento. No matan la economía de golpe, sino que la pudren desde dentro, debilitando sus cimientos antes del colapso. La economía local que implementa los aranceles siente una euforia inmediata, una falsa euforia, de esas que engañan a políticos y proteccionistas haciéndoles creer que han ganado algo. Al principio, parece una victoria. Los empleos en la industria "protegida" podrían experimentar un repunte temporal. Las fábricas que deberían haber cerrado hace años podrían volver a la actividad. Pero esto es un truco de luz, una distorsión de la realidad mediante la intervención gubernamental. Es un precio que pagan todas las demás industrias y todos los consumidores del país.
Al encarecer los productos extranjeros, se obliga a las empresas y consumidores locales a pagar más. Un fabricante que depende de materiales importados ahora tiene que gastar más para fabricar el mismo producto. Tiene dos opciones: subir los precios o reducir los costos en otro lugar. Quizás despide a trabajadores. Quizás traslada la producción a otro lugar de todos modos, haciendo que el arancel carezca de sentido. O quizás simplemente se hunda, absorbido por la competencia de países que no están ocupados en autodestruirse con el nacionalismo económico. La inflación de precios se propaga como una plaga. Un arancel al acero no solo afecta a la industria siderúrgica, sino que tiene un efecto dominó, afectando a automóviles, electrodomésticos y la construcción. Un arancel a las importaciones de alimentos implica un aumento en la factura de la compra, apretando el cinturón a todas las familias trabajadoras. Y una vez que el costo de la vida sube, los salarios también deben subir, o al menos deberían. Pero la economía no funciona así. Los salarios se quedan atrás. Siempre.
La economía local que implementa aranceles comienza a experimentar distorsiones. El capital se mueve, pero no como lo permite una economía libre. Se mueve adonde lo obligan los edictos gubernamentales. Esto significa que las inversiones no se basan en la eficiencia del mercado, sino en evitar sanciones y buscar ventajas artificiales. Así es como se reproduce la ineficiencia. Las empresas aprenden a presionar en lugar de innovar. Juegan al juego político en lugar del económico. Y una vez que los subsidios y las protecciones gubernamentales se convierten en el sustento de una industria, esta se vuelve dependiente, débil y poco competitiva.
El comercio debe equilibrarse. Esa es la regla, les guste o no a los políticos. No se puede consumir más de lo que se produce indefinidamente. Si un país restringe las importaciones, también restringe sus propias exportaciones, porque el comercio es una vía de doble sentido. Un país que deja de comprar a otros se encontrará con que otros dejan de comprarle. El agricultor que depende de la venta de soja en el extranjero de repente ve cómo su mercado se agota porque los compradores extranjeros toman represalias. La empresa tecnológica que prospera gracias a las cadenas de suministro internacionales se ve incapaz de obtener componentes.
Es una ley de hierro. Ninguna economía existe aislada. Una economía local que implementa aranceles podría pensar que se está protegiendo, pero lo único que hace es aislarse del crecimiento. No hay fuerza en el aislamiento económico, solo estancamiento. El comercio no es una guerra; es un intercambio voluntario, mutuamente beneficioso, un proceso que premia la eficiencia y castiga la ineficiencia. Cuando ese proceso se interrumpe por aranceles, no protege, sino que distorsiona. Y las distorsiones en una economía siempre se corrigen solas, de forma dolorosa e inevitable.
2/2
S. Tominaga también conocido como CSW
20 de marzo de 2025
https://x.com/CsTominaga/status/1902631777216426438?t=CagQJh_w9mYo32A00MsEsg&s=19
https://t.me/S_Tominaga/2714
Al encarecer los productos extranjeros, se obliga a las empresas y consumidores locales a pagar más. Un fabricante que depende de materiales importados ahora tiene que gastar más para fabricar el mismo producto. Tiene dos opciones: subir los precios o reducir los costos en otro lugar. Quizás despide a trabajadores. Quizás traslada la producción a otro lugar de todos modos, haciendo que el arancel carezca de sentido. O quizás simplemente se hunda, absorbido por la competencia de países que no están ocupados en autodestruirse con el nacionalismo económico. La inflación de precios se propaga como una plaga. Un arancel al acero no solo afecta a la industria siderúrgica, sino que tiene un efecto dominó, afectando a automóviles, electrodomésticos y la construcción. Un arancel a las importaciones de alimentos implica un aumento en la factura de la compra, apretando el cinturón a todas las familias trabajadoras. Y una vez que el costo de la vida sube, los salarios también deben subir, o al menos deberían. Pero la economía no funciona así. Los salarios se quedan atrás. Siempre.
La economía local que implementa aranceles comienza a experimentar distorsiones. El capital se mueve, pero no como lo permite una economía libre. Se mueve adonde lo obligan los edictos gubernamentales. Esto significa que las inversiones no se basan en la eficiencia del mercado, sino en evitar sanciones y buscar ventajas artificiales. Así es como se reproduce la ineficiencia. Las empresas aprenden a presionar en lugar de innovar. Juegan al juego político en lugar del económico. Y una vez que los subsidios y las protecciones gubernamentales se convierten en el sustento de una industria, esta se vuelve dependiente, débil y poco competitiva.
El comercio debe equilibrarse. Esa es la regla, les guste o no a los políticos. No se puede consumir más de lo que se produce indefinidamente. Si un país restringe las importaciones, también restringe sus propias exportaciones, porque el comercio es una vía de doble sentido. Un país que deja de comprar a otros se encontrará con que otros dejan de comprarle. El agricultor que depende de la venta de soja en el extranjero de repente ve cómo su mercado se agota porque los compradores extranjeros toman represalias. La empresa tecnológica que prospera gracias a las cadenas de suministro internacionales se ve incapaz de obtener componentes.
