CSW S. Tominaga (2024 07) fin COPA
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CSW S. Tominaga (2024 07)
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oʇoɯɐʞɐN ᴉɥsoʇɐS

18 de julio de 2026
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CSW Constitutional Observer (feb 2026)
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La postura moral del libro es que a un niño no le sirve mentirle. Le sirve enseñarle. A una sociedad no le sirve fingir que existe competencia. Le sirve producirla. Una civilización no se sustenta en sentimientos. Se sustenta en conocimiento, capacidad y carácter; carácter definido no como obediencia, sino como la voluntad de afrontar la realidad y actuar en consecuencia.

Sowell no argumenta que todos los estudiantes tengan los mismos talentos. Argumenta que el sistema no debería castigar el talento como si fuera una ofensa. No debería tratar la excelencia como elitismo, la ambición como arrogancia ni la disciplina como opresión. En una sociedad sana, esas cualidades son virtudes. Son los medios por los cuales una persona se gana el derecho a su propia vida.

El papel de los padres, la cultura y la responsabilidad

Otra razón por la que el libro es valioso es que se niega a halagar al público con mentiras reconfortantes. No les dice a los padres que el estado los reemplazará. No les dice a los estudiantes que el mundo les debe calificaciones. No les dice a las comunidades que la cultura no importa. Insiste, silenciosa pero inequívocamente, en que la responsabilidad es real.

Esto ofenderá a quienes buscan un único villano. Molestará a quienes exigen que cada diferencia humana se atribuya a la opresión externa. La perspectiva de Sowell es que la cultura, las expectativas, los hábitos y las decisiones familiares tienen consecuencias, y que fingir lo contrario no es compasión. Es sabotaje. Un niño cuyo entorno no inculca disciplina no está "liberado". Es discapacitado. Una escuela que se niega a insistir en el esfuerzo no es "inclusiva". Abandona precisamente a los estudiantes que más necesitan insistencia.

Y el libro plantea otro punto incómodo: el sistema educativo a menudo utiliza a los niños desfavorecidos como rehenes morales, invocados retóricamente y luego sacrificados en la práctica. Quienes primero sufren por la reducción de los estándares y las aulas caóticas no son los ricos. Los ricos pueden comprar alternativas. Los pobres no. Por lo tanto, las políticas que se venden como igualitarias a menudo profundizan la estratificación.

Estilo, tono y postura intelectual

El estilo de Sowell es agudo, conciso y nada romántico. No cae en el vicio académico moderno de la oscuridad: la creencia de que un pensamiento se vuelve más profundo cuando se vuelve menos claro. Escribe como alguien que espera que las palabras signifiquen algo. Eso por sí solo es una reprimenda.

El tono del libro no es desesperanzado. Es iracundo, en el sentido adecuado: iracundo ante el despilfarro, el fraude, la destrucción del potencial, la presunción de quienes arruinan vidas mientras se proclaman virtuosos. Hay una claridad moral tras el análisis: la creencia de que la verdad importa más que la reputación, que los resultados importan más que la retórica, que la mente no es un recurso político que se pueda gestionar, sino un instrumento de supervivencia individual.

Dónde el libro puede frustrar a algunos lectores

Si uno busca una solución política única y milagrosa, este libro no la ofrece. Sowell está diagnosticando una cultura y una estructura de incentivos más que redactando un proyecto legislativo. Esto es tanto una fortaleza como una limitación. Su punto fuerte es que aborda las causas fundamentales: las ideas que impulsan el comportamiento institucional. La limitación radica en que los lectores impacientes por recetas paso a paso podrían preferir un diseño de programa más explícito.

3/4
S. Tominaga, también conocido como CSW
3 de enero de 2026
https://x.com/i/status/2010695873790197961

https://t.me/S_Tominaga/5183
Pero el problema de fondo es que ninguna solución técnica puede curar una enfermedad filosófica. Si una institución se compromete con la premisa de que los sentimientos prevalecen sobre los hechos, toda reforma se inclinará hacia los sentimientos. Si se compromete con la premisa de que los resultados desiguales son automáticamente injustos, saboteará la excelencia. Si se compromete con la premisa de que el individuo existe para el colectivo, tratará a los capaces como recursos y a los que luchan como apoyos. Esos no son problemas administrativos.

Son premisas morales. Sowell tiene razón al apuntar hacia ahí.

3 de 4.

Veredicto

Este libro es serio porque aborda la educación como una cuestión de razón, no de ritual. No es una canción de cuna para padres. No es una estrategia profesional para administradores. No es un panfleto de compasión de moda. Es un desmantelamiento de las excusas que permiten a todo un sistema evadir responsabilidades mientras se atribuyen virtud.

No te hará popular en cenas donde la gente confunde benevolencia con ceguera. No tranquilizará a quien quiera creer que las buenas intenciones garantizan buenos resultados. Sin embargo, te armará con lo único que importa en cualquier lucha por la civilización: la claridad.

