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Ostras, pensaba que era Latre. 😂😂😂😂😂😂😂😂 Buenísimooooooooo. Hasta los esparadrapos, me lo he creído. 😂😂😂😂😂😂😂😂😂😂😂😂😂😂😂😂😂😂😂😂😂😂#MilenioLive pic.twitter.com/0nNS8zvVUS— Moni🎐Lisa (@MoniLisa2) October 16, 2020

October 17, 2020 at 01:10AM
via Twitter https://twitter.com/navedelmisterio #eXplora #Ciencia #Misterio
Noticias #eXplora A principios de este año, todas las alarmas se dispararon cuando los astrónomos detectaron que el brillo de Betelgeuse, una estrella gigante roja que se encuentra al final de su existencia, se reducía drásticamente en tres ocasiones diferentes y durante un periodo de apenas tres meses (entre octubre de 2019 y enero de 2020). Un comportamiento así no se había visto en los últimos 150 años, y los científicos pensaron que podía ser un síntoma inequívoco de que la gigantesca estrella, más de mil veces mayor que el Sol, estaba agotando su tiempo y se disponía a estallar como supernova, uno de los fenómenos más violentos y espectaculares de todo el Universo. Tras dos meses de intensos estudios, sin embargo, los investigadores se dieron cuenta de que, a pesar de que efectivamente Betelgeuse está al final de su vida y de que terminará convirtiéndose en una supernova, su explosión podría no ser, después de todo, tan inminente. El primero de los tres oscurecimientos de la estrella, en efecto, se debió a una emisión de material, en forma de polvo, que durante unos meses ocultó parte de su luz. Después, al disiparse la nube, el brillo volvió a ser normal. Ahora, un nuevo estudio realizado por un equipo internacional de investigadores y dirigido por Meridith Joyce, de la Universidad Nacional de Australia, sugiere que podrían pasar otros 100.000 años antes de que la gigante roja estalle. Un suspiro en tiempo estelar, aunque una eternidad para el ser humano. Pero no solo eso. Joyce y sus colegas, en efecto, descubrieron que en realidad la estrella es más pequeña y cercana a la Tierra de lo que se creía hasta ahora. El trabajo acaba de publicarse en The Astrophysical Journal. Según la investigadora, esta supergigante roja, parte de la constelación de Orión y que lleva mucho tiempo fascinando a los científicos «se ha estado comportando de forma extraña últimamente. Sabemos que el primer evento de atenuación involucró una nube de polvo. Y hemos descubierto que el segundo evento, más pequeño, se debió probablemente a pulsaciones de la estrella». Los investigadores utilizaron modelos hidrodinámicos y sísmicos para aprender más sobre la física que impulsa esas pulsaciones y hacerse una idea más clara de en qué fase de su vida se encuentra exactamente Betelgeuse. Según Shing-Chi Leung, de la Universidad de Tokio y coautor del estudio, «el análisis confirmó que las ondas de presión, esencialmente ondas sonoras, eran la causa de la pulsación de Betelgeuse». «La estrella -explica Joyce- está quemando helio en su núcleo en este momento, lo que significa que no está ni cerca de explotar. Podríamos estar observándola cerca de cien mil años antes de que ocurra una explosión». Cuando llegue por fin ese momento, la estrella gigante se convertirá en uno de los objetos más brillantes del cielo. Su brillo será tal que proyectará sombras durante la noche y será, durante meses, perfectamente visible durante el día. Para László Molnár, del Observatorio Konkoly en Budapest y otro de los autores de la investigación, el nuevo estudio también revela lo grande que es Betelgeuse en realidad, y la distancia real a la que está de la Tierra. «El tamaño físico real de Betelgeuse -explica- ha sido un poco misterioso: estudios anteriores sugerían que podría ser incluso más grande que la órbita de Júpiter. Pero nuestros resultados dicen que Betelgeuse solo se extiende a dos tercios de eso, con un diámetro que es 1.500 veces el del Sol. Y una vez que tuvimos el tamaño físico de la estrella, pudimos determinar la distancia a la que está de la Tierra. Nuestros resultados muestran que, en realidad, se encuentra a 530 años luz de nosotros, un 25% más cerca de lo que se pensaba». La buena noticia, sin embargo, es que Betelgeuse aún está demasiado lejos de la Tierra como para que su explosión tenga un impacto significativo en nuestro planeta. En palabras de Joyce, «sigue siendo un gran problema cuando estalla una supernova. Y este es nuestro candidato más cercano.…