Es una ley de hierro. Ninguna economía existe aislada. Una economía local que implementa aranceles podría pensar que se está protegiendo, pero lo único que hace es aislarse del crecimiento. No hay fuerza en el aislamiento económico, solo estancamiento. El comercio no es una guerra; es un intercambio voluntario, mutuamente beneficioso, un proceso que premia la eficiencia y castiga la ineficiencia. Cuando ese proceso se interrumpe por aranceles, no protege, sino que distorsiona. Y las distorsiones en una economía siempre se corrigen solas, de forma dolorosa e inevitable.
2/2
S. Tominaga también conocido como CSW
20 de marzo de 2025
https://x.com/CsTominaga/status/1902631777216426438?t=CagQJh_w9mYo32A00MsEsg&s=19
https://t.me/S_Tominaga/2714
X (formerly Twitter)
S Tominaga (@CsTominaga) on X
The whiskey burns down like the last days of a cheap republic, a place where men once believed in themselves before they believed in the state.
And here we are again, staring down another round of tariffs, another dull-witted attempt to make a thing more…
And here we are again, staring down another round of tariffs, another dull-witted attempt to make a thing more…
S. Tominaga AKA CSW
Mar 20, 2025
https://x.com/CsTominaga/status/1902520472966983915?t=CRY9Fa74zmpugBNjSOHtGg&s=19
https://t.me/S_Tominaga/2718
Mar 20, 2025
https://x.com/CsTominaga/status/1902520472966983915?t=CRY9Fa74zmpugBNjSOHtGg&s=19
https://t.me/S_Tominaga/2718
Dostoyevsky got it.
He saw the filth, the struggle, the raw nerves of existence. He wasn’t writing to be proper, to dress up suffering in polite little narratives. He cracked the human condition open like a bottle and let it spill. His characters weren’t just people—they were battlefields, torn between self-destruction and something almost like redemption. That’s what makes him worth reading.
Tolstoy, on the other hand—damn. The man wanted to be a saint so badly he forgot how to be a writer. A bitter old aristocrat who decided whining about the world made him its moral authority. He didn’t write stories—he wrote lectures wrapped in fiction, stiff, calculated, and always tugging at your sleeve to tell you how virtuous he was. War and Peace drags because it’s designed to. It wants you to suffer through it, to nod along, to feel enlightened by its sheer weight, as if volume alone makes a book profound. It doesn’t.
Dostoyevsky understood that life is a street fight between the rational and the damned. Tolstoy wanted to solve the world’s problems by drowning them in prose. One man grasped reality. The other begged it to be different. That’s the difference between genius and a man with too much time on his hands.
Anna Karenina is what happens when a man with too much guilt and too many theories about morality tries to pass off his own neuroses as literature.
This is a book about a woman unraveling, about society pressing down like a boot on her throat, but it’s not alive.
It is not felt.
This book is a bad sermon wrapped in silk, a long-winded dirge from a man who wanted the world to be a holy, suffering peasantry while he lounged in his estate whining about the rich.
Tolstoy wanted you to pity Anna, but not too much.
He wanted you to learn something, to understand how high society was hollow and how life should be simple and pure—but God forbid anyone enjoy themselves. He wasn’t writing about freedom. He was writing about submission, about suffering as some noble duty. Every character is shackled, crushed under the weight of propriety, of guilt, of duty.
It’s not a novel—it’s a self-flagellation session disguised as literature. Dostoyevsky gave you the chaos of human nature, the blood and the madness.
Tolstoy gave you a long boring lecture and expected you to be grateful for it.
Liking Anna Karenina is fine. Liking anything is fine.
But the question is—why?
Did you like it because it made you feel something real, or because it convinced you it was supposed to be profound?
Tolstoy was a man who wanted to teach life lessons but never lived by them. He wrote about suffering like it was some noble pursuit, but he had the luxury of writing about it from a cushioned chair. Anna Karenina isn’t about a woman breaking free—it’s about a woman being punished for daring to want more.
The book is not tragedy, it’s condemnation wrapped in pretty prose.
If you liked it, fine.
Maybe it worked for you. Maybe the slow, deliberate unraveling of a life felt like truth. But ask yourself—was it truth, or was it just a well-dressed sermon?
S. Tominaga AKA CSW
Mar 20, 2025
https://x.com/CsTominaga/status/1902520472966983915?t=CRY9Fa74zmpugBNjSOHtGg&s=19
https://t.me/S_Tominaga/2718
He saw the filth, the struggle, the raw nerves of existence. He wasn’t writing to be proper, to dress up suffering in polite little narratives. He cracked the human condition open like a bottle and let it spill. His characters weren’t just people—they were battlefields, torn between self-destruction and something almost like redemption. That’s what makes him worth reading.
Tolstoy, on the other hand—damn. The man wanted to be a saint so badly he forgot how to be a writer. A bitter old aristocrat who decided whining about the world made him its moral authority. He didn’t write stories—he wrote lectures wrapped in fiction, stiff, calculated, and always tugging at your sleeve to tell you how virtuous he was. War and Peace drags because it’s designed to. It wants you to suffer through it, to nod along, to feel enlightened by its sheer weight, as if volume alone makes a book profound. It doesn’t.
Dostoyevsky understood that life is a street fight between the rational and the damned. Tolstoy wanted to solve the world’s problems by drowning them in prose. One man grasped reality. The other begged it to be different. That’s the difference between genius and a man with too much time on his hands.
Anna Karenina is what happens when a man with too much guilt and too many theories about morality tries to pass off his own neuroses as literature.
This is a book about a woman unraveling, about society pressing down like a boot on her throat, but it’s not alive.
It is not felt.
This book is a bad sermon wrapped in silk, a long-winded dirge from a man who wanted the world to be a holy, suffering peasantry while he lounged in his estate whining about the rich.
Tolstoy wanted you to pity Anna, but not too much.
He wanted you to learn something, to understand how high society was hollow and how life should be simple and pure—but God forbid anyone enjoy themselves. He wasn’t writing about freedom. He was writing about submission, about suffering as some noble duty. Every character is shackled, crushed under the weight of propriety, of guilt, of duty.
It’s not a novel—it’s a self-flagellation session disguised as literature. Dostoyevsky gave you the chaos of human nature, the blood and the madness.