Si la educación ha de salvarse, no se salvará con eslóganes sobre "equidad" ni con la reinvención incesante de la jerga. Se salvará restaurando la primacía del conocimiento, la legitimidad de los estándares, el derecho moral de la excelencia a existir sin complejos y la simple verdad de que la mente no es propiedad del Estado, del consejo escolar ni de la última moda ideológica.

Se salvará si tratamos a los estudiantes como futuros adultos: capaces de pensar, dignos de la verdad y responsables de su esfuerzo.

Ese es el estándar que exige este libro. Y por eso vale la pena leerlo.

Fin.

4/4
S. Tominaga, también conocido como CSW
12 de enero de 2026
https://x.com/i/status/2010695873790197961

https://t.me/S_Tominaga/5183
La Educación como Fachada Moral: El Realismo de Sowell
(Audio 25 min)

Esta reseña analiza la obra de Thomas Sowell como una crítica mordaz al sistema educativo moderno, denunciando que las instituciones han sustituido la búsqueda del conocimiento por un teatro de moralidad y corrección política. El autor sostiene que las escuelas priorizan la autoestima y la ideología sobre el rigor académico, lo cual perjudica especialmente a los estudiantes más vulnerables al eliminar el mérito como herramienta de progreso. A través de un enfoque realista, se expone cómo la burocracia educativa utiliza la retórica de la compasión para ocultar su mediocridad y evadir la rendición de cuentas por sus malos resultados. El texto enfatiza que la verdadera educación debe centrarse en fortalecer la mente individual, restaurando la importancia de los hechos y la disciplina frente a los eslóganes sentimentales. Finalmente, se presenta el libro no como un manual de políticas, sino como un desmantelamiento filosófico de los incentivos corruptos que gobiernan la enseñanza actual.

fuente:
S. Tominaga, también conocido como CSW
12 de enero de 2026
https://x.com/i/status/2010695873790197961

https://t.me/S_Tominaga/5183

https://notebooklm.google.com/notebook/a060999f-7815-4d1c-84f8-48d7489b0c9e?authuser=7
Audio
La Educación como Fachada Moral: El Realismo de Sowell
(Audio 25 min)

La obra de Thomas Sowell como una crítica mordaz al sistema educativo moderno, denunciando que las instituciones han sustituido la búsqueda del conocimiento por un teatro de moralidad y corrección política. El autor sostiene que las escuelas priorizan la autoestima y la ideología sobre el rigor académico, lo cual perjudica especialmente a los estudiantes más vulnerables al eliminar el mérito como herramienta de progreso. A través de un enfoque realista, se expone cómo la burocracia educativa utiliza la retórica de la compasión para ocultar su mediocridad y evadir la rendición de cuentas por sus malos resultados. El texto enfatiza que la verdadera educación debe centrarse en fortalecer la mente individual, restaurando la importancia de los hechos y la disciplina frente a los eslóganes sentimentales.

fuente: CSW
12 01 2026
https://t.me/S_Tominaga/5183

https://notebooklm.google.com/notebook/a060999f-7815-4d1c-84f8-48d7489b0c9e?authuser=7
I’ve been in Asia for nearly two years now, and it isn’t some indulgent “escape” or a fashionable reinvention. There are reasons. One is straightforward: my wife’s family. Another is less sentimental and more practical—Asia is one of the few places left where you can still watch systems operate from the ground up, where you can see real logistics, real markets, real constraints, real improvisation, and real competence without everything being smothered under layers of institutional theatre.

If you spend your life in Europe or America, you learn a great deal about rules, committees, narratives, and people who specialise in calling meetings about outcomes. You do not, as a rule, learn much about how things work at the grassroots when no one is paid to pretend they do. Out here, you can learn the parts that are never on the syllabus: how people actually build, trade, plant, fix, make do, and adapt. If you’re trying to understand the real world rather than the brochure version of it, you pay attention to environments where the brochure isn’t the primary industry.

That’s part of why I’m here. The other part is that I have projects that require exactly this kind of context. I’m working on a number of research projects, and one of them—oddly enough—looks like the least academic one from a distance: my farm. It’s not a hobby. It’s not cosplay. It’s an agricultural experiment, a live system, something I intend to refine and document and, if I get it right, something I’d like to see replicated in years to come. The entire point is to test ideas in physical reality rather than in a PowerPoint that ends with “further research is needed.”

There’s something refreshing about a domain where the earth keeps score. You don’t get to bluff soil. You don’t get to “narrative” your way through irrigation. You don’t get to announce a “framework” and then quietly re-label failure as progress. Either it works, or it doesn’t. That’s a kind of honesty the modern professional class has almost forgotten.

But this isn’t permanent. The irony is that this period of living in what people like to call “the developing world” has been one of the most direct engagements with reality I’ve had in a long time. And after it, I’ll be going back to what I’ll call—without romance—the real world: the West, with its money, its institutions, its politics, its moral panics, its endless arguments about abstractions, and its talent for turning simple questions into permanent bureaucracy.

