👽 eXplora 🌏
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Cómo me está gustando este programa de zascas de @navedelmisterio ¿Quién estaba avisando ya en febrero, y quién se reía de los "alarmistas"? Vaya,resulta que los "verificadores de información" están íntimamente relacionados con los segundos. ¡Qué casualidad!#LaEstirpedelosLibres pic.twitter.com/w0dpd4YIjj— Moni🎐Lisa (@MoniLisa2) October 24, 2020

October 25, 2020 at 12:00AM
via Twitter https://twitter.com/navedelmisterio #eXplora #Ciencia #Misterio
Nos van a acabar poniendo un carnet de buen ciudadano, como en China. Si obedeces, bien. Si te sometes, bien. Si no protestas, bien. Pero, ay, como te salgas del programa establecido. Entonces 👇🏻 Así empieza esto. #LaEstirpedelosLibres pic.twitter.com/rI6iQKUOhP— Moni🎐Lisa (@MoniLisa2) October 24, 2020

October 25, 2020 at 12:21AM
via Twitter https://twitter.com/navedelmisterio #eXplora #Ciencia #Misterio
¡¡¡Qué café tan fantástico!!!
¡¡¡Qué buen rollo!!!
¿Acaso los trolls se programan para el viernes y no se habían enterado?
Este “detalle” tiene mucho que ver con lo que hemos hablado. 😁 pic.twitter.com/6uCvALgQhe— Iker Jiménez (@navedelmisterio) October 24, 2020

October 25, 2020 at 12:49AM
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Noticias #eXplora MediaAunque la frase «poner los pies sobre la tierra» sugiera una sensación de inmovilidad y estabilidad, lo cierto es que bajo nuestros zapatos se están produciendo fenómenos geológicos que distan mucho de ser tranquilos. La litosfera, la capa superior más externa y rígida de la Tierra, está fragmentada en una serie de placas que se desplazan creando terremotos y maremotos y crean montañas, volcanes e islas. Y, aunque son procesos muy lentos según nuestra percepción del tiempo, la superficie de nuestro planeta ha cambiado mucho: desde el supercontiente Pangea, hace 250 millones de años, hasta formar los ocho continentes reconocidos en la actualidad, la tierra emergida no siempre ha estado igual. De hecho, han aparecido nuevas placas y desaparecido algunas... Ver Más