Tolstoy gave you a long boring lecture and expected you to be grateful for it.
Liking Anna Karenina is fine. Liking anything is fine.
But the question is—why?
Did you like it because it made you feel something real, or because it convinced you it was supposed to be profound?
Tolstoy was a man who wanted to teach life lessons but never lived by them. He wrote about suffering like it was some noble pursuit, but he had the luxury of writing about it from a cushioned chair. Anna Karenina isn’t about a woman breaking free—it’s about a woman being punished for daring to want more.
The book is not tragedy, it’s condemnation wrapped in pretty prose.
If you liked it, fine.
Maybe it worked for you. Maybe the slow, deliberate unraveling of a life felt like truth. But ask yourself—was it truth, or was it just a well-dressed sermon?
S. Tominaga AKA CSW
Mar 20, 2025
https://x.com/CsTominaga/status/1902520472966983915?t=CRY9Fa74zmpugBNjSOHtGg&s=19
https://t.me/S_Tominaga/2718
Dostoyevski lo entendió.
Vió la suciedad, la lucha, los nervios de la existencia. No escribía para ser correcto, para disfrazar el sufrimiento con pequeñas narrativas educadas. Abrió la condición humana como una botella y la dejó derramar. Sus personajes no eran solo personas: eran campos de batalla, divididos entre la autodestrucción y algo casi parecido a la redención. Eso es lo que lo hace digno de leer.
Tolstói, en cambio, ¡maldita sea! El hombre quería ser un santo con tantas ganas que olvidó cómo ser escritor. Un viejo aristócrata amargado que decidió que quejarse del mundo lo convertía en su autoridad moral. No escribía cuentos; escribía conferencias envueltas en ficción, rígidas, calculadoras y siempre tirando de la manga para decirte lo virtuoso que era. Guerra y Paz se hace pesada porque está diseñada para eso. Quiere que la sufras, que asientas con la cabeza, que te sientas iluminado por su peso, como si el volumen por sí solo hiciera a un libro profundo. No es así. Dostoyevski comprendió que la vida es una lucha callejera entre lo racional y lo condenado. Tolstói quería resolver los problemas del mundo ahogándolos en prosa. Un hombre comprendió la realidad. El otro rogó por que fuera diferente. Esa es la diferencia entre un genio y un hombre con demasiado tiempo libre.
Ana Karenina es lo que sucede cuando un hombre con demasiada culpa y demasiadas teorías sobre la moral intenta hacer pasar sus propias neurosis por literatura.
Este es un libro sobre una mujer que se desmorona, sobre la sociedad que la oprime como una bota en el cuello, pero no está vivo.
No se siente.
Este libro es un pésimo sermón envuelto en seda, un largo canto fúnebre de un hombre que quería que el mundo fuera un campesinado santo y sufriente mientras él holgazaneaba en su finca quejándose de los ricos.
Tolstói quería que sintieras lástima por Ana, pero no demasiado.
Quería que aprendieras algo, que entendieras lo vacía que era la alta sociedad y cómo la vida debía ser simple y pura, pero Dios no permita que alguien disfrute. No escribía sobre libertad. Escribía sobre sumisión, sobre el sufrimiento como un noble deber. Cada personaje está encadenado, aplastado bajo el peso de la propiedad, la culpa, el deber.
No es una novela, es una sesión de autoflagelación disfrazada de literatura. Dostoyevsky te mostró el caos de la naturaleza humana, la sangre y la locura.
Tolstoi te dio una conferencia larga y aburrida y esperaba que estuvieras agradecido por ella.
Que te guste Ana Karenina está bien. Que te guste cualquier cosa está bien.
Pero la pregunta es: ¿por qué?
¿Te gustó porque te hizo sentir algo real o porque te convenció de que debía ser profundo?
Tolstoi era un hombre que quería enseñar lecciones de vida, pero nunca las vivió. Escribió sobre el sufrimiento como si fuera una búsqueda noble, pero se dio el lujo de escribir sobre él desde una silla cómoda. Ana Karenina no trata sobre una mujer que se libera, sino sobre una mujer castigada por atreverse a desear más.
El libro no es una tragedia, es una condena envuelta en una prosa hermosa.
Si te gustó, bien.
Quizás te funcionó. Quizás el lento y deliberado desenlace de una vida te pareció verdad. Pero pregúntate: ¿era verdad o solo un sermón bien vestido?
S. Tominaga, alias CSW
20 de marzo de 2025
https://x.com/CsTominaga/status/1902520472966983915?t=CRY9Fa74zmpugBNjSOHtGg&s=19
https://t.me/S_Tominaga/2718
Vió la suciedad, la lucha, los nervios de la existencia. No escribía para ser correcto, para disfrazar el sufrimiento con pequeñas narrativas educadas. Abrió la condición humana como una botella y la dejó derramar. Sus personajes no eran solo personas: eran campos de batalla, divididos entre la autodestrucción y algo casi parecido a la redención. Eso es lo que lo hace digno de leer.
Tolstói, en cambio, ¡maldita sea! El hombre quería ser un santo con tantas ganas que olvidó cómo ser escritor. Un viejo aristócrata amargado que decidió que quejarse del mundo lo convertía en su autoridad moral. No escribía cuentos; escribía conferencias envueltas en ficción, rígidas, calculadoras y siempre tirando de la manga para decirte lo virtuoso que era. Guerra y Paz se hace pesada porque está diseñada para eso. Quiere que la sufras, que asientas con la cabeza, que te sientas iluminado por su peso, como si el volumen por sí solo hiciera a un libro profundo. No es así. Dostoyevski comprendió que la vida es una lucha callejera entre lo racional y lo condenado. Tolstói quería resolver los problemas del mundo ahogándolos en prosa. Un hombre comprendió la realidad. El otro rogó por que fuera diferente. Esa es la diferencia entre un genio y un hombre con demasiado tiempo libre.
Ana Karenina es lo que sucede cuando un hombre con demasiada culpa y demasiadas teorías sobre la moral intenta hacer pasar sus propias neurosis por literatura.