The choice remains either Europe or the United States. I’ve lived long enough and watched enough to be under no illusion about either. Europe has immense cultural weight and a history that still matters, but it also has a growing habit of confusing regulation with virtue, and administration with achievement. The United States has all the failings everyone knows it has—loudness, vulgarity, internal contradictions, and a talent for exporting its domestic neuroses as global policy. But everything, the way things are going, points more towards America. There is still a pulse there—still room for building, still room for ambition that isn’t apologetic, still room for people who can do something rather than merely comment on it.

When that move happens, the long-term plan is simple, even if the road to it has been anything but. I will go back to teaching.

...

S. Tominaga, AKA CSW
Jan. 10, 2026
https://x.com/i/status/2009866331726975396

https://t.me/S_Tominaga/5197
He estado en Asia durante casi dos años, y no es una “escapada” indulgente ni una reinvención de moda. Hay razones. Una es sencilla: la familia de mi esposa. La otra es menos sentimental y más práctica: Asia es uno de los pocos lugares que quedan donde todavía puedes ver los sistemas funcionar desde abajo, donde puedes observar logística real, mercados reales, restricciones reales, improvisación real y competencia real, sin que todo quede asfixiado bajo capas de teatro institucional.

Si pasas la vida en Europa o en Estados Unidos, aprendes mucho sobre normas, comités, relatos y gente especializada en convocar reuniones sobre resultados. No aprendes, por regla general, mucho sobre cómo funcionan las cosas a ras de suelo cuando nadie cobra por fingir que funcionan. Aquí puedes aprender las partes que nunca aparecen en el plan de estudios: cómo la gente realmente construye, comercia, siembra, arregla, se las arregla y se adapta. Si intentas entender el mundo real y no su versión de folleto, prestas atención a entornos donde el folleto no es la industria principal.

Esa es parte de la razón por la que estoy aquí. La otra es que tengo proyectos que requieren exactamente este tipo de contexto. Estoy trabajando en varios proyectos de investigación, y uno de ellos —curiosamente— parece el menos académico visto desde fuera: mi granja. No es un hobby. No es cosplay. Es un experimento agrícola, un sistema vivo, algo que pienso perfeccionar y documentar y, si lo hago bien, algo que me gustaría ver replicado en los próximos años. El objetivo entero es poner a prueba ideas en la realidad física y no en un PowerPoint que termina con “se necesita más investigación”.

Hay algo refrescante en un ámbito donde la tierra lleva la cuenta. No puedes engañar al suelo. No puedes “narrativizar” el riego. No puedes anunciar un “marco” y luego rebautizar discretamente el fracaso como progreso. O funciona, o no funciona. Ese tipo de honestidad es algo que la clase profesional moderna casi ha olvidado.

Pero esto no es permanente. La ironía es que este periodo de vivir en lo que a la gente le gusta llamar “el mundo en desarrollo” ha sido uno de los contactos más directos con la realidad que he tenido en mucho tiempo. Y después de esto, volveré a lo que llamaré —sin romanticismo— el mundo real: Occidente, con su dinero, sus instituciones, su política, sus pánicos morales, sus interminables discusiones sobre abstracciones y su talento para convertir preguntas simples en burocracia permanente.

La elección sigue siendo entre Europa o Estados Unidos. He vivido lo suficiente y he observado lo suficiente como para no hacerme ilusiones sobre ninguno de los dos. Europa tiene un peso cultural inmenso y una historia que todavía importa, pero también tiene una costumbre creciente de confundir la regulación con la virtud y la administración con el logro. Estados Unidos tiene todos los defectos que todo el mundo conoce —estridencia, vulgaridad, contradicciones internas y un talento para exportar sus neurosis domésticas como política global—. Pero todo, tal y como van las cosas, apunta más hacia Estados Unidos. Todavía hay pulso allí: todavía hay espacio para construir, todavía hay espacio para una ambición que no pide disculpas, todavía hay sitio para gente que puede hacer algo en lugar de limitarse a comentarlo.

Cuando se produzca ese movimiento, el plan a largo plazo es sencillo, aunque el camino hasta él haya sido cualquier cosa menos eso. Volveré a enseñar.

...

S. Tominaga, AKA CSW
Jan. 10, 2026
https://x.com/i/status/2009866331726975396

https://t.me/S_Tominaga/5197
I have started Muay Boran.

Not as a hobby. Not as fitness. Not as some sanitised weekend ritual where men pretend danger while counting calories and posting smiles. I started it because it is what remains when sport is stripped away and only intent is left.

Muay Thai is a ring craft now. Rules. Rounds. Doctors. Gloves. Referees whose job is to stop men before they finish what they started. I did it. I respected it. I learned it. And then I stopped. Not because I softened, but because the ring is no longer mine. My doctor made that decision with scans and language and liability, and that chapter closed without ceremony.

Muay Boran does not care.

It predates the ring, the crowd, the applause, and the fantasy that violence can be made polite. It was not built to win points or entertain drunk tourists. It was built to end threats. Quickly. Permanently if required. It is an art of war in the only sense that matters: it exists to disable another human being who intends you harm.

There is no romance in it. No “journey”. No safe narrative arc. It is not about self-expression or mindfulness or finding your inner child. It is about elbows driven into throats, knees used as tools, joints destroyed because they are there to be destroyed. It is about understanding the body as a system that can be shut down.