Noticias #eXplora <a href="https://static4.abc.es/media/ciencia/2020/10/09/garcia-bellido-knFF--620x349@abc.jpg">Media</a>Juan García-Bellido es catedrático de física teórica y cosmólogo en el Instituto de Física Teórica (IFT/UAM). Su área de conocimiento abarca todas las escalas imaginables: desde lo infinitesimal, contemplando los choques de partículas de los aceleradores, hasta lo «infinitamente» grande, como las galaxias o los fenómenos muy energéticos. Dada la dificultad de estudiar procesos tan minúsculos o lejanos, la cosmología avanza, no solo de la mano de teorías y observaciones, sino también de las mejoras tecnológicas que permiten «asomarse» al universo de una nueva forma. O «con unas nuevas gafas», tal como ha comentado el investigador. Por eso, este amplio campo está en constante evolución. Y por eso en los últimos cinco años García-Bellido ha estado trabajando en las ondas gravitacionales, unas distorsiones del espacio-tiempo que se detectaron de forma directa por primera vez en 2015 y que han inaugurado un nuevo campo en la astrofísica. Éste permitirá estudiar los agujeros negros o los orígenes del universo de una nueva forma, como con un «nuevo sentido», al igual que hace décadas se comenzó a observar el firmamento a través de los rayos X y no solo en el rango óptico. La semana pasada, cuando el Nobel de Física reconoció a Roger Penrose, Reinhard Genzel y Andrea Ghez por sus investigaciones en los agujeros negros, García-Bellido impartió una conferencia sobre agujeros negros primordiales en la Fundación Ramón Areces, organizada por la Real Sociedad Española de Física. -¿Qué son los agujeros negros primordiales? Son agujeros negros formados en las primeras fracciones de segundo (a los 10^-5 segundos) tras el Big Bang. En 1996, Andrei Linde, David Wands y yo propusimos que hoy podrían formar el centro de las galaxias y que estarían también en el halo de las galaxias. Propusimos que su número sería tan alto que podría explicar el origen de la materia oscura —una masa invisible que se cree que actuó como semilla para la formación de galaxias y que justifica que las estrellas y las galaxias se muevan más velozmente de lo que permite la materia visible, formada por polvo, gas y estrellas—. -¿Esta hipótesis se puede comprobar gracias a las ondas gravitacionales? Estamos en un momento particularmente interesante, porque el observatorio de ondas gravitacionales LIGO ha permitido detectar la fusión de objetos que, según proponemos, podrían ser en realidad agujeros negros primordiales —formados poco después del Big Bang— y no agujeros negros estelares —formados por el colapso de estrellas, que envejecen y se derrumban sobre sí mismas—. Es el caso del último evento comunicado por LIGO, en el que se informó de la fusión de dos agujeros negros, de 66 y 85 masas solares... Son monstruos muy masivos para ser agujeros negros estelares —normalmente, sus masas van de las cinco a varias decenas de masas solares—, así que podrían ser agujeros negros primordiales, formados tras el Big Bang. Juan García-Bellido impartió una conferencia sobre agujeros negros primordiales en la Fundación Ramón Areces la semana pasada -¿Qué implicaciones tendría confirmar esto? La gran pregunta es: ¿Son los agujeros negros primordiales el origen de la materia oscura? Si así fuera, no haría falta buscar partículas más allá de la física conocida para justificar su existencia, y explicar la formación de galaxia y cúmulos, o la curva de rotación de las galaxias. (Ahora mismo, las observaciones astronómicas sugieren que hay una masa invisible, con interacciones muy débiles, para explicar la alta velocidad de las estrellas y las galaxias. Por eso, muchos físicos teóricos y experimentales buscan formas de dar con esa materia invisible). -Desde hace cinco años las ondas gravitacionales permiten detectar y estudiar la fusión de agujeros negros. ¿Estamos entrando en una era dorada de los agujeros negros? Yo diría que sí. Estamos en un momento dorado en el que empiezan…