Este es un libro sobre una mujer que se desmorona, sobre la sociedad que la oprime como una bota en el cuello, pero no está vivo.
No se siente.
Este libro es un pésimo sermón envuelto en seda, un largo canto fúnebre de un hombre que quería que el mundo fuera un campesinado santo y sufriente mientras él holgazaneaba en su finca quejándose de los ricos.
Tolstói quería que sintieras lástima por Ana, pero no demasiado.
Quería que aprendieras algo, que entendieras lo vacía que era la alta sociedad y cómo la vida debía ser simple y pura, pero Dios no permita que alguien disfrute. No escribía sobre libertad. Escribía sobre sumisión, sobre el sufrimiento como un noble deber. Cada personaje está encadenado, aplastado bajo el peso de la propiedad, la culpa, el deber.
No es una novela, es una sesión de autoflagelación disfrazada de literatura. Dostoyevsky te mostró el caos de la naturaleza humana, la sangre y la locura.
Tolstoi te dio una conferencia larga y aburrida y esperaba que estuvieras agradecido por ella.
Que te guste Ana Karenina está bien. Que te guste cualquier cosa está bien.
Pero la pregunta es: ¿por qué?
¿Te gustó porque te hizo sentir algo real o porque te convenció de que debía ser profundo?
Tolstoi era un hombre que quería enseñar lecciones de vida, pero nunca las vivió. Escribió sobre el sufrimiento como si fuera una búsqueda noble, pero se dio el lujo de escribir sobre él desde una silla cómoda. Ana Karenina no trata sobre una mujer que se libera, sino sobre una mujer castigada por atreverse a desear más.
El libro no es una tragedia, es una condena envuelta en una prosa hermosa.
Si te gustó, bien.
Quizás te funcionó. Quizás el lento y deliberado desenlace de una vida te pareció verdad. Pero pregúntate: ¿era verdad o solo un sermón bien vestido?
S. Tominaga, alias CSW
20 de marzo de 2025
https://x.com/CsTominaga/status/1902520472966983915?t=CRY9Fa74zmpugBNjSOHtGg&s=19
https://t.me/S_Tominaga/2718
X (formerly Twitter)
S Tominaga (@CsTominaga) on X
Dostoyevsky got it.
He saw the filth, the struggle, the raw nerves of existence. He wasn’t writing to be proper, to dress up suffering in polite little narratives. He cracked the human condition open like a bottle and let it spill. His characters weren’t…
He saw the filth, the struggle, the raw nerves of existence. He wasn’t writing to be proper, to dress up suffering in polite little narratives. He cracked the human condition open like a bottle and let it spill. His characters weren’t…
The Necessity of Open Source in Blockchain
S. Tominaga AKA CSW
Mar 19, 2025
https://x.com/CsTominaga/status/1902280875322306629?t=0vpBwynTttpAhRw5Rw3cCg&s=19
https://t.me/S_Tominaga/2722
S. Tominaga AKA CSW
Mar 19, 2025
https://x.com/CsTominaga/status/1902280875322306629?t=0vpBwynTttpAhRw5Rw3cCg&s=19
https://t.me/S_Tominaga/2722
La necesidad del código abierto en blockchain
S. Tominaga, alias CSW
19 de marzo de 2025
https://t.me/S_Tominaga/2722
Seguridad, confianza y los conceptos erróneos del movimiento de código abierto
Introducción
La necesidad del código abierto en los sistemas blockchain, en particular en Bitcoin SV (BSV) y Teranode, surge de los principios criptográficos fundamentales, los requisitos de seguridad y la naturaleza filosófica de la confianza basada en la validación. A diferencia de la postura ideológica del movimiento de código abierto GNU, que enmarca la apertura del software como un bien colectivista que prioriza la propiedad comunitaria sobre la innovación privada, la necesidad de código abierto en Bitcoin no se basa en una filosofía política, sino en el requisito criptográfico de verificación. El código abierto, en el contexto de Bitcoin, es una característica práctica y necesaria que garantiza la integridad del sistema, permitiendo a los usuarios validar transacciones de forma independiente, garantizar la inmutabilidad y evitar la manipulación. Sin la capacidad de examinar el código y auditar su ejecución, Bitcoin se convertiría en otro sistema digital controlado centralmente, donde los participantes deben confiar en intermediarios invisibles en lugar de verificar la precisión del sistema por sí mismos.
Este artículo explora por qué Bitcoin SV y Teranode, en consonancia con el diseño original de Bitcoin, deben ser de código abierto, no por una cuestión de pureza ideológica, sino como una necesidad fundamental para la seguridad criptográfica y la confianza económica. Examinará la distinción esencial entre la transparencia de Bitcoin y el movimiento colectivista de código abierto en general, enfatizando que Bitcoin no está en contra de las patentes ni se opone a la propiedad privada del software. En cambio, el código base de Bitcoin debe permanecer abierto para garantizar que sus reglas de consenso permanezcan inviolables y que su red se mantenga resistente al control centralizado. Este requisito es una extensión de los principios fundamentales de la criptografía, tal como se articula en la ley de Kerckhoff, que establece que un sistema seguro no debe depender de la confidencialidad de su diseño, sino únicamente de la confidencialidad de sus claves. Además, este artículo abordará ejemplos históricos de sistemas financieros de código cerrado, incluyendo ciertos proyectos de blockchain, que han colapsado debido a la incapacidad de los usuarios para verificar la integridad de sus transacciones.
Los fundamentos criptográficos del código abierto en Bitcoin
La necesidad de transparencia del código abierto en Bitcoin está profundamente arraigada en la teoría criptográfica. El principio de seguridad criptográfica de Auguste Kerckhoffs, del siglo XIX, establece que «un criptosistema debe ser seguro incluso si todo lo relacionado con el sistema, excepto la clave, es de conocimiento público» (Kerckhoffs, 1883). Este principio sustenta las prácticas criptográficas modernas, incluyendo el diseño de Bitcoin y sus iteraciones posteriores. La dependencia de Bitcoin de la prueba de trabajo, el hash criptográfico y las firmas digitales significa que su modelo de seguridad no se basa en el secreto, sino en la capacidad de cualquier persona para verificar su exactitud. Si Bitcoin fuera de código cerrado, los usuarios no tendrían forma de garantizar que las transacciones se validen correctamente, que las nuevas monedas se emitan de acuerdo con las reglas del protocolo o que no existan vulnerabilidades ocultas en el software.