People who speak of it softly do not understand it.

This is not a sport you grow out of. It is a discipline you grow into when illusions are burned away. When you no longer need permission to acknowledge what men have always known: violence is not an aberration of civilisation, it is one of its foundations. States are built on it. Law is enforced by it. Peace exists because someone, somewhere, is willing to break another man if required.

Muay Boran does not apologise for this. It does not moralise. It does not pretend that “everyone wins”. It assumes conflict as a fact, not a failure.

I am not doing this to prove anything. I am too old for that, and too aware of my limits to pretend otherwise. I am doing it because precision matters. Because understanding how to end a fight matters. Because discipline without delusion is the only honest discipline left.

This is not about being dangerous. It is about being capable. A dangerous man is often sloppy, emotional, loud. A capable man is quiet, controlled, and understands exactly what he can and cannot do.

Muay Boran teaches that distinction brutally.

There is no belt that saves you. No crowd that lifts you. No referee that rescues you. There is only technique forged for survival, and the understanding that if you ever use it, you have crossed a line that cannot be uncrossed.

That knowledge sharpens everything.

I have no interest in sanitising this for public comfort. Comfort has made people soft, and softness has made them dishonest. This art does not exist to be liked. It exists because history required it to exist.

And I am done pretending that this offends me.

I am not fighting in a ring anymore. I am studying something older, harsher, and far more truthful. An art that does not care about opinions, optics, or applause.

An art with one purpose.

And that is enough.

S. Tominaga, AKA CSW
Jan. 16, 2026
https://x.com/i/status/2009866331726975396

https://t.me/S_Tominaga/5199
Empecé el Muay Boran.

No como un hobby. No como una forma de hacer ejercicio. No como un ritual de fin de semana donde los hombres fingen peligro mientras cuentan calorías y publican sonrisas. Empecé porque es lo que queda cuando se elimina el deporte y solo queda la intención.

El Muay Thai ahora es un arte en el ring. Reglas. Rounds. Médicos. Guantes. Árbitros cuyo trabajo es detener a los hombres antes de que terminen lo que empezaron. Lo hice. Lo respeté. Lo aprendí. Y luego lo dejé. No porque me ablandara, sino porque el ring ya no es mío. Mi médico tomó esa decisión con escáneres, lenguaje y responsabilidad, y ese capítulo se cerró sin ceremonias.

Al Muay Boran no le importa.

Es anterior al ring, al público, a los aplausos y a la fantasía de que la violencia se puede volver educada. No se creó para ganar puntos ni para entretener a turistas borrachos. Se creó para acabar con las amenazas. Rápidamente. Para siempre si es necesario. Es un arte de guerra en el único sentido que importa: existe para incapacitar a otro ser humano que intenta hacerte daño.

No hay romance en ello. No hay un "viaje". No hay un arco narrativo seguro. No se trata de autoexpresión, ni de atención plena, ni de encontrar a tu niño interior. Se trata de codazos en gargantas, rodillas usadas como herramientas, articulaciones destruidas porque están ahí para ser destruidas. Se trata de entender el cuerpo como un sistema que puede ser desactivado.

Quienes hablan de ello con suavidad no lo entienden.

Este no es un deporte que se deja atrás con la edad. Es una disciplina que se adquiere cuando las ilusiones se desvanecen. Cuando ya no necesitas permiso para reconocer lo que los hombres siempre han sabido: la violencia no es una aberración de la civilización, es uno de sus cimientos. Los estados se construyen sobre ella. La ley se impone gracias a ella. La paz existe porque alguien, en algún lugar, está dispuesto a doblegar a otro si es necesario.

El Muay Boran no se disculpa por esto. No moraliza. No pretende que "todos ganen". Asume el conflicto como un hecho, no como un fracaso.

No hago esto para demostrar nada. Soy demasiado viejo para eso y demasiado consciente de mis límites como para fingir lo contrario. Lo hago porque la precisión importa. Porque entender cómo terminar una pelea importa. Porque la disciplina sin engaños es la única disciplina honesta que queda.

No se trata de ser peligroso. Se trata de ser capaz. Un hombre peligroso suele ser descuidado, emocional y ruidoso. Un hombre capaz es tranquilo, controlado y entiende exactamente lo que puede y no puede hacer.

El Muay Boran enseña esa distinción brutalmente.

No hay cinturón que te salve. No hay público que te levante. No hay árbitro que te rescate. Solo hay técnica forjada para la supervivencia y la comprensión de que si alguna vez la usas, has cruzado una línea infranqueable.

Ese conocimiento lo agudiza todo.

No tengo ningún interés en suavizar esto para la comodidad del público. La comodidad ha ablandado a la gente, y la ablandamiento la ha vuelto deshonesta. Este arte no existe para agradar. Existe porque la historia así lo exigió.

Y ya no finjo que esto me ofende.

Ya no lucho en un ring. Estudio algo más antiguo, más duro y mucho más verdadero. Un arte que no se preocupa por opiniones, apariencias ni aplausos.

Un arte con un solo propósito.

Y eso basta.