Noticias #eXplora <a href="https://static2.abc.es/media/ciencia/2020/10/16/elefantes-kenia3_xoptimizadax-kjyg-kWP--620x349@abc.jpg">Media</a>Es fácil caer en la tentación de pensar que en el mundo animal los machos son más grandes, más fuertes y que, por tanto, son los que dominan los grupos (organización patriarcal). Sin embargo, la realidad es muy diferente, hay un gran número de especies que viven en sociedades matriarcales. En el matriarcado la hembra ejerce la autoridad máxima y tiene el papel predominante. Posiblemente, a más de uno el primer animal que le viene a la mente cuando se habla de este tipo de estructuras sociales sea la abeja. Casi toda la colonia está formada por hembras, que son las encargadas de la organización, mantenimiento y expansión de la colmena, tan sólo necesitan a los zánganos para satisfacer las necesidades reproductivas de la reina. Algo parecido sucede en el caso de las hormigas en donde el papel de los machos se reduce exclusivamente a esa esfera, y una vez que cumplen la función para la que están diseñados mueren. En estos animales tenemos un caso extremo, las colonias de hormigas amazónicas - Mycocepurus smithii - compuestas exclusivamente por hembras. También disponemos de ejemplos en el mundo marino. Así por ejemplo, las orcas viven en grupos liderados por hembras, en los cuales las crías permanecen durante toda la vida con sus madres, incluso cuando tienen descendencia. De esta forma, se da la particularidad de abuelas orcas cuidando de sus nietas. El pez payaso ( Amphiprion bicinctus ) –también conocido como pez de las anémonas- es un pequeño pez marino que vive en sociedades matriarcales especialmente singulares, formadas por un macho y una hembra adultos y varios juveniles. En el supuesto de que la hembra desaparezca el macho altera sus niveles hormonales y su comportamiento, transformándose en una hembra. El objetivo de esta metamorfosis es restaurar el equilibrio previo y evitar el fracaso reproductivo, para ello es preciso, además, que uno de los peces juveniles adopte el rol del macho. Desde las hienas hasta los elefantes La organización matriarcal también la encontramos en mamíferos terrestres como las hienas manchadas, en donde las hembras no sólo son más grandes, sino que también son más fuertes. La hiena es la líder del clan, que se encuentra arropada por el resto de las hembras dominantes, y será su cría la que herede el estatus de superioridad. Cuando matan a una presa son las hembras dominantes las que se alimentan en primer lugar y los machos comen exclusivamente lo que ellas les dejan, si no fuera suficiente no tendrán más remedio que buscar algún resto abandonado en la sabana. Los suricatas son mamíferos que habitan en la región del desierto de Kalahari y en las llanuras sudafricanas. Suelen vivir en manadas de varias decenas de individuos en las que las hembras alfa son las que dominan y dirigen el grupo. En el caso de los elefantes también es la hembra la que se encuentra en la cúspide de la jerarquía social. Las manadas de estos animales suelen estar comandadas por la hembra de mayor edad, la más experimentada. Nuestros primos también viven en una sociedad matriarcal Los parientes vivos más cercanos al Homo sapiens son los bonobos ( Pan paniscus ), los cuales, y a pesar de que los machos son más fuertes y más grandes que las hembras, también viven en un sistema matriarcal. A diferencia de los chimpancés, son pacíficos y resuelven sus conflictos con favores sexuales, de forma que son de las pocas especies que mantienen este tipo de relaciones sin una finalidad reproductiva. Los bonobos no son los únicos primates que viven en sociedades matriarcales, también la encontramos en los lémures. Estos mamíferos se caracterizan por un dimorfismo sexual muy pequeño, siendo muy complicado diferenciar a los machos de las hembras. Los lémures viven en grupos de unos veinte ejemplares, en los cuales las hembras muestran una clara dominancia social, aunque numéricamente se encuentren…