Bruce Schneier, experto líder en seguridad criptográfica, ha enfatizado repetidamente que la seguridad nunca debe basarse en la oscuridad de un algoritmo, sino en su robustez matemática y el escrutinio público (Schneier, 2021). Si la seguridad de un algoritmo depende de mantener su funcionamiento en secreto, es inherentemente débil porque es vulnerable a la ingeniería inversa o a ser comprometido una vez que se rompe la confidencialidad.
1/3
https://t.me/S_Tominaga/2722
S. Tominaga, alias CSW
19 de marzo de 2025
https://t.me/S_Tominaga/2722
Seguridad, confianza y los conceptos erróneos del movimiento de código abierto
Introducción
La necesidad del código abierto en los sistemas blockchain, en particular en Bitcoin SV (BSV) y Teranode, surge de los principios criptográficos fundamentales, los requisitos de seguridad y la naturaleza filosófica de la confianza basada en la validación. A diferencia de la postura ideológica del movimiento de código abierto GNU, que enmarca la apertura del software como un bien colectivista que prioriza la propiedad comunitaria sobre la innovación privada, la necesidad de código abierto en Bitcoin no se basa en una filosofía política, sino en el requisito criptográfico de verificación. El código abierto, en el contexto de Bitcoin, es una característica práctica y necesaria que garantiza la integridad del sistema, permitiendo a los usuarios validar transacciones de forma independiente, garantizar la inmutabilidad y evitar la manipulación. Sin la capacidad de examinar el código y auditar su ejecución, Bitcoin se convertiría en otro sistema digital controlado centralmente, donde los participantes deben confiar en intermediarios invisibles en lugar de verificar la precisión del sistema por sí mismos.
Este artículo explora por qué Bitcoin SV y Teranode, en consonancia con el diseño original de Bitcoin, deben ser de código abierto, no por una cuestión de pureza ideológica, sino como una necesidad fundamental para la seguridad criptográfica y la confianza económica. Examinará la distinción esencial entre la transparencia de Bitcoin y el movimiento colectivista de código abierto en general, enfatizando que Bitcoin no está en contra de las patentes ni se opone a la propiedad privada del software. En cambio, el código base de Bitcoin debe permanecer abierto para garantizar que sus reglas de consenso permanezcan inviolables y que su red se mantenga resistente al control centralizado. Este requisito es una extensión de los principios fundamentales de la criptografía, tal como se articula en la ley de Kerckhoff, que establece que un sistema seguro no debe depender de la confidencialidad de su diseño, sino únicamente de la confidencialidad de sus claves. Además, este artículo abordará ejemplos históricos de sistemas financieros de código cerrado, incluyendo ciertos proyectos de blockchain, que han colapsado debido a la incapacidad de los usuarios para verificar la integridad de sus transacciones.
Los fundamentos criptográficos del código abierto en Bitcoin
La necesidad de transparencia del código abierto en Bitcoin está profundamente arraigada en la teoría criptográfica. El principio de seguridad criptográfica de Auguste Kerckhoffs, del siglo XIX, establece que «un criptosistema debe ser seguro incluso si todo lo relacionado con el sistema, excepto la clave, es de conocimiento público» (Kerckhoffs, 1883). Este principio sustenta las prácticas criptográficas modernas, incluyendo el diseño de Bitcoin y sus iteraciones posteriores. La dependencia de Bitcoin de la prueba de trabajo, el hash criptográfico y las firmas digitales significa que su modelo de seguridad no se basa en el secreto, sino en la capacidad de cualquier persona para verificar su exactitud. Si Bitcoin fuera de código cerrado, los usuarios no tendrían forma de garantizar que las transacciones se validen correctamente, que las nuevas monedas se emitan de acuerdo con las reglas del protocolo o que no existan vulnerabilidades ocultas en el software.
Bruce Schneier, experto líder en seguridad criptográfica, ha enfatizado repetidamente que la seguridad nunca debe basarse en la oscuridad de un algoritmo, sino en su robustez matemática y el escrutinio público (Schneier, 2021). Si la seguridad de un algoritmo depende de mantener su funcionamiento en secreto, es inherentemente débil porque es vulnerable a la ingeniería inversa o a ser comprometido una vez que se rompe la confidencialidad.
1/3
https://t.me/S_Tominaga/2722
Telegram
CSW S. Tominaga
The Necessity of Open Source in Blockchain
S. Tominaga AKA CSW
Mar 19, 2025
https://x.com/CsTominaga/status/1902280875322306629?t=0vpBwynTttpAhRw5Rw3cCg&s=19
https://t.me/S_Tominaga/2722
S. Tominaga AKA CSW
Mar 19, 2025
https://x.com/CsTominaga/status/1902280875322306629?t=0vpBwynTttpAhRw5Rw3cCg&s=19
https://t.me/S_Tominaga/2722
Bitcoin sigue este principio estrictamente: su algoritmo, reglas de consenso y código fuente deben estar disponibles públicamente para que cualquiera pueda inspeccionarlos y verificarlos. La seguridad a través de la oscuridad no es seguridad en absoluto; es simplemente una táctica dilatoria hasta que se produzca una brecha inevitable. En cambio, la seguridad a través de la verificación garantiza que ninguna entidad pueda manipular el sistema o introducir vulnerabilidades que pasen desapercibidas.
La división filosófica: La transparencia de Bitcoin frente al movimiento de código abierto.