S. Tominaga, también conocido como CSW
16 de enero de 2026
https://x.com/i/status/2009866331726975396

https://t.me/S_Tominaga/5199
Oh, for heaven’s sake. I do not know why I do this to myself. I know what Hegel is like. I know the syrupy solemnity, the fog of capital letters, the little ritual in which a simple thought is dressed up as a cathedral and then locked from the inside. And yet here I am again, pressing play, consenting—gratefully, even—to get through all of his crap, one grandly numbered sentence at a time, like a man paying a tax he despises but refuses to evade on principle.

The particular torment on offer is Philosophy of Mind, and—because modern life insists on adding irony to injury—I encountered it as an audiobook. The cover tells me it is read by Peter Wickham and issued by Ukemi Audiobooks. The chapter marker I can honestly claim to have in front of me is “a. Physical Qualities”, a title that promises sobriety and tends, in Hegel’s hands, to deliver metaphysical bureaucracy: an office in which every sensation must queue for a stamp proving it exists.

A review of Hegel has to begin with a confession. The man is not stupid; he is, in a sense, too clever by half, and in another sense too clever by whole. He has the habits of a mind that cannot bear to leave anything merely where it is. A simple fact is never permitted to remain a simple fact; it must be “sublated”, reorganised, promoted, retired, and then reintroduced under a more impressive name. This is not merely a style; it is a moral posture. It is the posture of someone who regards clarity as a vulgar convenience, like unlabelled drawers or honest mirrors.

And yet, the greatest lure of this book—the reason one returns to it despite knowing better—is that Hegel does not write small. He does not offer a timid little philosophy with its hat in its hand. He offers a system, and a system is at least a form of courage. One can despise the conclusions and still admire the audacity of attempting a complete account of mind, not as a pile of inner episodes but as something that has structure, stages, and a logic to its development. Most modern writing about mind reads like gossip about the brain. Hegel, at least, tries to write a constitution.

The trouble is that he treats consciousness as though it ought to behave like a committee.

At the point signposted by “Physical Qualities”, the work leans into a classical ambition: to show how what seems immediate—colour, sound, warmth, hardness—belongs to a more organised picture of experience. Hegel will not allow “red” to be simply red. He will insist that what appears as a brute given is, when properly understood, already shaped by the form of apprehension, already set within relations, already dependent on a subject that is not a passive bucket receiving impressions but an active principle. The impulse here is not contemptible. A mind that merely registers is not a mind; it is a measuring instrument. There is, in this insistence, a faint and almost accidental respect for the idea that the human being is not a spectator of reality but a participant in the act of knowing it.

But then Hegel does what Hegel always does: he turns a legitimate insight into a sprawling sovereignty claim.

Instead of saying, plainly and without incense, that perception involves selection, integration, and judgement—operations that belong to a living, goal-directed consciousness—he erects an internal empire of concepts. He does not merely analyse experience; he legislates it. And the legislation proceeds as though the world and the mind exist chiefly to provide examples for his terminology. One begins to suspect that the book’s real topic is not mind at all, but the author’s desire to have the final word on everything.
...
1/3
S. Tominaga, AKA CSW
Jan. 16, 2026
https://x.com/i/status/2011939208374661230

https://t.me/S_Tominaga/5202
❤1
The underlying question is simple enough: what is mind, and how does it relate to what is not mind?

Hegel’s answer, in its best light, is that mind is not a ghost hovering above nature, nor a random by-product of matter, but an organised, intelligible reality with its own levels and laws. He treats mental life as something that can be mapped: sensation, consciousness, self-consciousness, will, habit, and the social forms in which mind becomes objective. He refuses to treat the human being as a bag of impulses. That refusal is one of his virtues.

But virtue becomes vice when it is purchased by evading the central issue: the primacy of reality as something that exists independently of any system, and the primacy of reason as a tool to grasp it, not to replace it.

Hegel’s writing often gives the impression that the real scandal of the universe is that it was not born already footnoted.

The experience of listening—again...

On the page, Hegel’s sentences can be endured with the patient irritation one grants to a tedious but influential relative. In audio, the grandeur becomes theatre.

Every clause lands like a judge’s remark, every definition like a decree. A good reader can make this either worse or better: worse, if the tone becomes sacerdotal; better, if the cadence exposes the machinery and allows one to hear the repetitions, the pivots, the disguised restatements. Hegel is, among other things, a master of saying the same thing twice: once as mist, once as monument.

The book’s basic seduction is that it promises reconciliation: between mind and world, between individual and society, between thought and being. It suggests that contradictions do not end in tragedy or brute conflict, but resolve within a larger rational order. This can feel consoling to readers who resent the harshness of reality—those who wish the universe to be, at bottom, a well-managed story. It can also feel intoxicating to readers who want intellectual authority without the discipline of precision. If everything is part of a total system, one can sound profound without ever being accountable to a clear standard of truth.

That is the great danger of this sort of philosophy: it teaches the habit of treating words as substitutes for facts.