via Ciencia https://ift.tt/2TpqixW #Ciencia #Misterio
Noticias #eXplora <a href="https://static4.abc.es/media/ciencia/2020/10/23/matematicas-kM4--uywe-kRYH--620x349@abc.jpg">Media</a>Permítanme comenzar con una pregunta a bocajarro: ¿piensa usted que es posible predecir el futuro? Esta pregunta, así formulada, evoca bolas de cristal y lectura de manos y nos invita a responder con un rotundo “no”. Sin embargo, enunciados como “la temperatura media global subirá 0,5 &#8304;C en la próxima década” o “la curva de contagios por el coronavirus empezará a aplanarse dentro de tres días” nos resultan mucho más fiables. Estas frases, enunciadas de esta manera, evocan conceptos como ciencia, conocimiento experto y rigor. Sin embargo, también son predicciones sobre el futuro. Si buceamos en los fundamentos de este tipo de predicciones, es muy probable que hayan sido obtenidas utilizando modelos matemáticos. Además, vendrán acompañadas de “barras de error” que aporten numerosos matices al enunciado y, en cierto modo, le resten contundencia. Los modelos matemáticos están viviendo su momento de fama. Por culpa de la pandemia de la Covid-19 han saltado de las páginas de las revistas especializadas a las de la prensa generalista. Por obvios motivos de formato, los detalles necesarios para comprender su alcance y limitaciones rara vez se mencionan. Esto puede generar una impresión equivocada sobre la utilidad de los mismos. ¿Qué es un modelo matemático? Un modelo es una descripción más o menos detallada de un fenómeno que se desea investigar. Un modelo matemático usa el lenguaje matemático en su descripción. Suena casi como un trabalenguas, pero en el fondo no tiene nada de exótico. Es más, es muy posible que el lector haya trabajado con modelos matemáticos antes. Concretamente, en la escuela. ¿Recuerdan aquellos problemas sobre interés compuesto? ¿O los del tiro parabólico y la caída libre? ¿Acaso no les pedían usar las matemáticas para calcular cómo evolucionaba una cuenta bancaria o cómo se movía un proyectil? Al contrario de lo que a menudo se piensa, los modelos matemáticos no responden a la pregunta “¿qué va a pasar?”, sino a la pregunta “¿qué pasaría si?”. Esto constituye, a la vez, su mayor debilidad y su mayor fortaleza. Permítanme ilustrarlo con el ejemplo de la caída libre. Es posible que en la escuela les hablaran de aquella “demostración matemática” de que una pluma y una bala de cañón que caen libremente desde la misma altura llegan al suelo al mismo tiempo. Suena raro, pero es rigurosamente cierto… siempre que la caída sea de verdad libre (esto es, en ausencia de atmósfera). Si tratamos de aplicar el modelo de caída libre para estudiar la caída de un objeto cotidiano, y por tanto rodeado de aire, veremos que sus predicciones fracasan miserablemente. Hemos usado un modelo poco adecuado, pues responde a la pregunta: ¿qué pasaría si dejo caer este objeto si no hubiera atmósfera? Cuando los matemáticos construimos modelos, a menudo empezamos con un modelo sencillo, al que vamos añadiendo nuevas características según van resultando necesarias. ¿Cuándo paramos? Cuando el modelo es lo suficientemente adecuado. Es decir, cuando estamos satisfechos con la luz que arroja sobre el fenómeno que deseamos estudiar. Si queremos estudiar la caída de una pluma, el modelo anterior nos dejará claramente insatisfechos. Si al modelo de caída libre le añadimos un término de rozamiento con el aire, los resultados serán mucho mejores, pero aún existirán pequeñas discrepancias con el experimento. Cualquier modelo, sin excepción, es una aproximación más o menos sofisticada de la realidad, pero nunca perfecta. Por desgracia, cuantificar cómo de preciso es un modelo matemático no siempre es una tarea sencilla. Por lo tanto, tampoco lo es comunicarlo al público general. ¿Por qué los usamos entonces? Si todos los modelos son aproximados, ¿por qué los usamos? Por una sencilla razón: porque son útiles. La capacidad de los modelos matemáticos de responder a la pregunta “¿qué pasaría si?” los convierte en interesantes…
Noticias #eXplora <a href="https://static3.abc.es/media/ciencia/2020/10/23/jhgjkhik-kpUE--620x349@abc.jpg">Media</a>En los bordes de caminos y yermos, en suelos pedregosos, en praderas hidrófilas o en medio de malezas podemos encontrarnos con las pimpinelas (Sanguisorba officinalis), una herbácea aromática que puede llegar a medir hasta medio metro de altura. Su epíteto latino medieval –officinalis- nos pone sobre la pista de sus propiedades, y es que durante siglos se empleó para cicatrizar las pequeñas heridas, para curar las diarreas o aliviar las hemorroides. La simbiosis se convierte en traición Además, esta planta es la principal fuente nutricia de la mariposa Phengaris nausithous –hormiguera oscura-, un lepidóptero de aspecto sencillo, que podría pasar fácilmente desapercibido ante los ojos de un observador no advertido, pero que esconde uno de los ciclos biológicos más apasionantes. Esta mariposa realiza su puesta de huevos durante los meses estivales en las hojas de las pimpinelas y durante la primera semana de vida se alimenta exclusivamente de estos vegetales. Pasados unos días, y siempre al atardecer, se deja caer al suelo y espera a ser adoptada por hormigas del género Myrmica que por allí deambulen. Al parecer, las larvas de estas mariposas secretan feromonas que recuerdan a los himenópteros a las sustancias secretadas por sus propias larvas, un hecho que las confunde y hace que no duden en llevárselas a sus hormigueros. Allí, el invasor se camufla entre las larvas de las hormigas escarnecidas y empieza a alimentarse de sus crías hasta que -después de varios meses- emerge convertida en una bella crisálida. Mutualismo animal disbalanceado No todas las mariposas mantienen una relación tan taimada como la hormiguera oscura, en algunos casos se asemeja más a un mutualismo o, al menos, eso se creía. Esto es lo que sucede, por ejemplo, entre la mariposa Lycaenid y las hormigas. Las larvas de este lepidóptero tienen un saco nectario que secreta un líquido rico en azúcares y aminoácidos que sirve de fuente energética para los himenópteros. A cambio de la manutención, las hormigas protegen ferozmente a la larva de sus enemigos naturales. Hasta aquí todo parece responder un curso lógico. Sin embargo, la relación simbiótica no está equilibrada porque las hormigas pueden encontrar fuentes alternativas de alimentos, mientras que las larvas de las mariposas son totalmente dependientes de la protección que reciben. ¿Qué es lo que hace a las hormigas permanecer junto a la larva y no buscar el sustento en otro lugar? El éxito está en un neurotransmisor Fue precisamente esta singularidad la que hizo sospechar a los biólogos que existían “algo” más que un simple alimento para producir la dependencia biológica de las hormigas hacia las mariposas. Los científicos observaron que las hormigas que se alimentan de ese néctar reducen considerablemente su actividad locomotora, lo cual les provoca una mayor permanencia alrededor de las larvas, al tiempo que se vuelven más belicosas. Con estas dos sencillas medidas la larva reduce la probabilidad de convertirse en una diana fácil para sus depredadores. Cuando los científicos midieron las sustancias químicas -aminas neurogénicas- que había en el cerebro de las hormigas que habían ingerido néctar observaron con sorpresa que existía una disminución llamativa de los niveles de dopamina, en comparación con los encontrados en el cerebro de las hormigas control. Además, otras aminas neurogénicas, como la serotonina, la tiramina o la octopamina se encontraban en valores normales en el cerebro de las hormigas que habían consumido el néctar. La dopamina, además de modular diversos comportamientos animales, participa en el movimiento, eso permitiría explicar su falta de movilidad y su agresividad. En otras palabras, el órgano nectario de las larvas de las mariposas licénidas fideliza la labor protectora de las hormigas al generar una dependencia biológica. M.Jara Pedro Gargantilla es médico internista…