Si bien el código de Bitcoin es abierto, es crucial separar su necesidad de transparencia de los fundamentos ideológicos más amplios del movimiento de código abierto. La filosofía GNU, defendida por Richard Stallman y otros, presenta el software de código abierto como un bien colectivista, argumentando que el software debería estar disponible gratuitamente para todos, sin restricciones de modificación o distribución (Stallman, 1985). Esta visión se opone fundamentalmente a los principios sobre los que opera Bitcoin.
Bitcoin no adopta la apertura como un imperativo moral, ni un rechazo a la propiedad privada; más bien, requiere transparencia porque su modelo de seguridad depende de ella.
A diferencia del movimiento GNU, Bitcoin no es antipatente ni anticomercial. La filosofía GNU argumenta que las patentes de software no deberían existir porque crean barreras artificiales al intercambio de conocimiento (Stallman, 2002). Bitcoin, sin embargo, no rechaza la existencia de la propiedad intelectual; Simplemente reconoce que, para que un sistema monetario descentralizado funcione sin confianza, el código que rige su funcionamiento debe estar abierto a todos para su verificación. No hay colectivismo ideológico en la transparencia de Bitcoin, solo la necesidad de garantizar que ningún actor central pueda cambiar las reglas arbitrariamente.
Fallos históricos de las cadenas de bloques y los sistemas financieros de código cerrado
La necesidad de verificación de código abierto en Bitcoin se hace aún más evidente al examinar casos históricos de sistemas financieros que fracasaron debido a la falta de transparencia. Uno de los ejemplos más infames es el colapso de OneCoin, que se promocionaba como una criptomoneda, pero operaba como un esquema Ponzi (Bartlett, 2021). A diferencia de Bitcoin, OneCoin nunca publicó su código fuente ni proporcionó un libro de contabilidad abierto y verificable. Los usuarios no tenían forma de confirmar si las transacciones eran reales o inventadas, ni podían validar el suministro de OneCoins existentes. Para cuando el esquema colapsó, se habían perdido miles de millones de dólares, lo que subraya el problema fundamental de los sistemas financieros de código cerrado: exigen confianza ciega en lugar de pruebas criptográficas. De forma similar, varios otros proyectos de blockchain han intentado introducir modificaciones propietarias, restringiendo al mismo tiempo el acceso público a su código fuente. En muchos casos, esto ha generado vulnerabilidades que no se descubrieron hasta que ya se habían producido daños significativos. Una blockchain de código cerrado frustra el propósito mismo de la descentralización al crear un entorno donde solo unos pocos privilegiados tienen conocimiento del verdadero funcionamiento del sistema. Bitcoin fue diseñado explícitamente para evitar esta situación.
Bitcoin SV y Teranode: El rol del código abierto en el escalamiento
A medida que Bitcoin SV continúa escalando hacia la adopción empresarial, la importancia del código abierto se acentúa aún más.
2/3
https://t.me/S_Tominaga/2722
La división filosófica: La transparencia de Bitcoin frente al movimiento de código abierto.
Si bien el código de Bitcoin es abierto, es crucial separar su necesidad de transparencia de los fundamentos ideológicos más amplios del movimiento de código abierto. La filosofía GNU, defendida por Richard Stallman y otros, presenta el software de código abierto como un bien colectivista, argumentando que el software debería estar disponible gratuitamente para todos, sin restricciones de modificación o distribución (Stallman, 1985). Esta visión se opone fundamentalmente a los principios sobre los que opera Bitcoin.
Bitcoin no adopta la apertura como un imperativo moral, ni un rechazo a la propiedad privada; más bien, requiere transparencia porque su modelo de seguridad depende de ella.
A diferencia del movimiento GNU, Bitcoin no es antipatente ni anticomercial. La filosofía GNU argumenta que las patentes de software no deberían existir porque crean barreras artificiales al intercambio de conocimiento (Stallman, 2002). Bitcoin, sin embargo, no rechaza la existencia de la propiedad intelectual; Simplemente reconoce que, para que un sistema monetario descentralizado funcione sin confianza, el código que rige su funcionamiento debe estar abierto a todos para su verificación. No hay colectivismo ideológico en la transparencia de Bitcoin, solo la necesidad de garantizar que ningún actor central pueda cambiar las reglas arbitrariamente.
Fallos históricos de las cadenas de bloques y los sistemas financieros de código cerrado
La necesidad de verificación de código abierto en Bitcoin se hace aún más evidente al examinar casos históricos de sistemas financieros que fracasaron debido a la falta de transparencia. Uno de los ejemplos más infames es el colapso de OneCoin, que se promocionaba como una criptomoneda, pero operaba como un esquema Ponzi (Bartlett, 2021). A diferencia de Bitcoin, OneCoin nunca publicó su código fuente ni proporcionó un libro de contabilidad abierto y verificable. Los usuarios no tenían forma de confirmar si las transacciones eran reales o inventadas, ni podían validar el suministro de OneCoins existentes. Para cuando el esquema colapsó, se habían perdido miles de millones de dólares, lo que subraya el problema fundamental de los sistemas financieros de código cerrado: exigen confianza ciega en lugar de pruebas criptográficas. De forma similar, varios otros proyectos de blockchain han intentado introducir modificaciones propietarias, restringiendo al mismo tiempo el acceso público a su código fuente. En muchos casos, esto ha generado vulnerabilidades que no se descubrieron hasta que ya se habían producido daños significativos. Una blockchain de código cerrado frustra el propósito mismo de la descentralización al crear un entorno donde solo unos pocos privilegiados tienen conocimiento del verdadero funcionamiento del sistema. Bitcoin fue diseñado explícitamente para evitar esta situación.
Bitcoin SV y Teranode: El rol del código abierto en el escalamiento
A medida que Bitcoin SV continúa escalando hacia la adopción empresarial, la importancia del código abierto se acentúa aún más.