A mind of integrity begins with the world and works inward, using concepts as instruments—sharp, limited, and corrigible. Hegel too often begins with a concept and then looks around for a world obliging enough to match it. When he speaks of “mind”, it can be difficult to tell whether he means the individual rational faculty that chooses, judges, and acts, or whether he means an abstract process moving through history like a bureaucratic deity. The first meaning would keep him honest. The second lets him claim inevitability.

And inevitability is the cheapest kind of triumph.

Still, to dismiss the book as mere bombast would be lazy, and laziness is not an acceptable form of criticism. Hegel does sometimes grasp a truth that the fashionable modern mind avoids: that consciousness is not a loose collection of inner feelings but a structured activity; that thought is not a decorative afterthought but the means by which a human being becomes fully human; that the will is not a twitch but an orientation towards purposes. When he turns to habit, for instance, he often sounds like a man who understands that freedom is not the absence of structure but the mastery of it. When he treats mind as something that must be educated and formed, he is nearer to moral seriousness than the contemporary cult of impulse.

But then he turns this seriousness into a justification for submerging the individual.

...

2/3
S. Tominaga, AKA CSW
Jan. 16, 2026
https://x.com/i/status/2011939208374661230

https://t.me/S_Tominaga/5202
There is a persistent temptation in Hegel to treat the person as a moment in a larger march—history, society, spirit, the system—whatever name one gives to the abstraction that wants to wear a crown.

This is where the book becomes not merely difficult, but dangerous in its influence. It provides a vocabulary for people who wish to praise “the whole” while neglecting the only place values are actually made real: the thinking, choosing individual. A philosophy that speaks endlessly of mind yet cannot grant full sovereignty to the rational person ends by emptying mind of its dignity and turning it into a function.

The style compounds the problem. Wilde once implied—if one may borrow the posture without borrowing the name—that clarity is not a moral flaw.

Hegel writes as though clarity were a concession to the lower orders. His prose performs a curious social cruelty: it suggests that understanding must be earned by suffering, as though pain were evidence of depth. This flatters the reader’s endurance rather than the reader’s intelligence. One begins to see why the book has been used like a ceremonial object: carried, cited, invoked—often without being properly read.

And yet, irritatingly, it cannot be ignored. Not because it is always right, but because it is architectonic: it forces a reader to take a position on what mind is and what philosophy is for.

If philosophy is for explaining the world in a manner that helps a rational person live in it, then Hegel’s book is both a resource and a provocation. It contains genuine insights buried in a rhetorical quarry. One must chip at it. One must refuse to be impressed by the size of the stone and demand to see the cut gem, if any, inside.

If philosophy is for providing metaphysical pageantry—if it is meant to console those who want “meaning” without the stern discipline of truth—then Hegel is a banquet. He serves meaning by the ladle. He offers a universe that always comes out tidy in the end, contradictions and all, provided one agrees to speak his language and accept his adjudications.

My judgement, such as it is, lands here. Philosophy of Mind is a work of immense ambition and frequent intellectual coercion. It is at its best when it treats consciousness as an active, structured engagement with reality—when it hints that mind is a power of grasping and organising the world. It is at its worst when it uses that truth as a pretext for dissolving the individual into a grand process, and when it hides ordinary thoughts behind a theatre curtain of terminology.

It is possible to “get through” Hegel, as one gets through a long, over-praised opera: by admiring the staging while privately editing the libretto.

I will finish with the only compliment worth giving such a book. It does not let a reader remain sloppy. One either submits, or one sharpens one’s own standards and pushes back. In that sense, even his crap has a use: it forces the question of whether reason is a servant of reality or a tyrant over it.

And if the question is answered properly, Hegel’s magnificently upholstered fog becomes what it should have been all along: an obstacle, instructive chiefly because it can be overcome.

3/3
S. Tominaga, AKA CSW
Jan. 16, 2026
https://x.com/i/status/2011939208374661230

https://t.me/S_Tominaga/5202
¡Ay, por Dios! No sé por qué me hago esto. Sé cómo es Hegel. Conozco su solemnidad melosa, la niebla de las mayúsculas, el pequeño ritual en el que un simple pensamiento se viste de catedral y luego se cierra por dentro. Y, sin embargo, aquí estoy de nuevo, dándole al play, consintiendo —incluso agradecido— en leer todas sus tonterías, frase a frase, como quien paga un impuesto que desprecia pero se niega a evadir por principios.

El tormento particular que me ofrece es Filosofía de la Mente, y —como la vida moderna insiste en añadir ironía a la injuria— lo encontré en formato audiolibro. La portada me indica que lo lee Peter Wickham y lo publica Ukemi Audiobooks. El marcador de capítulo que puedo afirmar honestamente tener frente a mí es «a. Cualidades Físicas», un título que promete sobriedad y que, en manos de Hegel, tiende a traducirse en una burocracia metafísica: una oficina en la que cada sensación debe hacer cola para recibir un sello que acredite su existencia.

