Salud mental de la cianobacteria
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Que nadie entre aquí sin saber de ecología.
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“Sobre la transformación del duelo”

La lectura de un artículo de Kathryn Lindsay (que se define como escritora cultural) llamó mi atención: “The experience of grief is changing” (“La experiencia del duelo está cambiando”. Traduzco la primera frase, un excelente modo de capturar a un lector, un logro cada vez más difícil en esta época donde sobran los estímulos narrativos breves y escasean los lectores: “Ahora es común que la gente perdure como fantasmas digitales luego de su muerte, transformando la naturaleza de la pérdida”. Las palabras han sido escogidas con mucho cuidado. El sueño de perdurar tras la muerte nos acompaña desde siempre, ya sea a través de religiones institucionalizadas o de creencias laicas e individuales. Ahora las grandes empresas tecnológicas se disputan la instrumentalización de ese fantasma, un “fantasma digital”, como lo califica esta autora, produciendo una transformación en la naturaleza del duelo. El término “naturaleza”, según el modo en que me permito interpretar la frase de Lindsay, no supone que exista un proceso realmente natural. “Naturaleza” es aquí un uso metafórico-poético de indicar que carecemos de un encuadre con el que determinar de forma universal, o sea que valga para todos, la dinámica del duelo, que puede perdurar toda la vida en el inconsciente. Una especie de renegación se mantendrá por siempre en un estado de detención, o retornará de manera inesperada ante la contingencia de un acontecimiento.
La pérdida es una experiencia instituyente del sujeto, a la que se irán enhebrando, como las cuentas de un collar, muchas otras de variada importancia. El desprendimiento de una de ellas puede arrastrar consigo varias más, y los psicoanalistas sabemos, gracias a la perspicacia del genio freudiano, que la pena con la que un sujeto argumenta una demanda de análisis suele ser el desencadenante que reactiva pérdidas y duelos que permanecían en la sombra.
La madre de Kathryn Lindsay tiene un don especial para la cocina, y guarda en su memoria un gran número de recetas. Ella se pone a trabajar en su lugar favorito y juntas fabrican galletas de Navidad y otras delicias. Al mismo tiempo, la madre es una mujer muy organizada para todo, y quiere asegurarse que esas recetas formen parte del legado que, tras su muerte, va a transmitirle a la hija. Para ello las ha reunido en una carpeta de Google Drive, y cada receta está acompañada de las instrucciones paso a paso que deben seguirse, los ingredientes, el peso según la cantidad de comensales, y demás detalles. Junto a la carpeta de Recetas hay otras, y por expreso deseo de esta mujer, el asistente de Google Inactive Account (un servicio que gentilmente Google ofrece como ceremonia digital) enviará automáticamente, tres meses después de su muerte, todas las carpetas de Google Drive a la hija. Como escribe la articulista, “esto significa que habrá un Diciembre en el cual, en vez de estar en la cocina con mi madre, estaré de pie junto a su fantasma digital, con las manos enharinadas tocando la pantalla de mi teléfono”. Lindsay cree que volverá a experimentar el sentimiento de duelo, y cita a Marisa Renee Lee, una escritora que en una ocasión afirmó -muy freudianamente- que “el duelo es la experiencia repetida de aprender a vivir tras una pérdida”.
En la actualidad, nuestro paso por las tecnologías de comunicación, consumo y búsqueda de información deja una huella eterna, que no puede borrarse de ninguna forma. Se realiza así el sueño de la inmortalidad y al mismo tiempo se eterniza la dinámica del duelo.
¿Cuánto dura un duelo? ¿Existe una estimación del tiempo promedio en que que asimilamos una pérdida o el duelo es en verdad algo que nunca culmina, aunque en muchos casos se mantenga silente?
Muchas personas siguen mandando mensajes, correos electrónicos, fotografías, a sus seres amados que han fallecido. No dan de baja el teléfono, y se someten a sí mismas a la repetición de la pérdida, lo cual puede ser un modo de elaborarla, o probablemente una forma de abrirle camino a un goce propiciado por la repetición como tal.
Algunos sujetos, para exorcizar el pánico de la pérdida, no cesan de hacer copias de los datos digitales de aquellos que han muerto. Internet sirve para muchas cosas, entre ellas para sortear la castración, la vivencia del vacío, la desesperanza del desamparo más primario. No se necesitan testigos, ni un círculo de allegados, ni ritos religiosos o laicos.
Basta con la compañía de un teléfono inteligente.

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