2/3
https://t.me/S_Tominaga/2722
Telegram
CSW S. Tominaga
The Necessity of Open Source in Blockchain
S. Tominaga AKA CSW
Mar 19, 2025
https://x.com/CsTominaga/status/1902280875322306629?t=0vpBwynTttpAhRw5Rw3cCg&s=19
https://t.me/S_Tominaga/2722
S. Tominaga AKA CSW
Mar 19, 2025
https://x.com/CsTominaga/status/1902280875322306629?t=0vpBwynTttpAhRw5Rw3cCg&s=19
https://t.me/S_Tominaga/2722
El desarrollo de Teranode representa un cambio fundamental en el diseño de la infraestructura de Bitcoin, permitiendo el procesamiento masivo de transacciones paralelas, manteniendo al mismo tiempo los principios básicos del modelo de seguridad de Bitcoin (BSV Association, 2023). Sin acceso al código abierto, las empresas y los desarrolladores no tendrían forma de verificar si Teranode mantiene la fidelidad al protocolo original de Bitcoin.
La transparencia en Teranode garantiza que su arquitectura sea resistente a modificaciones ocultas que podrían comprometer la seguridad o cambiar los incentivos económicos. Las empresas que utilizan BSV pueden verificar de forma independiente que las transacciones se procesan según lo previsto, en lugar de depender de proveedores de software propietario cuyo código no puede auditarse. Este compromiso con la apertura garantiza que Bitcoin SV siga siendo un sistema confiable, donde las reglas son aplicadas por el propio protocolo y no por intermediarios.
Conclusión: La absoluta necesidad del código abierto en Bitcoin
La naturaleza de código abierto de Bitcoin no es producto de los principios ideológicos del movimiento de código abierto, sino una necesidad fundamental para mantener su seguridad e integridad. A diferencia de las visiones colectivistas que abogan por la apertura del software como principio, la transparencia de Bitcoin cumple una función estrictamente práctica: garantiza que cada participante pueda verificar la corrección del sistema de forma independiente. La seguridad mediante la verificación, no mediante el secreto, es el principio rector del diseño de Bitcoin.
Casos históricos como el de OneCoin y otros fallos de blockchain de código cerrado demuestran que cuando los usuarios no pueden auditar el sistema, el fraude y la manipulación se vuelven inevitables. Bitcoin SV y Teranode mantienen este compromiso con la transparencia, garantizando que el sistema se mantenga seguro, escalable y resistente al control central.
Malinterpretar la apertura de Bitcoin como una extensión de la filosofía GNU es malinterpretar fundamentalmente su propósito. Bitcoin no está en contra de las patentes ni rechaza la legitimidad de la propiedad intelectual. Su apertura es una característica de seguridad, no una declaración política. La única manera de garantizar la integridad de un sistema monetario descentralizado es que sus reglas sean totalmente transparentes y verificables por todos. Cualquier alternativa que no sea de código abierto privaría a Bitcoin de sentido, transformándolo en otro sistema financiero centralizado donde la confianza reemplaza la verificación.
Referencias
Bartlett, J. (2021). La gente contra la tecnología: Cómo Internet está matando la democracia (y cómo la salvamos). Ebury Press.
Asociación BSV. (2023). Estándares y directrices técnicas para la integridad de la cadena de bloques. Documentos técnicos de la BSV.
Kerckhoffs, A. (1883). La criptografía militar. Journal des Sciences Militaires, 9, 5–83.
Schneier, B. (2021). Secretos y mentiras: Seguridad digital en un mundo en red. Wiley.
Stallman, R. (1985). El Manifiesto GNU. Free Software Foundation.
Stallman, R. (2002). Software Libre, Sociedad Libre: Ensayos Seleccionados de Richard M. Stallman. GNU Press.
3/3
https://t.me/S_Tominaga/2722
La transparencia en Teranode garantiza que su arquitectura sea resistente a modificaciones ocultas que podrían comprometer la seguridad o cambiar los incentivos económicos. Las empresas que utilizan BSV pueden verificar de forma independiente que las transacciones se procesan según lo previsto, en lugar de depender de proveedores de software propietario cuyo código no puede auditarse. Este compromiso con la apertura garantiza que Bitcoin SV siga siendo un sistema confiable, donde las reglas son aplicadas por el propio protocolo y no por intermediarios.
Conclusión: La absoluta necesidad del código abierto en Bitcoin
La naturaleza de código abierto de Bitcoin no es producto de los principios ideológicos del movimiento de código abierto, sino una necesidad fundamental para mantener su seguridad e integridad. A diferencia de las visiones colectivistas que abogan por la apertura del software como principio, la transparencia de Bitcoin cumple una función estrictamente práctica: garantiza que cada participante pueda verificar la corrección del sistema de forma independiente. La seguridad mediante la verificación, no mediante el secreto, es el principio rector del diseño de Bitcoin.
Casos históricos como el de OneCoin y otros fallos de blockchain de código cerrado demuestran que cuando los usuarios no pueden auditar el sistema, el fraude y la manipulación se vuelven inevitables. Bitcoin SV y Teranode mantienen este compromiso con la transparencia, garantizando que el sistema se mantenga seguro, escalable y resistente al control central.
Malinterpretar la apertura de Bitcoin como una extensión de la filosofía GNU es malinterpretar fundamentalmente su propósito. Bitcoin no está en contra de las patentes ni rechaza la legitimidad de la propiedad intelectual. Su apertura es una característica de seguridad, no una declaración política. La única manera de garantizar la integridad de un sistema monetario descentralizado es que sus reglas sean totalmente transparentes y verificables por todos. Cualquier alternativa que no sea de código abierto privaría a Bitcoin de sentido, transformándolo en otro sistema financiero centralizado donde la confianza reemplaza la verificación.
Referencias
Bartlett, J. (2021). La gente contra la tecnología: Cómo Internet está matando la democracia (y cómo la salvamos). Ebury Press.
Asociación BSV. (2023). Estándares y directrices técnicas para la integridad de la cadena de bloques. Documentos técnicos de la BSV.
Kerckhoffs, A. (1883). La criptografía militar. Journal des Sciences Militaires, 9, 5–83.
Schneier, B. (2021). Secretos y mentiras: Seguridad digital en un mundo en red. Wiley.