Una reseña de Hegel debe comenzar con una confesión. El hombre no es estúpido; es, en cierto sentido, demasiado inteligente a medias, y en otro sentido, demasiado inteligente en su totalidad. Tiene los hábitos de una mente que no soporta dejar nada simplemente donde está. Un simple hecho nunca debe permanecer como simple hecho; debe ser «superado», reorganizado, promovido, retirado y luego reintroducido bajo un nombre más impactante. Esto no es solo un estilo; es una postura moral. Es la postura de alguien que considera la claridad una conveniencia vulgar, como cajones sin etiquetas o espejos honestos.

Y, sin embargo, el mayor atractivo de este libro —la razón por la que uno vuelve a él a pesar de saber que no es así— es que Hegel no escribe en pequeño. No ofrece una filosofía tímida y despreocupada. Ofrece un sistema, y un sistema es al menos una forma de valentía. Se pueden despreciar las conclusiones y aun así admirar la audacia de intentar una explicación completa de la mente, no como un cúmulo de episodios internos, sino como algo con estructura, etapas y una lógica para su desarrollo. La mayoría de los escritos modernos sobre la mente parecen chismes sobre el cerebro. Hegel, al menos, intenta escribir una constitución.

El problema es que trata la conciencia como si debiera comportarse como un comité.

En el punto señalado por las «Cualidades físicas», la obra se inclina hacia una ambición clásica: mostrar cómo lo que parece inmediato —color, sonido, calor, dureza— pertenece a una imagen más organizada de la experiencia. Hegel no permitirá que «rojo» sea simplemente rojo. Insistirá en que lo que parece un dato bruto, cuando se comprende correctamente, ya está moldeado por la forma de la aprehensión, ya está establecido en relaciones, ya depende de un sujeto que no es un recipiente pasivo que recibe impresiones, sino un principio activo. El impulso aquí no es despreciable. Una mente que simplemente registra no es una mente; es un instrumento de medición. Hay, en esta insistencia, un leve y casi accidental respeto por la idea de que el ser humano no es un espectador de la realidad, sino un participante en el acto de conocerla.

Pero entonces Hegel hace lo que siempre hace: convierte una comprensión legítima en una extensa reivindicación de soberanía.

En lugar de decir, claramente y sin complejos, que la percepción implica selección, integración y juicio —operaciones que pertenecen a una conciencia viva y dirigida a un objetivo—, erige un imperio interno de conceptos. No se limita a analizar la experiencia; la legisla. Y la legislación procede como si el mundo y la mente existieran principalmente para proporcionar ejemplos para su terminología. Uno empieza a sospechar que el verdadero tema del libro no es la mente en absoluto, sino el deseo del autor de tener la última palabra en todo.
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S. Tominaga, también conocido como CSW
16 de enero de 2026
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https://t.me/S_Tominaga/5202
La pregunta subyacente es bastante simple: ¿qué es la mente y cómo se relaciona con lo que no es mente?

La respuesta de Hegel, en su mejor versión, es que la mente no es un fantasma que flota sobre la naturaleza, ni un subproducto aleatorio de la materia, sino una realidad organizada e inteligible con sus propios niveles y leyes. Hegel trata la vida mental como algo cartografiable: sensación, conciencia, autoconciencia, voluntad, hábito y las formas sociales en las que la mente se objetiva. Se niega a tratar al ser humano como un conjunto de impulsos. Ese rechazo es una de sus virtudes.

Pero la virtud se convierte en vicio cuando se compra evadiendo la cuestión central: la primacía de la realidad como algo que existe independientemente de cualquier sistema, y la primacía de la razón como herramienta para comprenderla, no para reemplazarla.

Los escritos de Hegel a menudo dan la impresión de que el verdadero escándalo del universo es que no nació ya.

La experiencia de escuchar, de nuevo...

En la página, las frases de Hegel pueden soportarse con la paciente irritación que se le concede a un pariente tedioso pero influyente. En audio, la grandeza se convierte en teatro.

Cada cláusula resuena como la observación de un juez, cada definición como un decreto. Un buen lector puede empeorar o mejorar la situación: peor si el tono se vuelve sacerdotal; mejor si la cadencia expone la maquinaria y permite oír las repeticiones, los giros, las reformulaciones disimuladas. Hegel es, entre otras cosas, un maestro en decir lo mismo dos veces: una como niebla, otra como monumento.

La seducción fundamental del libro reside en que promete reconciliación: entre la mente y el mundo, entre el individuo y la sociedad, entre el pensamiento y el ser. Sugiere que las contradicciones no terminan en tragedia ni en un conflicto brutal, sino que se resuelven dentro de un orden racional más amplio. Esto puede resultar consolador para los lectores que resienten la crudeza de la realidad, aquellos que desean que el universo sea, en el fondo, una historia bien gestionada. También puede resultar embriagador para los lectores que buscan autoridad intelectual sin la disciplina de la precisión. Si todo forma parte de un sistema total, uno puede parecer profundo sin rendir cuentas a un estándar claro de verdad.

Ese es el gran peligro de este tipo de filosofía: enseña el hábito de tratar las palabras como sustitutos de los hechos.

Una mente íntegra comienza con el mundo y trabaja hacia dentro, utilizando conceptos como instrumentos: agudos, limitados y corregibles. Hegel, con demasiada frecuencia, comienza con un concepto y luego busca a su alrededor un mundo lo suficientemente servicial como para igualarlo. Cuando habla de «mente», puede ser difícil distinguir si se refiere a la facultad racional individual que elige, juzga y actúa, o si se refiere a un proceso abstracto que se mueve a través de la historia como una deidad burocrática. El primer significado lo mantendría honesto. El segundo le permite reivindicar la inevitabilidad.

Y la inevitabilidad es el triunfo más barato.

Aun así, descartar el libro como mera grandilocuencia sería pereza, y la pereza no es una forma aceptable de crítica. Hegel a veces capta una verdad que la mentalidad moderna, a la moda, evita: que la conciencia no es una colección dispersa de sentimientos internos, sino una actividad estructurada; que el pensamiento no es una ocurrencia decorativa de último momento, sino el medio por el cual el ser humano se vuelve plenamente humano; que la voluntad no es un tic, sino una orientación hacia propósitos. Cuando se centra en el hábito, por ejemplo, a menudo parece entender que la libertad no es la ausencia de estructura, sino su dominio. Cuando trata la mente como algo que debe ser educado y formado, se acerca más a la seriedad moral que al culto contemporáneo al impulso.

Pero luego convierte esta seriedad en una justificación para sumergir al individuo.

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S. Tominaga, CSW
16 de enero de 2026
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Existe en Hegel una persistente tentación de tratar a la persona como un momento de una marcha mayor: la historia, la sociedad, el espíritu, el sistema, cualquiera que sea el nombre que se le dé a la abstracción que pretende coronarse.

Aquí es donde el libro se vuelve no solo difícil, sino también peligroso en su influencia. Proporciona un vocabulario para quienes desean elogiar "la totalidad" mientras descuidan el único lugar donde los valores realmente se materializan: el individuo pensante y capaz de elegir. Una filosofía que habla incesantemente de la mente, pero no puede otorgar plena soberanía a la persona racional, termina vaciando la mente de su dignidad y convirtiéndola en una función.

El estilo agrava el problema. Wilde insinuó una vez —si se permite la postura sin tomar prestado el nombre— que la claridad no es un defecto moral.

Hegel escribe como si la claridad fuera una concesión a las clases bajas. Su prosa exhibe una curiosa crueldad social: sugiere que la comprensión debe ganarse mediante el sufrimiento, como si el dolor fuera evidencia de profundidad. Esto halaga la resistencia del lector en lugar de su inteligencia. Uno empieza a comprender por qué el libro se ha utilizado como objeto ceremonial: llevado, citado, invocado, a menudo sin leerse adecuadamente.

Y, sin embargo, resulta irritante, no se puede ignorar. No porque siempre tenga razón, sino porque es arquitectónico: obliga al lector a posicionarse sobre qué es la mente y para qué sirve la filosofía.

Si la filosofía sirve para explicar el mundo de una manera que ayude a una persona racional a vivir en él, entonces el libro de Hegel es tanto un recurso como una provocación. Contiene ideas genuinas enterradas en una cantera retórica. Hay que desmenuzarlo. Hay que negarse a impresionarse por el tamaño de la piedra y exigir ver la gema tallada, si la hay, en su interior.

Si la filosofía sirve para proporcionar pompa metafísica —si su propósito es consolar a quienes buscan «significado» sin la severa disciplina de la verdad— entonces Hegel es un banquete. Sirve el significado a raudales. Ofrece un universo que siempre resulta ordenado al final, con contradicciones incluidas, siempre que uno acepte hablar su idioma y aceptar sus decisiones.

Mi juicio, tal como es, llega hasta aquí. Filosofía de la Mente es una obra de inmensa ambición y frecuente coerción intelectual. Alcanza su máximo esplendor cuando trata la conciencia como una interacción activa y estructurada con la realidad, cuando insinúa que la mente es un poder para comprender y organizar el mundo. Alcanza su peor esplendor cuando usa esa verdad como pretexto para disolver al individuo en un gran proceso y cuando oculta los pensamientos ordinarios tras una cortina teatral de terminología.

Es posible "superar" a Hegel, como se supera una ópera larga y sobrevalorada: admirando la puesta en escena mientras se edita el libreto en privado.

Terminaré con el único elogio que merece un libro así: no permite que el lector permanezca descuidado. Uno o se somete, o agudiza sus propios criterios y contraataca. En ese sentido, incluso sus estupideces tienen una utilidad: plantean la pregunta de si la razón es sirvienta de la realidad o la tiraniza.

Y si se responde adecuadamente, la niebla magníficamente oculta de Hegel se convierte en lo que debería haber sido desde el principio: un obstáculo, instructivo principalmente porque puede superarse.

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S. Tominaga, también conocido como CSW
16 de enero de 2026
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[2601.18801] Design-Robust Event-Study Estimation under Staggered Adoption Diagnostics, Sensitivity, and Orthogonalisation

Submitted on 14 Jan 2026]
Design-Robust Event-Study Estimation under Staggered Adoption Diagnostics, Sensitivity, and Orthogonalisation
Craig S Wright
https://arxiv.org/abs/2601.18801