Stallman, R. (1985). El Manifiesto GNU. Free Software Foundation.
Stallman, R. (2002). Software Libre, Sociedad Libre: Ensayos Seleccionados de Richard M. Stallman. GNU Press.
3/3
https://t.me/S_Tominaga/2722
👏1
S. Tominaga AKA CSW
Mar 23, 2025
https://x.com/CsTominaga/status/1903748313733853479
https://t.me/S_Tominaga/2726
Mar 23, 2025
https://x.com/CsTominaga/status/1903748313733853479
https://t.me/S_Tominaga/2726
Imagine ranting on and on about a system that's completely useless to nearly everyone, built for nothing but hollow vanity, something that betrays every single idea Bitcoin was designed around—small transactions, practical value, real-world fucking use—and yet still insisting, with blind stupidity, that it serves some higher purpose.
Imagine shouting into the void, declaring proudly that complexity without meaning is purpose, that obscurity is brilliance, that empty promises somehow matter more than hard, honest practicality.
That’s not vision, that's delusion—the pathetic ranting of someone who neutered reason itself.
S. Tominaga AKA CSW
Mar 23, 2025
https://x.com/CsTominaga/status/1903748313733853479
https://t.me/S_Tominaga/2726
Imagine shouting into the void, declaring proudly that complexity without meaning is purpose, that obscurity is brilliance, that empty promises somehow matter more than hard, honest practicality.
That’s not vision, that's delusion—the pathetic ranting of someone who neutered reason itself.
S. Tominaga AKA CSW
Mar 23, 2025
https://x.com/CsTominaga/status/1903748313733853479
https://t.me/S_Tominaga/2726
X (formerly Twitter)
S Tominaga (@CsTominaga) on X
Imagine ranting on and on about a system that's completely useless to nearly everyone, built for nothing but hollow vanity, something that betrays every single idea Bitcoin was designed around—small transactions, practical value, real-world fucking use—and…
Imagina despotricar sin parar sobre un sistema completamente inútil para casi todos, creado solo para la vanidad, algo que traiciona cada una de las ideas en torno a las cuales se diseñó Bitcoin (pequeñas transacciones, valor práctico, uso en el mundo real) y, aun así, insistir, con ciega estupidez, en que tiene un propósito superior.
Imagina gritar al vacío, declarando con orgullo que la complejidad sin sentido es propósito, que la oscuridad es brillantez, que las promesas vacías de alguna manera importan más que la practicidad pura y honesta.
Eso no es visión, es delirio: el patético despotricamiento de alguien que neutralizó la razón misma.
S. Tominaga, alias CSW
23 de marzo de 2025
https://x.com/CsTominaga/status/1903748313733853479
https://t.me/S_Tominaga/2726
Imagina gritar al vacío, declarando con orgullo que la complejidad sin sentido es propósito, que la oscuridad es brillantez, que las promesas vacías de alguna manera importan más que la practicidad pura y honesta.
Eso no es visión, es delirio: el patético despotricamiento de alguien que neutralizó la razón misma.
S. Tominaga, alias CSW
23 de marzo de 2025
https://x.com/CsTominaga/status/1903748313733853479
https://t.me/S_Tominaga/2726
X (formerly Twitter)
S Tominaga (@CsTominaga) on X
Imagine ranting on and on about a system that's completely useless to nearly everyone, built for nothing but hollow vanity, something that betrays every single idea Bitcoin was designed around—small transactions, practical value, real-world fucking use—and…
Forwarded from Podcast PERSONAL Cuadernos NoteBookLM
Código_Abierto_Necesidad_Criptográfica_en_Blockchain_Craig_S_Wright.wav
31.3 MB
Código Abierto: Necesidad Criptográfica en Blockchain (Craig S. Wright)
( 11:24 Min.) https://notebooklm.google.com/notebook/6f91cf04-671e-4139-b5e6-e72451502e56/audio
El texto, titulado "La necesidad del código abierto en blockchain" por Craig S. Wright, argumenta que el código abierto es fundamental para la seguridad e integridad de los sistemas blockchain, particularmente Bitcoin SV y Teranode. A diferencia de la filosofía del movimiento de código abierto GNU, que enfatiza la propiedad comunitaria, la apertura en Bitcoin se basa en la necesidad criptográfica de verificación independiente por los usuarios. El artículo destaca que la transparencia del código permite auditar transacciones y prevenir la manipulación, contrastándolo con los fracasos históricos de blockchains y sistemas financieros de código cerrado donde la falta de verificación llevó a fraudes...
fuente.
https://es.ramonquesada.com/espanol-es/la-necesidad-del-codigo-abierto-en-blockchain-por-craig-s-wright/
( 11:24 Min.) https://notebooklm.google.com/notebook/6f91cf04-671e-4139-b5e6-e72451502e56/audio
El texto, titulado "La necesidad del código abierto en blockchain" por Craig S. Wright, argumenta que el código abierto es fundamental para la seguridad e integridad de los sistemas blockchain, particularmente Bitcoin SV y Teranode. A diferencia de la filosofía del movimiento de código abierto GNU, que enfatiza la propiedad comunitaria, la apertura en Bitcoin se basa en la necesidad criptográfica de verificación independiente por los usuarios. El artículo destaca que la transparencia del código permite auditar transacciones y prevenir la manipulación, contrastándolo con los fracasos históricos de blockchains y sistemas financieros de código cerrado donde la falta de verificación llevó a fraudes...
fuente.
https://es.ramonquesada.com/espanol-es/la-necesidad-del-codigo-abierto-en-blockchain-por-craig-s-wright/
👍1
S. Tominaga AKA CSW
Mar 24, 2025
https://x.com/CsTominaga/status/1904055593704513806?t=M4fyB6hkvTTLOzwyqafNLA&s=19
https://t.me/S_Tominaga/2732
Mar 24, 2025
https://x.com/CsTominaga/status/1904055593704513806?t=M4fyB6hkvTTLOzwyqafNLA&s=19
https://t.me/S_Tominaga/2732